Marlee y Gretel tuvieron que sostener a Eleanore para que se fuera corriendo a la casa de los Octopus, pero luego las tres tuvieron que obstruir todas las salidas de la casa para evitar que su padre saliera en busca del desconocido que le había roto el corazón a su pequeña.
Cuando los ánimos letales disminuyeron —y a pesar de la reticencia que mostraron— Odile consideró conveniente que sus amigas se fueran.
—¡Pero falta encontrar unos bonitos zapatos! —protestó Marlee.
—Me encargaré, lo prometo. Gracias por ayudarme —les sonrió y le cerró la puerta. Suspiró aliviada luego de lo ajetreado y violento que se había tornado el ambiente.
Su mirada se fijó en medio de la sala, justo donde estaba su padre, sentado sobre el sillón. Él no mostró ninguna emoción hasta que la vio fijamente a los ojos, luciendo mortificado.
—¿Por qué no me contaste? —inquirió, herido—. ¿Acaso desconfías de mí?
—¿Qué? No —se apresuró a decir, avergonzada—. Fue una completa estupidez sin importancia. Estás demasiado ocupado como para lidiar con algo así, papá.
—¿Cómo podría ser una completa estupidez que alguien te haya dicho que eres fea y escalofriante? —cuestionó él, poniéndose de pie. Odile tragó grueso, temiendo por el bienestar de Arthur—. Mataría a cualquiera que siquiera osara a mirarte con desprecio aunque a ti no te importase su gesto. Pero no estamos hablando de cualquier persona, si no de alguien a quien le confiaste todos tus sentimientos. ¿Por qué le restas importancia de esa manera?
—Le di importancia cuando la tuvo —respondió, calmada—. Ahora ya no la tiene.
—Cariño…
—Papá —repuso ella con suavidad—. Te aseguro que estoy bien ahora.
—Pero no lo estuviste antes y no me dijiste —se quejó, devastado. Se aproximó a ella y sujetó sus manos—. En este lugar, solo nos tenemos el uno al otro. Sabes que respeto tu privacidad, pero lo que es inadmisible para mí es que me ocultes tus pesares.
Odile sonrió, triste—. Prometo no volver a hacerlo.
—Promételo por la memoria de tu madre.
—Papá, eso es muy bajo de tu parte. —Él enarcó una ceja. Odile suspiró—. Lo prometo por la memoria de mi madre.
Sonrió, satisfecho—. Bien. Ahora, dame un momento.
Odile observó intrigada como su padre fue corriendo a su habitación y volvió luego de unos minutos con una caja negra.
—Papá, si vas a intentar convencerme para secuestrar y torturar al chico que me rompió el corazón…
—Escuché que estaban buscando los zapatos perfectos para vestir —explicó, apartando la tapa de la caja.
Odile soltó un jadeo y tapó su boca al ver el interior.
—Papá…
Eran unos stilettos de tacón alto y punta fina. El material daba la sensación de ser de cristal o hielo y estaba decorado con una delicada filigrana metálica plateada que recorría todo el calzado formando enredaderas sinuosas, hojas pequeñas con apariencia de plantas, flores diminutas y espirales orgánicas que parecían crecer naturalmente sobre el zapato. El diseño se extendía hasta el tobillo, donde una especie de aro abierto decorado con hojas cumplía la tarea de envolver la pierna como si fuera una corona vegetal.
—¿Te gustan?
—Son bellísimos. ¿Dónde los conseguiste?
—Es otra reliquia de las Dríades. Tu madre los usó en nuestra boda con un vestido negro por el que aún deliro —recordó, sonriente—. Honestamente, prefiero que lo uses ahora, que en tu boda.
—Para ser alguien que estuvo felizmente casado le temes mucho a mi matrimonio.
—Solo soy consciente de las estadísticas que muestran que la mayoría de la población del sexo masculino no vale la pena. Para muestra un botón ese idiota que se atrevió a decir que eras fea y aterradora —escupió. Odile agachó la mirada, avergonzada—. Cariño, eres preciosa.
—Pero soy escalofriante. Lo sé. Sé que mi personalidad y mi apariencia no son las más atractivas de todas.
—¿Serías feliz cambiando tu personalidad y tu apariencia? ¿Desprecias quién eres?
—Por supuesto que no.
—Entonces no debería preocuparte lo que piensen los demás. Esforzarse por agradar a todos y construir relaciones sobre esa falsa personalidad es como construir una casa sobre la arena; es una construcción condenada al fracaso —expuso. Sujetó el mentón de su hija y le sonrió con dulzura—. La razón por la que te cuesta tanto encajar, no es porque estés mal. Es que eres especial. Y encontrar a otra persona especial toma su tiempo. No importará el momento, ni el lugar, lo reconocerás de inmediato en tu corazón. Dímelo a mí, que conocí a tu madre mientras estaba cavando para encontrar un cuerpo.
—Hasta que por fin lo admitiste.
—Bueno, si quiero que me confíes tus vivencias, ha llegado el momento de confiarte las mías.
Odile negó, divertida.
—¿Lo supiste en ese momento o después? Me refiero a tus sentimientos por mamá.
—Mi corazón lo supo en ese momento. Mi cabeza, por otro lado…, le costó aceptar que la mujer que representaba una autoridad que había aborrecido durante casi toda mi vida me moviera tanto el esqueleto.
—¿Cuándo te diste cuenta de que era amor?
—Te he contado esa historia cientos de veces.
—No habla de lo oscura y fatal que se veía o de cómo casi te mueres cuando la viste salir herida de un edificio que tenía una bomba.
—Los hombres somos bastante sencillos, ¿sabes? Basta con intentar imaginar un día sin ella para reconocer nuestros sentimientos.
—¿Qué hay de mamá?
—Ella fue diferente —respondió—. Una semana antes de… que se fuera, me dijo que la razón por la que me amaba tanto era porque me “admiraba” mucho. Que lo hacía tanto, que esperaba que alguien tan increíble como yo no se quedara solo porque no lo merecía… Le dije que no me quedaría solo porque ella siempre me acompañaría.
Odile sintió un escozor en el pecho y la garganta.
Amaba a sus padres y por eso le dolía tanto que la muerte los hubiera separado.
#8 en Joven Adulto
#139 en Otros
#74 en Humor
universidad intrigas familias poderosas, celos distancia amor a primera vista, misterio amistad segundas oportunidades
Editado: 03.08.2026