Besar al príncipe

Capítulo 52

—Arthur, traje la ropa que me prestaste —comentó ella de pronto. Sus padres se miraron entre sí, con una sonrisa traviesa. Arthur le rogó a los cielos para que Odile no lo notara—. Pero tuve un ligero inconveniente —dijo, avergonzada—. Ahora tu camisa es rosa.

Arthur negó, divertido—. Al menos así resaltaré en los entrenamientos —bromeó—. Descuida. Es lo menos que merezco…

—A mí no me engañas, Odile —intervino el doctor Octopus—. Evidentemente, no fue accidental.

—Papá…

Arthur pensó que Odile se ofendería o que se cohibiría por los comentarios pesados de su padre. En cambio, sonrió.

—No sabía que además de veterinario era detective, doctor Octopus.

—Es mi hobby.

—A mi madre le hubiera encantado conocerlo. Le habría dado algunos tips para resolver mejor sus crímenes y no culpar a inocentes —bromeó. El rostro del doctor se tornó serio. El ambiente de pronto se sintió frío. Odile lo observó, temerosa—. Fue una broma.

El hombre rompió a carcajadas, aligerando la repentina tensión.

—Oh, Odile, aún te sigue faltando un poco de malicia para el sentido del humor de los Octopus —dijo la madre de Arthur, sonriente—. Es algo ácido y áspero, pero luego te acostumbras.

Los hombros de Odile se relajaron al escucharlo y Arthur suspiró, conteniendo las ganas de ocultarse debajo de la mesa por la vergüenza.

—Quizás unas semanas más compartiendo con ustedes bastarán para terminar de comprenderlo.

—¡Ya lo creo! —exclamó el doctor.

—Quiero aclarar que mi humor no es así —intervino Arthur.

—¿Es un humor más dulce? Vaya ironía para ser diabético—comentó Odile, sonriendo ante la mirada estupefacta de Arthur.

—¡Está aprendiendo! —exclamó el doctor Octopus.

Todos rieron en la mesa, excepto él, que solo sonreía embelesado al verla.

—Por cierto, señora, la vi en la entrevista de la profesora Peterse. Estuvo fabulosa.

La alcaldesa comenzó a masticar más lento. Forzó una sonrisa.

—¿Conoces a la profesora Peterse?

—Es mi profesora de historia y antropología.

—Ya veo… —comentó—. Según lo que sé, estudias biología, ¿por qué llevas una materia así?

—Me apasiona mucho la historia. Sobre todo la de Barley.

—Es una de las historias más interesantes del mundo —repuso el doctor, con una sonrisa enigmática—. Los reyes, las leyendas detrás de la corona y del resto de los pobladores de Barley es lo que la vuelve tan especial. Pero te ves demasiado apasionada por ello para ser una extranjera.

—Mi madre nació aquí. Era una Dríades —confesó—. Mi padre no quiere que nadie sepa que soy una Dríades, pero confío plenamente en ustedes. Son mi familia en Barley.

Tanto la alcaldesa como su esposo sonrieron, conmovidos.

—Y te agradecemos por eso —declaró el doctor.

El corazón de Arthur no dejaba de latir con fiereza. Era contradictorio, porque todo su cuerpo estaba relajado; como si la paz le inundara de pronto. Su familia siempre había sido cálida y toda su vida había deseado encontrar a la persona correcta para que aquella sensación permaneciera.

Y Odile estaba allí, intensificando aquel sentimiento acogedor que lo había abrigado en los momentos difíciles.

—También te apreciamos mucho, Odile —manifestó la alcaldesa—. Por esa razón me tomé la libertad de recomendarte para algunas horas asistentes en la universidad.

—¿Qué?

—El profesor encargado del laboratorio de bioquímica me dijo que estaría encantado de tener una asistente de primer año. Su profesor asistente es un estudiante de doctorado que está investigando las esporas de un hongo extraño. No me preguntes el nombre, no lo recuerdo.

—¡Eso es increíble! —exclamó, emocionada—. ¡Muchas gracias, de verdad!

—No fue nada.

—Espera, ¿eso significa que Odile no será más nuestra niñera? —inquirió Peter, preocupado.

Arthur, Wendy y el doctor Octopus fruncieron el ceño, preocupados.

Eso quería decir que no verían más a Odile. Al menos no con la frecuencia con la que lo hacían.

Arthur quiso lamentarse en voz alta, pero se contuvo sabiendo que, aunque aquello lo apenaba, era una buena noticia para Odile.

—¿Quién es el estudiante de doctorado? —cuestionó el doctor, serio. Su esposa se limitó a limpiarse la comisura de sus labios con una servilleta. Él resopló—. Odile, si quieres aprender de bioquímica y hongos, yo te enseñaré. No es tan complicado.

—Sí, yo también podría aprender un poco —intervino Arthur—. No creo que sea algo del otro mundo.

—¿Se están escuchando ustedes dos? Él es un experto. Un prodigio, en realidad. Aprenderías mucho de él.

—¿Quién lo dice?

—Sí, quién lo dice —secundó Arthur a su padre.

—Es una enorme oportunidad para Odile —replicó ella—. Él quiere enseñarle todo lo que sabe y va a pagarle mientras lo hace. Odile no puede ser niñera toda su vida y si realmente la quieren, dejarán que acepte esta oportunidad. Además, no es como si se fuera del país. Ella podrá venir cuando quiera.

—Con lo tímida que es la pobre —se lamentó Wendy.

El doctor Octopus no parecía nada contento, pero se limitó a resoplar y asentir.

Odile sonrió, agradecida por el afecto que le demostraban.

—Podré venir a cuidarlos de vez en cuando.

—Ahora debes concentrarte en tus estudios, Odile. Sé que trabajabas para tener un ingreso extra y ahora lo tendrás ganando experiencia en tu carrera, así que no te preocupes. Los mellizos estarán bien.

—Por eso pediste esta cena en el restaurante italiano… ¡NOS QUERÍAS ARREBATAR A NUESTRA NIÑERA! —lloró Peter.

El rostro de Dayana se descompuso—. Hijo, eso no es—

—¡Nunca estás en la casa y ahora también quieres quitarnos nuestra mejor compañía! ¡¿Te parece justo?! —se quejó, levantándose de la mesa para salir corriendo por el pasillo. Wendy le siguió.

—¡Niños! —La mujer fue detrás de ellos, apenada.

El doctor se quedó en la mesa junto a su hijo y una Odile acojonada por lo que acababa de ocurrir. Arthur la miró, preocupado de que aquello pudiera influenciar en su decisión, pero su padre intervino para evitarlo.




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