Su corazón se sacudió al escucharlo.
Pero aquella sensación no fue como la que alguna vez soñó, llena de ilusión.
Fue una sacudida dolorosa.
Se giró para enfrentarlo. Arthur retrocedió ante la intensidad que los ojos de la pelinegra mostraron.
—¿Qué acabas de decir?
Él ya no se sintió tan valiente al ver la firmeza con la que Odile le exigió que repitiera sus palabras. De todas las reacciones que esperó, nunca imaginó que ella se plantaría frente a él con tanta seguridad y sin ningún atisbo de la timidez y modestia que le caracterizaba.Sin embargo, ya se había demostrado demasiado vulnerable como para retroceder y fingir que le daba igual no ocupar un espacio en el corazón de Odile.
En ese punto, no podía retroceder.
—Me gustas Odile —confesó, rendido—. Mucho.
El rostro de Odile se deformó de desconcierto, sin saber si estaba impresionada por la confesión o por lo que le estaba causando en sí misma.
Se suponía que debía sentirse feliz por su declaración, pero, en cambio, se sintió triste.
—¿Hablas… en serio? —susurró ella, con la vista nublada. Su gesto se endureció—. Decir que te gusto solo para evitar que me acerque a Nabil ha sido lo más bajo que has hecho, Arthur.
—Esto no se trata de Nabil —espetó, molesto de que incluso en su confesión aquel cretino estuviera inmiscuido—. Es cierto que me aterra la idea de que él te haga daño, pero me aterra más el hecho de que le des un espacio en tu vida a él y no a mí —confesó. Arthur dio un paso hacia ella, esperanzado—. Jamás había hablado tan en serio en mi vida, Odile —declaró—. Eres… especial para mí.
Odile lo observó unos minutos para asegurarse que lo que decía no era una broma o que estaba teniendo un mal sueño.
Al darse cuenta de que aquello realmente estaba pasando, sonrió con tristeza.
—Habría preferido no gustarte.
La ilusión en los ojos de Arthur desapareció al escucharla. Retrocedió, aturdido.
—¿Qué?
Odile respiró profundo. El malestar —al anticipar lo que vendría— se instaló en su pecho.
Arthur había sido su primer amigo y aunque lo negara o se esforzara en ocultarlo, sus confrontaciones seguían lastimándola.
Sus sentimientos románticos por él habían desaparecido, de eso estaba segura.
Pero seguía queriéndolo y por eso le dolía ver cómo se iban distanciando cada vez más.
¿Sentimientos por ella?
Lo dudaba mucho.
Arthur actuaba así impulsado por la rivalidad de Nabil y eso le dolía más porque sus acciones impulsivas no tenían nada qué ver con ella.
—Nunca has actuado como si te gustara y el hecho que sientas afecto por mí y aun así siempre me hayas hecho sentir mal con tus actitudes, solo vuelve tu confesión más dolorosa —manifestó, con las mejillas sonrojadas por la rabia siendo desahogada por su boca y su cuerpo—. Me dejaste plantada muchas veces cuando necesité tu ayuda. Me señalaste y me juzgaste sin siquiera conocerme. Despreciabas los regalos que sabías que eran míos y muchas veces me tachaste de malvada y manipuladora, pensando constantemente que todas mis acciones eran en contra tuya —le reprochó, llorosa y dolida de solo recordar lo pésimo que se había sentido ser desplazada por el chico que quería—. Siempre venía esperanzada cuando tenías un mínimo gesto amable conmigo y volvía a ilusionarme. Pero luego volvías a herir mi corazón cuando de nuevo me tratabas con indiferencia. Como si sentir afecto por mí significase una maldición para ti.
El pecho de Arthur se oprimió al oírla—. Odile…, yo… —negó, incrédulo—. No tenía idea de que te sentías así….
—Lo sé —suspiró, herida—. Es la razón por la que te lo digo ahora —expuso con firmeza—. ¿Qué se supone que deba responder, Arthur? ¿Cómo puedo pensar que realmente te gusto si has sido tan cruel conmigo desde el principio? Peor aún, si fuera cierto que tienes sentimientos por mí, ¿cómo puedes creer que podría permitirme sentir algo por alguien que no ha cumplido con al menos el mínimo de amor demostrado que viví con la historia de mis padres e incluso con la historia de los tuyos?
—No te conocía, Odile —exclamó, frustrado—. ¿Vas a condenarme para siempre por ser cauteloso? Sí, fui un obtuso y lo admito. Tuve miedo de lo cercano y feliz que comencé a sentirme contigo. Lamento si no fui lo suficientemente maduro, perfecto o siquiera tener el don de reconocer las intenciones y los sentimientos de las personas apenas la veo. Lamento no haber notado de inmediato lo maravillosa que eres, pero no por ello puedes poner en tela de juicio lo que siento por ti ahora. No espero que me correspondas, pero al menos… —respiró con dificultad—. Me duele que sientas desprecio por mí…
Arthur había hecho unas cuantas declaraciones de afecto en el pasado, pero aquella se sentía completamente diferente.
Odile no temía mostrarle lo que sentía y eso solo lo dejaba más vulnerable y sin saber qué hacer al respecto. Le molestaba que dudara de sus sentimientos, pero también sabía que ella tenía razón.
Odile suavizó su gesto al escucharlo.
Impulsada por la rabia, no había medido sus palabras. Todo lo que le había dicho, fue con la intención de herirlo. Si bien era cierto que Arthur la había lastimado con sus acciones, ella también había actuado en ocasiones con la intención de hacerle daño.
Eso no la hacía diferente a él.
Que alguien te hubiera roto el corazón no justificaba que tú pudieras rompérselo a él.
Fue cuando comprendió que, en ocasiones, por más que se apreciara a alguien, era inevitable no hacerle daño con alguna de sus acciones. Aunque jamás hubiera contemplado hacerlo.
Solo al ver los ojos heridos de Arthur, pudo terminar de deshacer su rencor hacia él.
—No te desprecio —confesó, en un hilito de voz—. Me gustabas. Mucho —dijo, repitiendo sus palabras. Los ojos de Arthur brillaron y a Odile le dolió al saber que aquella ilusión se apagaría con las palabras que seguían.
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Editado: 28.08.2026