Odile caminó apresurada. Sentía que acababa de huir de una estampida de toros y las palabras de Arthur seguían abarcando sus pensamientos.
Nunca imaginó que se sentiría tan furiosa.
Le indignaba en demasía que alguien que le hubiera confesado que era especial para él, fuese la misma persona que la había hecho sentirse insuficiente.
Sabía que Arthur no era una mala persona y le guardaba afecto, pero no por ello estaba menos ofendida.
Se detuvo y respiró con dificultad, al borde del llanto.
“¿Cómo pudo…?”
Su teléfono comenzó a sonar. Lo primero que sintió al ver el nombre de Nabil fue un retorcijón en el estómago, pero luego sintió un enorme alivio.
—Hola.
—¡Odileeee! Decidí alquilar un auto y el tráfico hoy ha sido terrible, pero ya casi llego.
—Descuida. No tienes que venir a buscarme. Po-podemos vernos en el teatro —dijo, nerviosa. Temía no tener el tiempo suficiente para recuperarse y que Nabil notase que algo andaba mal.
¡Santo cielo, Arthur había arruinado por completo su primera vez en un teatro!
—Ni hablar. Quedamos en que pasaría por ti… ¿Ocurrió algo?
—Nada importante —respondió, forzando una sonrisa, como si él pudiera verla—. Te esperaré en una cafetería. Te mandaré la dirección.
—De acuerdo. Pide algo delicioso. Yo invito.
—Descuida, no es necesario.
—Por favor, Odile. Es tu primera vez en un teatro y es un gran honor para mí, como actor, ser quien te acompañe. Deja que te consienta un poco.
Odile sintió como todo su rostro comenzó a arder.
Se apresuró a entrar a la primera cafetería que vio, pensando que tal vez su rostro se estaba quemando por el frío.
—E-está bien.
—Nos vemos en un rato.
Odile ni siquiera se dio cuenta de su enorme y adormecida sonrisa hasta que vio su reflejo en la máquina de hacer café.
Después de recibir su pedido, tomó asiento justo en la mesa que estaba frente a la puerta; para poder ver cuando Nabil entrara.
La preocupación ante la posibilidad de que su mejor amigo pudiera notar que algo andaba mal se esfumó en cuanto sus pensamientos solo lo abarcaron a él. La espera por su llegada de pronto se volvió un anhelo y las expectativas de la salida la llenaron de nervios y una extraña felicidad.
Ni siquiera notó el momento en que se sumió en sus propios pensamientos hasta que sintió la calidez de la cercanía de alguien.
Nabil se había inclinado para tomar un sorbo del batido que Odile tenía en la mano. Ella lo observó darle un enorme sorbo.
Del mismo sorbete donde ella anteriormente había estado tomando.
El príncipe giró su rostro hacia ella y le sonrió.
—Vaya, tienes muy buen gusto para los batidos.
Su rostro, sus manos y todo su cuerpo comenzó a arder. Incluso temió que estuviera botando humo por la cabeza.
¡¿Qué le ocurría?!
¿Acaso se estaba volviendo débil ante la guapetonería de ese tonto?
Abrazó su batido como si el mismo fuese un escudo ante los encantos de Nabil.
—¿Có-cómo me reconociste?
—Fui a la caja para pagar tu pedido primero y pregunté dónde estabas —dijo, señalando el batido—. Aunque te hubiera reconocido sin necesidad de eso —expuso, sin dejar de sonreír—. Eres la única en esta tienda que luce como alguien que va al teatro. ¡Tu atuendo está estupendo! Déjame verte bien.
—Nabil, e-espera… —Él no la escuchó. Dejó a un lado el vaso y la sujetó de las manos para ayudarla a levantarse. Odile ocultó el rostro entre su cabello intentando enterrar la vergüenza que sentía.
Nabil la observó de arriba hacia abajo, con una enorme sonrisa que solo empeoró los nervios de Odile.
—¡Luces increíble! —exclamó. Le echó un vistazo a la cajera y luego señaló a Odile—. ¿Acaso miento, señorita?
—Para nada —respondió la cajera, sonriente.
Odile lo sujetó de la muñeca, le murmuró un “gracias” tembloroso a la cajera y luego arrastró a Nabil hacia la salida. Él se carcajeó y la observó, risueño.
—¿Ya te sientes menos tensa?
—¿Qué?
—Cuando te escuché por teléfono parecía que algo te perturbaba —comentó. Odile presionó sus labios en respuesta—. Aunque tengo mucha curiosidad, esperaré a que seas tú quien me lo digas. Aunque si no quieres decirme también está bien.
—Preferiría no arruinar la noche —admitió ella.
Él le sonrió—. Jamás podrían arruinar esta noche.
Ella le sonrió de vuelta—. Tienes razón… —En ese instante, notó que aún sujetaba la muñeca de Nabil. La soltó como si su tacto quemara y agachó la mirada, avergonzada. Hurgó en su pequeño bolso y sacó una pequeña caja con una dona en el interior. Nabil alzó sus cejas cuando ella se la tendió—. Y po-por favor, cuando quieras sacar a relucir tu esencia de extrovertido, procura que yo esté fuera de los reflectores.
Nabil observó la dona glaseada y sonrió como un hombre ebrio hasta los tuétanos a pesar de no estarlo. Tomó la caja, rozando sus dedos con los de ella. Odile apartó sus manos de inmediato y las aferró a la tela de su pantalón.
—¿Acaso no planeamos esta cita académica precisamente para que perdieras tu temor a los reflectores? Esta fue la primera prueba —dijo, sonriente—. Y gracias por la dona glaseada. Es mi favorita.
Odile sintió una inexplicable sensación de decepción al escucharlo decir que aquella cita tenía como único fin ayudar a perder su vergüenza.
Ni siquiera entendió por qué repentinamente experimentó aquella desilusión si desde el principio Nabil había sido claro con ella.
—No es nada. En cuanto a la cita académica… —Sus manos se cerraron con mayor fuerza en la tela del pantalón—. Era para aprender teatro, no para mi pánico escénico.
—Y la primera regla del teatro es no tener pánico escénico —replicó él, divertido—. Andando. Vamos a llegar tarde.
Odile asintió.
Durante todo el trayecto, ella y Nabil estuvieron tarareando canciones, aunque nunca eran las mismas. Sus gustos musicales eran diferentes, pero ella se divertía mucho escuchándolo y viceversa.
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Editado: 28.08.2026