Besar al príncipe

Capítulo 55

Aquel pensamiento quedó en lo más recóndito de su mente en cuanto ingresó al teatro.

El Teatro de Barley era tan merecedor de admiración como el resto de los lugares que había visitado. Era tan majestuoso como Nabil se lo había prometido. Tres enormes candelabros guindaban del techo. Lucían como estrellas entrelazadas y encantadas de llenar de luz a todos en el lugar. Los palcos estaban recubiertos de una tela de color vino tinto, las columnas eran doradas y en el techo había una enorme pintura de un caballero sujetando una espada clavada en una piedra. Odile sonrió, maravillada. No le sorprendió que Nabil hubiera apartado puestos en los palcos principales. De seguro al ser un actor reconocido tenía buenos contactos. Estaba agradecida, pues desde allí no solo podía disfrutar del arte escénico, sino también del arquitectónico.

—¿Te gusta? —inquirió él.

Ella asintió, entusiasmada—. Es precioso. Gracias por traerme.

—Aún no me agradezcas. Falta la función —le sonrió, pícaro—. Por cierto, ¿no vas a decirme dónde conseguiste ese atuendo?

—¿Cómo sabes que no lo tenía antes?

—Me sé todo tu guardarropa —Odile enarcó una ceja—. Okey. Eso sonó demasiado espeluznante. Lo que quiero decir—

—Sé lo que quisiste decir —le interrumpió, conteniendo la risa—. Marlee lo escogió para mí.

—¿Marlee? ¿Esa no es tu ex rival amorosa?

—Nunca fuimos rivales.

—Claro, porque Arthur nunca te gustó lo suficiente —dijo, socarrón. Odile prefirió no mirarlo a los ojos cuando dijo eso—. ¿Por qué decidiste comprar ropa nueva?

Ella entrelazó sus manos, nerviosa.

—¿Crees que mi primera vez viendo el lago de los cisnes no lo amerita? —cuestionó, fingiendo indiferencia.

—Y yo pensé que era porque esta es nuestra primera cita —comentó, con una sonrisa maliciosa. El rostro de Odile comenzó a arder—. Académica, por supuesto.

—A-académica —balbuceó ella, aun sin mirarlo.

La sonrisa de Nabil se ensanchó y, tal como ella, fijó su vista en el escenario.

Los aplausos pusieron en expectativa a Odile, quien observó fascinada como el enorme telón ascendía mientras la orquesta emitía una melodía suave prevaleciendo en las cuerdas de los violines. Nunca esperó que el acto iniciara en un ambiente oscuro y tenebroso. Observa ansiosa como el hombre que hace de hechicero sale del espejo y luego ve entrar a Odette, la protagonista del lago de los cisnes. Al principio, su rostro no se ve bien, pero luego, cuando llega la escena en la que el príncipe está en un baile y ella acude a él, queda maravillada por su belleza y su talento.

—Vaya —exclamó en un susurro.

La chica era increíblemente hermosa. Su cabello era dorado, su cuello largo era tan estilizado como sus brazos y sus piernas. Realmente lucía como la personificación humana de un cisne.

Odile observó como el príncipe se enamoraba perdidamente de ella en cuanto la vio bailar sobre las escaleras de lo que era la escenificación de un castillo. Sus brazos se mueven grácilmente mientras él la admira hasta que, de pronto, la bailarina se pone de espaldas, se pierde un poco entre las escaleras y una mujer igual a Odette (con la única diferencia en su atuendo oscuro) tomó a la bailarina de los brazos y se la llevó lejos de él.

—¿Son gemelas? —le preguntó Odile a Nabil.

—Se cambiaron cuando se inclinó fuera de los escalones. La misma persona que hace de Odette también hace de Odile. En el lago de los cisnes, eso es lo que hacen la mayoría de las veces.

—¿Por qué?

Nabil la miró, incrédulo—. ¿Realmente no lo sabes? —Ella negó en respuesta—. En ese caso, no te lo diré. Será mejor que lo veas tú misma.

Desde ese instante, Odile le prestó mayor atención a la obra.

Su madre le había contado un poco sobre aquella historia. Odette era la princesa hechizada, el príncipe Sigfrido era el hombre que la amaba, Von Rothbart era el hechicero malvado que había hechizado a Odette y Odile era la hija del hechicero.

La razón por la que su madre le había contado de aquella obra, fue porque una de las pocas veces en las que pudo convivir con niños, ellos se rieron de su nombre porque pertenecía a una “bruja malvada”.

«Odile es más que una bruja malvada. Significa próspera y afortunada. Es un hermoso nombre que no merece llevar ese estigma. Sé que tú romperás con él porque eres mi hija. Por esa razón decidí nombrarte así» —le había dicho su madre cuando llegó llorando a ella.

Sonrió al recordar.

Admitía que muchas veces renegó de su nombre, pero al conocer la historia de su madre e incluso la de las mujeres de su familia, entendió la razón por la que la nombró así.

Su madre siempre quiso romper aquel estigma de las mujeres “brujas y malvadas” que habían impuesto sobre ellas solo por ser pensantes y defender sus ideales e incluso la tierra que las había arropado.

No negaría que le perturbaba un poco ver como el cisne negro parecía encarnar la oscuridad y la maldad de Odette. Aunque eran la misma persona, parecían completamente diferentes y, aunque le fascinó, la idea de que la apariencia oscura de Odile fuera asimilada como maldad y engaño, sí le trastocó.

Cuando la escena donde el príncipe y Odette bailaban en el lago llegó, el corazón de Odile se sintió más tranquilo. El baile de ambos fue intenso y magistral.

—¿Sabes qué es lo que hace increíble el lago de los cisnes? —expuso de pronto Nabil. Odile se giró hacia él, quien no había apartado su mirada del escenario, completamente maravillado ante lo que estaba presenciando. Odile esperó su respuesta—. Los cisnes realmente danzan de esa forma en el agua para encontrar a la pareja que lo acompañará para toda la vida. Es casi mágica la manera en la que sus cuerpos se sincronizan hasta finalmente convertirse en uno solo.

Era incierto saber si la sensación sobrecogedora de su corazón era por la melodía de la orquesta o por el perfil y los ojos intensos de Nabil al decir aquellas palabras.




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