Besar al príncipe

Capítulo 57

Disculpa, tuve que irme de imprevisto porque comenzó a dolerme el estómago.

¿Estás bien? Te hubiera llevado de inmediato. Tardarías más yéndote sola.

Descuida, logré tomar un taxi casi de inmediato. Ya me encuentro mejor. De seguro fue la cena.

¿Por qué no contestas? ¿Te sientes muy mal? Te enviaré unos medicamentos.

Estoy en cama justo ahora. Estoy un poco agotada. No te preocupes por los medicamentos, recuerda que mi papá es doctor.

Gracias por la noche de hoy. Fue increíble, no voy a olvidarla.

No tienes que agradecerme. Me encanta ser parte de uno de tus recuerdos inolvidables.

El corazón de Odile se oprimió aún más al leer aquel mensaje.

Aunque intentara ignorarlas, las palabras de Arthur resonaban más que nunca en su cabeza.

«Por favor, deja de confiarle tu vida. Hablo en serio, Odile. ¡No defiendas a alguien que solo quiere alimentarse de los sentimientos que a él le faltan!».

La escena de él y Beatriz se repetía en su mente como el corto de una película.

—No es un anhelo. Es un propósito.

—La venganza no es un propósito.

—La justicia sí —replicó él, serio—. Y no me gustaría conversar sobre eso contigo. Honestamente, no me gustaría conversarlo con nadie.

La frialdad que había en su rostro cuando lo dijo —como si no confiara en ninguna persona a su alrededor e incluso más allá de él— seguían amargando lo que ella había considerado uno de los mejores días de su vida con alguien a quien, paradójicamente, le había confiado gran parte de su persona.

¿Así se sentía?

¿Así se sentía abrirle el corazón a alguien que nunca tuvo la intención de mostrar el suyo?

Se sentó sobre la cama y alzó sus piernas. Su barbilla tembló al ver uno de sus pies con calzado y el otro no.

¡Para colmo había perdido las zapatillas de su madre!

¿Qué iba a decirle a su papá?

Su teléfono vibró. Su corazón se aceleró al pensar que se trataba de Nabil, pero era un mensaje de la alcaldesa.

Buenas noches, Odile. Soy el profesor Sanders del laboratorio de bioquímica. Me dijeron que estás interesada en una de nuestras investigaciones de doctorados. Te espero mañana para hablar sobre ello. Abajo te envío las indicaciones para llegar. Ten una linda noche.

Antes de que pudiera asimilar la noticia, una llamada entrante de Marlee la sacó de sus propias reflexiones.

—¿Ho-hola?

Tienes que contármelo absolutamente todo —la escuchó decir, emocionada—. ¡¿Cómo te fue?! —Odile mordió su labio, conteniendo el llanto—. ¿Odile?

Dejando de lado el secreto de la sangre noble de Nabil, Odile dejó salir todo lo que había estado conteniendo durante la noche; la declaración de Arthur, lo enojada y ofendida que se había sentido y lo hiriente que fue con él, la maravillosa cita con Nabil, ella reconociendo sus sentimientos y luego yéndose a buscar para encontrarlo besando a su exnovia que lo conocía mucho más de lo que ella lo hacía o haría en el futuro.

»Sí que tuviste un día largo —dijo Marlee.

—Fue terrible —se lamentó Odile, dejándose caer en la cama—. Lo siento. Solo hablé y hablé durante toda la llamada.

—Descuida. Estoy segura de que lo necesitabas.

Tapó su rostro, avergonzada. Era la primera vez que se expresaba con tanta avidez con alguien y durante todo ese tiempo, Marlee nunca se atrevió a interrumpirla en su monólogo más que con unos cuantos sonidos que aseguraban que seguía del otro lado de la línea. En parte, se lo agradeció. De haberla interrumpido en algún momento jamás se hubiera atrevido a seguir hablando y de seguro habría seguido sintiendo aquella opresión en el pecho que desapareció cuando externó todas sus molestias.

—Es la primera vez que experimento tantas cosas a la vez —se sinceró, agobiada y con los ojos nublados—. Ni siquiera sé qué es lo que me afecta más…

—No tengo la menor idea de qué es lo que te afecta más, pero sí estoy segura de lo único que debería afectarte.

Odile se levantó de la cama y sostuvo el teléfono con fuerza.

—¿Qué es?

—Dos cosas. Uno, recuperar esas hermosas zapatillas de tu madre. Dos, ¡tus horas asistentes en el laboratorio de bioquímica! —exclamó Marlee—. ¡Es una oportunidad increíble, Odile! No muchos estudiantes tienen la oportunidad de comenzar a trabajar en un laboratorio en primer año y mucho menos del campo que les atrae. La ciencia es competitiva y es necesaria la experiencia. ¡Es una oportunidad increíble!

—Hablas como si no fuera tu primer año también —comentó Odile, sonriente—. Podría intentar conseguir algunas horas para ti. O compartir las mías.

—Te lo agradezco, Odile, pero ya me cambié de carrera.

—¿Qué? —exclamó, poniéndose de pie—. ¿Por qué?

—La ciencia no es lo mío —respondió, nerviosa—. Es demasiado frívola y descorazonada para mi gusto. Me dedicaré a la literatura.

—Si es lo que quieres, Marlee, yo te apoyo.

—Gracias, Odile —dijo, conmovida—. Pero volviendo al tema, ¿sabías que la industria de la agricultura se está encargando de que los frutos tengan cada vez menos semillas?

—¿Qué? —Odile frunció el ceño, confundida y sin poder entender qué tenía que ver eso con lo que estaban hablando.

—Están modificando genéticamente los frutos para que no puedan tener semillas. De esa manera la gente no podrá tener semillas para sembrar sus propios frutos y tendrán que volver a acudir a la industria. Las semillas siempre han sido un tesoro, pero ahora lo son más. Piensa en tu corazón como algo así.

—¿Una…semilla?

—Como una chica que ha tenido más citas y novios que zapatos en el armario, puedo decirte que nunca es bueno sembrar tu corazón en un terreno donde nunca va a florecer y que además tienes todo el derecho de dar un paso atrás si lo ves aunque sea un poco agrietado y reseco —explicó Marlee—. No deberías preocuparte por nada más que tu futuro, Odile. Guarda tu semilla más valiosa mientras encuentras el mejor terreno fértil y simplemente da grandes zancadas cuando veas lo suelos agrietados.




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