Apartó la mirada, cabizbaja.
Si Nabil se había marchado, era porque evidentemente no tenía intenciones de darle una explicación. Ella no se las estaba exigiendo, pero a pesar de eso, una pequeña parte de ella las esperaba con ansias.
Se esforzó en que no le afectara y continuó cargando las cajas hasta el edificio donde la profesora Peterse impartiría sus clases.
Era doloroso recibir desconfianza de alguien a quien le habías abierto por completo tu corazón, como si se empecinará en ocultar una parte importante de él porque ella no era lo suficientemente significativa en su vida para poder mostrársela.
Era incluso más doloroso que ser tachada de fea y terrorífica.
Lo más probable es que aquello no le hubiera afectado con ninguna otra persona, pero se trataba del chico que le gustaba. Quería saber absolutamente todo de él, quería…
—¿Cómo te fue en tu cita?
Odile sacudió su cabeza y giró su rostro, confundida. Arthur —quien la había estado viendo de reojo todo ese tiempo— sonrió en espera de una respuesta.
—Disculpa, ¿dijiste algo? —inquirió ella, avergonzada.
—Tu cita académica de esa noche —comentó, despreocupado. Aunque, en el fondo, estaba ansioso por saberlo todo—. ¿Qué tal estuvo?
Odile forzó una sonrisa—. Provechosa.
Él asintió, cordial.
Provechosa…
Una vez que llegaron al edificio y la profesora le agradeció, Arthur se mantuvo allí, sin querer marcharse tan pronto.
Quería quedarse un rato más al lado de Odile. No solo se había acostumbrado a su presencia, también la extrañaba. Cuando estaba a su lado deseaba alargar el tiempo. Desde su discusión no habían vuelto a verse o dirigirse la palabra, así que quería aprovechar ese momento al máximo.
Además, no soportaba la idea de que Nabil pasase más tiempo con ella que con él.
—Eso sería todo, Arthur. Gracias por ayudarnos —comentó la profesora Peterse, sonriente.
—Antes de irme… —rascó su nuca, nervioso—. Mi padre tiene una clínica de mascotas y se ofreció para ser el punto de una brigada de adopción de animales —le comentó a la profesora. Luego se dirigió a Odile—. Me pidió que te invitara.
La profesora Peterse observó a Odile y ella, aún distraída en sus propios pensamientos, enderezó su espalda.
—¿A mí?
—Te tiene mucha estima. —Rascó su nuca, avergonzado—. Me exigió que te invitara, pero no hemos tratado mucho… —Sonrió, nervioso—, así que le pedí a mi madre que lo hiciera, pero aprovecho la oportunidad ahora que te veo.
Odile sonrió, conmovida.
Después de todo lo que le había dicho a Arthur, habría pensado que el doctor Octopus lo había vetado de su lista de amigos (pues estaba segura de que toda la familia había escuchado su discusión esa noche). Después de todo, había sido un poco cruel con él. No culparía al doctor de tomar el bando de su hijo, aunque eso le doliera.
—Estaré allí. Dale las gracias por la invitación de mi parte.
La sonrisa de Odile fue como un viento fresco y mentolado para Arthur.
—Lo haré… —Sonrió, embobado. Enrojeció al darse cuenta y miró a la profesora Peterse—. Oh, usted también está invitada, profesora Peterse.
—Estaba esperando que me lo dijeras, tengo interés en adoptar —declaró ella, divertida por la situación.
—¡Maravilloso! —rio, entusiasmado. Miró a Odile—. Nos veremos allí entonces. Adiós.
—Adiós.
La pelinegra lo vio marcharse, con una enorme sonrisa melancólica.
¿Cómo habían terminado ella y Arthur así?
Paradójicamente, ahora parecía conocer más a Arthur de lo que conocía a Nabil.
Aquel pensamiento le consumió el corazón.
—Te gusta.
—¿Qué? —inquirió, exaltada. Al ver la sonrisa de la profesora Peterse, se dio cuenta de que hablaba de Arthur. Suspiró.
Si decía que no, tendría que explicar aquella extraña tensión entre ellos.
Y también lo que ocurría con Nabil.
—Sí… Desde hace mucho.
—¿Desde hace mucho? Tenía entendido que te mudaste a Barley hace poco.
—Es una larga historia…. —Que no quería contar. Frunció el ceño ante las palabras de la profesora Everest—. ¿Cómo sabe que me mudé hace poco a Barley? ¿Ya se lo había dicho?
—Sí. Definitivamente, ya me lo habías dicho.
—Vaya, no lo recuerdo.
—Entremos, faltan veinte minutos para comenzar la clase.
Odile asintió, aún extrañada. Estaba casi segura de que no se lo había dicho.
No tuvo oportunidad de reflexionar sobre ello, pues el sonido de unos zapatos chirriando contra el piso la sacaron de su estado de reflexión.
—¡Odile, profesora Peterse! —Gretel corrió hacia ellas y enganchó su brazo con el de Odile—. ¿Dónde se metieron? Las busqué por todos lados y no las encontré.
—Si no te hubieses escabullido con cierto chico, nos hubieras encontrado —le reprochó Odile.
Gretel aún seguía deslumbrado por el maleante de Hamlen. Fue cuando Odile se dio cuenta de que había estado tan ocupada en sus asuntos que no había tenido oportunidad de seguirlo investigando.
La castaña sonrió restándole importancia y se ofreció a llevar una de las cajas. Les contó las ideas que ella y Hamlen habían armado para el teatro. Por sus palabras, el chico parecía ser un aficionado y apasionado a la dirección y los efectos especiales. Gretel se veía muy emocionada con la idea del club de teatro y también estaba feliz con la idea de que el chico que le gustaba participara con ella.
—Oh, hablando de él. Allí está —Gretel lo señaló.
Hamlen se encontraba sentado al final del salón, rodeado de un grupo de alumnos que no le dieron buena espina a Odile. No le pasó desapercibido la presencia de Elvis, aquel hombre pelirrojo que estaba en la clase de la profesora y que parecía recién salido de una cárcel.
Gretel pareció ignorar todas aquellas pistas que indicaban que ese chico no andaba en buenos pasos y se aproximó a él. Odile también lo hizo, como un gesto de protección.
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Editado: 11.09.2026