Odile no pudo formular un solo pensamiento coherente en su cabeza. Ni siquiera supo cómo sus pies pudieron coordinarse para avanzar y seguirlo, ¡o como siquiera pudieron seguirlo sabiendo quién era realmente!
Era como si su corazón se mandara solo.
Incluso en la cueva, hizo absolutamente todo lo que él le pidió. Todas sus alarmas de riesgos (que siempre habían estado bien afiladas) se hubieran apagado.
Nabil tenía un poder sobre ella que…
Le aterró.
—Me pondré de espaldas para que te pongas el traje —manifestó él, dándose la vuelta.
Odile asintió, patidifusa.
No era la primera vez que buceaban juntos y hacían todo aquel protocolo, pero ella aún estaba intentando entender lo que estaba ocurriendo en su interior.
¿Por qué continuaba caminando justo al lado de alguien que no confiaba en ella?
¿Por qué le seguía como si fuera un patico bebé a donde sea que él fuera bajo el riesgo que pudiera hacerle daño?
En todo el camino él no dejó de hablarle sobre los hongos que veía para dárselos a Odile, mientras que ella solo lo escuchaba atentamente, sin siquiera recolectar uno solo.
¿Por qué seguía confiando tan ciegamente después de que le había demostrado que no le importaba tanto como él le importaba a ella?
—¿Estás lista? Es momento de la revisión mutua —comentó él luego de asegurarse del buen estado del resto del equipo.
—Sí…
Solo cuando terminó de ponerse todo el traje, el cerebro de Odile pareció caer en cuenta del riesgo en el que estaba en ese instante.
Nabil se giró y se aproximó a ella, serio.
Odile se tensó y se puso en alerta, como si hubiera salido de una especie de hechizo que él le había puesto desde que la había mirado a los ojos en su casa.
Estaba exponiéndose a ser nuevamente lastimada.
Y temía que aquel daño fuese mucho mayor que cualquiera que hubiera experimentado.
—Déjame ver… —La miró de arriba hacia abajo y ella hizo lo mismo con él, procurando que también su equipo estuviera en perfecto estado—. Bien, pongámonos las máscaras y repasemos por última vez la ruta—
—No quiero entrar.
Nabil se detuvo en seco y la observó, indiferente.
Odile empuñó sus manos, incapaz de respirar.
—¿Hay alguna razón en específico por la que no quieras entrar?
—¿Debo tenerla? Simplemente, no quiero entrar…, y menos contigo —Las últimas palabras salieron como un suspiro casi inaudible.
Nabil retrocedió levemente y tragó grueso. Disimuló lo herido que se sintió con una sonrisa tenue.
—¿Por qué?
—La regla de oro de las inmersiones es la confianza—expuso Odile, con más valentía que antes—. Confiar en que el otro verificó correctamente tu equipo, que siempre van a estar en comunicación debajo del agua y, sobre todo, que si alguno de los dos se ve en peligro, el otro no dudará en salvarlo.
—¿Crees que yo no haría eso por ti? —cuestionó, ofendido—. Odile, hemos hecho muchas inmersiones juntos, ¿por qué piensas…?
—Más bien, creo que tú piensas que yo no haría eso por ti —replicó ella, molesta—. Dime, ¿tienes pocas ganas de vivir, no es así? —cuestionó con dureza, sorprendiéndolo—. De lo contrario no me explico como puedes dejar en manos tu vida en alguien en quien no confías.
—¡Confío en ti! —exclamó, enojado. La sostuvo de los hombros, exasperado—. Eres tú quien se ha comportado extraña estas últimas semanas y no has sido capaz de decirme lo que te pasa y yo tampoco he sido capaz de poder descifrarlo y eso…, está enloqueciéndome, Odile.
—¡¿Por qué tendría que seguir abriéndome contigo cuando tú no lo haces conmigo?! —dijo, llorosa—. Me siento…, usada por ti.
Él la soltó, herido y como si el cuerpo de la pelinegra le quemaran.
Sus facciones pasaron del dolor al enojo y viceversa, una y otra vez en pares de segundos.
—¿Usarte para qué? —espetó—. ¿Para hacerme perder la cordura? Porque es lo único que has hecho conmigo desde que te conocí. Esa tristeza que te envolvía y ahora esta manía que has adoptado de “disfrazar” tus emociones para que yo no pueda verlas con claridad…
—¿Te molesta no poder usar lo que siento en mi contra?
—Me molesta que pienses lo peor de mí cuando no he hecho absolutamente nada para que asumas tal cosa —replicó con dureza.
—¿Eso crees?
Nabil relamió sus labios en un intento de mitigar su enojo y sonrió con un deje de fastidio.
—¿Quieres saber lo que creo? Creo… —deletreó con un deje de desdén—, que estás celosa.
Odile dio un paso hacia atrás. Su rostro se tornó rojo.
—¿De qué hablas?
—Estás celosa desde que me viste con Beatriz —manifestó—. He sido demasiado paciente con tus sentimientos. Esperando quizá que pudieras externarles en algún momento, pero tu actitud, anudado al acercamiento de ese imbécil de Arthur, me tienen los pelos de punta. Así que seré directo —la señaló—. ¿Por qué no admites que sientes celos y por eso me estás tratando con tanto desprecio? ¿Por qué no admites que has decidido alejarte de mí porque has descubierto que te gusto? —le interrogó. Odile retrocedió ante sus certeras acusaciones y él se aproximó a ella, negándose a poner distancia con la única persona que deseaba cerca—. ¿Por qué no admites que estabas dispuesta a darme una oportunidad, pero que Arthur confesó que sentía algo por ti y ahora estás confundida? —Su gesto se suavizó después de aquella pregunta—. ¿Por qué no me permites ayudarte a aclarar tus sentimientos?
Odile se detuvo en seco ante la única acusación que no la golpeó por no ser cierta. Él también se detuvo, aturdido.
—¿“Aclarar mis sentimientos”? —cuestionó, sintiéndose insultada.
—Sí… —respondió con suavidad y acarició su mejilla, estremeciéndola—. Un pequeño empujón para que me elijas a mí en vez de a él.
—¡¿Cómo te atreves?! —exclamó, empujándolo sin medir su fuerza. Nabil se tambaleó y, mientras retrocedía, tropezó con una piedra y cayó al agua. Odile jadeó, espantada. Se aproximó a la orilla para ver si se encontraba bien, pero no logró verlo en la superficie—¿Nabil? —inquirió. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al no poder verlo e imaginar lo peor—. ¡Nabil!
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Editado: 11.09.2026