Odiaba el olor a aceite frito de las once de la noche, pero odiaba más estar a un paso de perder la beca de mi vida. Por eso aguantaba. El Sunset Diner estaba desierto hasta que la puerta tembló y el tintineo de las campanillas me congeló la sangre.
Eran ellos. El universo tenía un sentido del humor espantoso.
Amanda entró con esa superioridad que te dan un uniforme de animadora perfecto y un apellido que los profesores no se atreven a reprobar. Detrás venía el equipo de fútbol. Risas tontas, olor a colonia cara mezclada con sudor, y él. Aiden Callahan. El chico que hacía que todo el instituto Hamilton High contuviera el aliento.
—¿Todavía trabajas aquí, Valentina? —preguntó Amanda, apoyando los codos sobre la mesa cuatro—. Qué fuerte. Yo creía que con tus notas ya te habrían ascendido a algo menos… grasiento.
Las animadoras se rieron. Yo apreté la libreta arrugada contra mi uniforme tres tallas más grande. Me sentía minúscula. Invisible.
No contestes. No vale la pena.
—¿Van a ordenar o van a seguir desperdiciando oxígeno? —solté, tragándome el orgullo.
Amanda sonrió despacio, clavando sus uñas acrílicas en la madera.
—Uy. La mesera tiene carácter. Y un poco de retraso, linda. Llevamos cinco minutos esperando.
Hacía exactamente diez segundos que se habían sentado. Mentira pura. Miré al suelo, sintiendo que las mejillas me quemaban de pura rabia, cuando una voz cortó el aire.
—Amanda —dijo Aiden, tranquilo—. Si vas a tratar mal a la persona que te trae la comida, al menos ten la dignidad de pedir ensalada.
El silencio cayó de golpe. Me quedé quieta. Él se había quitado la chaqueta del equipo y se inclinaba hacia delante. Sus ojos, de un gris tormentoso, se clavaron directo en los míos. No en mi uniforme sucio. En mí.
—¿Perdona? —escupió Amanda, poniéndose rígida.
Aiden se encogió de hombros, mirándola con una frialdad que helaba la sangre.
—Nada. Que el veneno combina mejor con algo ligero.
Uno de sus compañeros soltó una risa. Yo debería haberme sentido agradecida. No lo hice. Me sentí expuesta. Y odié que me temblara un poco la mano cuando apunté el pedido.
—Gracias por el espectáculo —murmuré de mala gana al pasar junto a él para dejar los cafés.
Al apoyar su taza, el espacio entre nosotros pareció encogirse de golpe. Mis dedos rozaron los suyos por accidente. Fue un maldito milisegundo, pero sentí una descarga eléctrica que me recorrió la espalda. Aiden no apartó la mano. Me miró desde abajo, con esos ojos claros que siempre parecían reírse de algo.
—De nada, Val.
Me frené.
—No me digas Val.
—Está bien, Valentina.
Peor. Me fui antes de hacer el ridículo.
Durante la siguiente media hora intenté ignorarlo. Fallé bastante. Porque Aiden no era fácil de ignorar. Reía con sus amigos, ayudaba a juntar vasos cuando se caían, saludaba al cocinero desde la barra y, como siempre, me daba las gracias cada vez que le dejaba algo en la mesa.
Eso era lo raro. Los demás me veían como parte del decorado. Él no. Y eso me molestaba más de lo que debería. Sabía que sonreía más cuando estaba cansado. Sabía que pedía panqueques cuando no quería volver a casa. Sabía que dejaba propina aunque yo lo atendiera mal. Y sabía que esa noche estaba fingiendo.
Cuando por fin el grupo se levantó, Amanda dejó un billete de un dólar arrugado en la mesa y chocó su hombro contra el mío al pasar.
—No te emociones —susurró—. Aiden es amable hasta con los perros perdidos. Para tu fondo universitario, da pena verte así.
Tragué saliva. No contestes. Pero Aiden la oyó. Su mandíbula se tensó un segundo. Sacó un billete de cincuenta de su billetera, lo puso sobre el mostrador y miró a Amanda con desprecio.
Solo un segundo.
Después volvió a ponerse esa cara de chico perfecto. Esa que todo el mundo compraba.
Yo no.
Al cerrar, salí por la puerta trasera con la basura en una mano y el móvil en la otra.
Él estaba allí.
Apoyado contra su coche.
—¿Me estás siguiendo?
—Técnicamente, este es el aparcamiento.
—Técnicamente, das miedo.
Sonrió, pero le duró poco.
—Necesito pedirte algo.
Me crucé de brazos.
—No.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Eres Aiden Callahan. Seguro que es una mala idea.
Se acercó un paso.
Demasiado cerca.
Olía a lluvia, a menta y a algo que no quería notar.
—Necesito mejorar mi imagen —dijo—. Para una beca.
Solté una risa seca.
—Tú tienes dinero.
—No es por el dinero.
Editado: 28.05.2026