Aiden Callahan acababa de pedirme que fingiera ser su novia.
A mí.
A la chica con olor a papas fritas en el cabello, uniforme horrible y cero ganas de aparecer en ninguna historia que tuviera que ver con él.
Me reí.
No una risa bonita. Una risa nerviosa, fea, de esas que salen cuando el cerebro decide que todo es una broma porque la otra opción es entrar en pánico.
Aiden no se rió.
—No estás hablando en serio —dije.
—Muy en serio.
—¿Esto es una cámara oculta?
Miré hacia los contenedores de basura. Luego hacia su auto. Luego otra vez a él.
—¿Dónde están tus amigos? ¿Detrás del árbol? ¿Amanda está grabando para humillarme mañana en el instituto?
Algo se le tensó en la cara.
—Amanda no tiene nada que ver.
—Qué raro. Suele tener que ver con todo lo que huele a desastre.
Aiden dio un paso hacia mí. No mucho. Lo justo para que el aire cambiara.
Yo retrocedí. Por orgullo. No por nervios.
Mentira.
—Necesito limpiar mi imagen —dijo—. La junta de scouts universitarios está revisando mi expediente.
—Pobrecito. ¿El príncipe tiene problemas?
Sus ojos se endurecieron un segundo.
—Tuve un altercado.
—¿Un altercado?
—Le partí la nariz a un tipo.
Me quedé callada. Vale. Eso no lo esperaba.
—Qué romántico.
—Estaba molestando a un chico de primer año.
—Claro. El héroe de Hamilton High.
—No soy un héroe.
Lo dijo demasiado rápido. Demasiado seco.
Y ahí apareció otra vez. Esa grieta rara. Esa que no encajaba con el chico que hacía reír a todo el mundo. Me molestó verla. Me molestó más querer entenderla.
—¿Y qué tengo que ver yo con tu nariz rota ajena?
Aiden soltó aire.
—Mi padre quiere que vaya a Harvard. Derecho. La empresa familiar después. Todo precioso. Todo decidido.
—Suena horrible tener tantas opciones.
—No son opciones si ya las eligió otro.
La frase me pegó más de lo que quise admitir. Bajé la mirada a mis tenis manchados de grasa. No. No iba a sentir pena por Aiden Callahan. Él tenía una casa enorme, un auto que valía más que mi futuro y una ex que parecía fabricada por una marca de perfume.
—Sigo sin entender por qué yo.
Aiden se acercó otra vez. Esta vez no me moví.
—Porque eres la mejor estudiante del último año.
—Eso no me convierte en novia de alquiler.
—Y porque estás postulando al programa Larkfield.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Cómo sabes eso?
Aiden ladeó la cabeza.
—Lo pusiste en el tablero del consejo académico. Hace tres semanas.
—Nadie lee ese tablero.
—Yo sí.
No supe qué contestar. Eso fue peor que si me hubiera tocado.
—También sé que ese programa no solo mira notas —siguió—. Mira liderazgo, vida social, participación, presencia. Y tú...
—Cuidado.
—Tú haces todo bien, Valentina. Pero nadie te ve.
Me dolió. Porque era verdad. Y porque lo había dicho él.
—No me conoces —murmuré.
—Te conozco más que la mayoría.
Me reí sin ganas.
—Porque sabes qué beca quiero.
—Porque sé que siempre cambias el turno de los viernes cuando hay exámenes el lunes. Porque devuelves las propinas grandes. Porque odias que te llamen Val. Porque cuando Amanda te habla mal, cuentas hasta tres antes de responder.
Tragué saliva. El estacionamiento se quedó demasiado silencioso.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué?
—Mirarme como si hubieras estado ahí todo el tiempo.
Su expresión cambió. Más suave. Más peligrosa.
—Es que estaba.
No. Eso no. Sentí calor en la cara y apreté más fuerte la bolsa de basura.
—No eres mi tipo, Callahan.
Su boca se curvó apenas.
—Perfecto. Tú tampoco eres el mío.
Mentiroso. No sé por qué lo pensé. Pero lo pensé.
Aiden miró hacia el diner, después hacia mí.
—Dos meses. Fingimos algo tranquilo. Nada exagerado. Tú consigues visibilidad. Yo consigo que dejen de verme como un desastre andante.
Editado: 17.06.2026