Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 3: Las reglas

Aceptar fue una idea horrible.

Lo supe exactamente medio segundo después de subir al auto de Aiden Callahan y cerrar la puerta.

Porque olía demasiado bien. Porque su mano seguía en el volante mientras me miraba como si acabara de ganar algo. Y porque yo acababa de aceptar fingir una relación con el chico que llevaba años intentando ignorar.

—No pongas esa cara —dijo, arrancando el motor.

—¿Qué cara?

—La de “voy a terminar en un documental de crímenes”.

Solté una risa corta. Odié que me sacara sonrisas tan fácil.

—Solo para que quede claro, esto sigue pareciéndome una pésima idea.

—Las mejores suelen empezar así.

Giró hacia la carretera principal y apoyé la cabeza contra la ventanilla, intentando ignorar el calor raro que había dentro del auto. No estaba nerviosa. Mentira.

—Necesitamos reglas —dije rápido.

Aiden sonrió de lado.

—Sabía que dirías eso.

—Porque a diferencia de ti, yo sí tengo instinto de supervivencia.

—Y yo tengo una beca en juego.

—Y ego. Mucho ego.

—Eso también.

El silencio duró unos segundos. Cómodos. Eso fue lo peor. Aiden bajó el volumen de la música.

—Bien. Regla uno.

—No besos.

Me miró un segundo. Demasiado tiempo.

—Directa.

—Eficiente.

—¿Y si alguien nos pide una foto romántica para redes? ¿Improvisamos una boda?

—Problema tuyo.

Su sonrisa creció apenas.

—Entonces queda anotado. No besos.

No debería haberme decepcionado lo rápido que aceptó. Idiota.

—Regla dos —seguí—. Nada de sentimientos.

Aiden soltó una risa baja.

—Eso sonó traumático.

—Eso sonó inteligente.

—Tranquila, Valentina. No voy a enamorarme de ti.

El corazón me dio un golpe absurdo. Porque una parte de mí quería molestarse, y otra quería preguntarle por qué lo decía tan seguro.

—Perfecto —murmuré.

Mentira. Nada de esto era perfecto.

El semáforo se puso en rojo y Aiden frenó despacio. Las luces de la calle entraban por la ventanilla, cortándole la cara a medias. Parecía cansado otra vez.

—Regla tres —dijo él—. Nada de mentiras fuera del trato.

Lo miré.

—¿Eso qué significa?

—Que si estás molesta conmigo, me lo dices. Si algo te molesta, también. No quiero actuar contigo todo el tiempo.

La frase me tomó desprevenida. Porque sonó demasiado sincera. Porque por un segundo dejó de parecer el chico popular del instituto y volvió a ser ese Aiden raro que aparecía detrás del diner con cara de no saber qué hacer consigo mismo.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿También vas a decir la verdad?

Él dudó. Solo un segundo. Pero lo vi.

—Lo intentaré.

Eso daba más miedo que una mentira.

El semáforo cambió. Aiden arrancó otra vez y el auto se llenó de un silencio que parecía estar esperando algo.

—Tenemos que empezar mañana —dijo.

—¿Mañana?

—Si tardamos mucho, parecerá falso.

—Porque fingir salir conmigo es súper creíble.

Aiden soltó una risa.

—Créeme. Medio instituto lleva años intentando averiguar por qué siempre me quedo más tiempo del necesario en el diner.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Perdón?

Su sonrisa desapareció despacio. Ups. Había dicho demasiado. Sentí el corazón subir hasta la garganta.

—Aiden…

—Olvídalo.

—No. De ninguna manera.

Él se pasó una mano por el cabello, incómodo por primera vez desde que lo conocía.

—Solo me gusta estar allí.

Mentiroso. No por completo, al menos. Y el problema era que yo quería saber la parte que faltaba.

Aiden se estacionó frente a mi casa y giró hacia mí. Demasiado cerca otra vez.

—Entonces —murmuró—, ¿novia falsa?

—Novio falso —corregí.

Sus ojos bajaron a mi boca. Solo un segundo. Pero lo sentí entero.

—Esto va a salir fatal.

—Probablemente.

No nos movimos. Ni él, ni yo.




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