Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 5: Manual para conocer a un extraño

Sentarme con el equipo de fútbol fue como entrar desnuda en una jaula de lobos.

Vale. Exagero. Un poco.

Pero cuando Aiden dejó mi bandeja sobre la mesa central de la cafetería y todos levantaron la vista a la vez, tuve clarísimo que había cometido el segundo error más grande de la semana. El primero había sido decirle que sí.

—Respira —murmuró él, sentándose a mi lado.

—No me des órdenes.

—Era una sugerencia de supervivencia.

—Pues guárdatela.

Sonrió como si le hiciera gracia que quisiera matarlo con una servilleta.

Me senté rígida. Demasiado consciente de todo. De su rodilla rozando la mía bajo la mesa. De las miradas. De Amanda al otro lado de la cafetería, fingiendo que no nos miraba mientras prácticamente me arrancaba la piel con los ojos.

Hanna y Nina estaban dos mesas más allá. Hanna me hizo un gesto de ánimo. Nina levantó el pulgar como si estuviera viendo una película.

Traidoras.

—Así que tú eres Valentina —dijo un chico enorme, con el cabello rapado y sonrisa fácil—. Soy Mason.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Me tiraste un batido encima en segundo año.

Mason se quedó congelado. La mesa explotó en risas.

—Hermano, empezaste fuerte —dijo otro, dándole un golpe en el hombro.

Aiden soltó una risa baja a mi lado. No la de siempre. Una real. Se me movió algo dentro del pecho. Qué estupidez.

—Lo siento —dijo Mason—. Creo.

—No pareces muy seguro.

—Me disculpo mejor bajo presión.

—Perfecto. Estás bajo presión.

Otra ronda de risas. Y, por primera vez desde que había entrado en esa cafetería, dejé de sentirme como un bicho raro. Solo un poco.

Aiden me miró de reojo. Orgulloso. Como si yo hubiera ganado un partido.

—No pongas esa cara —susurré.

—¿Cuál?

—La de “te dije que no te iban a comer”.

—No te han comido todavía.

—Qué tranquilizador.

Su hombro rozó el mío cuando se inclinó para tomar una papa de mi bandeja.

—Eh.

—Contrato de pareja falsa. Compartir comida da credibilidad.

—Invéntate otra excusa.

—Tenía hambre.

Le di un manotazo suave en la muñeca. Sus dedos rozaron los míos. Un segundo. Nada. Todo.

Aiden se quedó quieto. Yo también.

Mason carraspeó.

—¿Interrumpo algo?

—No —dije rápido.

—Sí —dijo Aiden al mismo tiempo.

Fatal. Muy fatal.

Las risas volvieron. Yo noté el calor subirme por el cuello y fingí mirar mis patatas como si escondieran respuestas importantes.

Entonces vi algo raro. Aiden reía. Contestaba bromas. Chocaba puños. Hacía comentarios tontos sobre el entrenamiento. Todos lo escuchaban. Todos lo seguían. Pero había algo ensayado. Como si supiera exactamente cuándo sonreír, cuándo bromear, cuándo ser el chico que esperaban.

El chico perfecto. El chico fácil. El chico que no molesta.

Y de pronto me dio rabia. No por él. Por mí. Porque lo estaba viendo. Y no quería.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.

Aiden giró la cabeza. Demasiado rápido.

—Sí.

Mentira. La reconocí al instante.

—Vale.

—¿Vale?

—No voy a obligarte a decirme la verdad en medio de tu club de fans.

Sus ojos cambiaron. Apenas. Pero cambiaron.

—No son mi club de fans.

—Son gente que te quiere.

—No es lo mismo.

La frase cayó entre los dos como algo pesado. Antes de que pudiera responder, Aiden se levantó.

—Ahora vuelvo.

Pensé que se iba a escapar. Pero volvió un minuto después con un vaso de café de la máquina del pasillo. Lo dejó frente a mí.

—Toma.

—No he pedido café.

—Lo necesitas.

Miré el vaso. Dos de azúcar. Un chorrito de leche. Nada de canela. Exactamente como lo tomaba en los turnos largos del diner.

Se me secó la boca.

—¿Cuándo te diste cuenta?

Aiden apoyó los antebrazos sobre la mesa y se inclinó hacia mí. La cafetería siguió hablando. Yo dejé de oírla.

—¿De qué?

—De cómo tomo el café.

Su mirada se clavó en la mía. Sin sonrisa. Sin actuación. Solo él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.