Nunca había odiado tanto unos colores como esa noche.
Azul marino y plateado. Los colores oficiales de Hamilton High. Los mismos que llevaba puestos en forma de sudadera enorme mientras Hanna y Nina prácticamente me arrastraban por las gradas llenas.
—Son solo cuatro horas —dijo Hanna.
—Tres y media si pierden rápido —añadió Nina.
—Espero que pierdan entonces.
Nina soltó una carcajada.
—Mentira. Estás nerviosa porque Callahan te va a ver.
—No estoy nerviosa.
Mentira asquerosa.
Porque el estadio entero vibraba. Música. Gritos. Luces atravesando el humo artificial mientras el equipo salía al campo y todo el mundo perdía la cabeza.
Y ahí estaba él. Aiden Callahan parecía hecho para noches como esa. Casco bajo el brazo. Uniforme ajustado. Sonrisa fácil. Todo el mundo gritando su apellido.
Pero en cuanto salió al campo, levantó la vista hacia las gradas. Y me encontró. Directo. Sin dudar.
El corazón me dio un golpe absurdo. Idiota.
—Vale, eso ha sido MUY intenso —susurró Hanna.
—Cállate.
Aiden señaló mi sudadera desde abajo y sonrió apenas antes de volver con el equipo. Y por alguna razón, eso fue peor que si hubiera subido a besarme delante de todos. Porque había parecido automático. Natural. Como si llevara toda la vida buscándome entre la multitud.
No. De ninguna manera.
Amanda apareció veinte minutos después. Claro que sí. Uniforme perfecto. Cabello recogido en una coleta alta. Sonrisa falsa. Sus amigas detrás como soldados decorativos.
—Qué bonito —dijo mirando mi sudadera—. Pensé que Aiden tendría estándares más altos para prestar su ropa.
Nina se giró instantáneamente.
—Y yo pensé que tú tendrías dignidad para superar a tu ex, pero mira qué sorpresas da la vida.
Tuve que morderme el labio para no reírme. Amanda ni la miró. Sus ojos seguían clavados en mí.
—Solo disfruta mientras dure, Valentina. Las chicas como tú siempre son pasajeras.
Ahí estuvo. Ese pequeño golpe debajo de las costillas. Porque Amanda sabía exactamente dónde atacar. La chica invisible. La mesera. La rara del diner. La que claramente no pertenecía al mundo de Aiden Callahan. Y odié que una parte de mí lo pensara también.
—¿Terminaste? —pregunté.
Amanda sonrió despacio.
—Todavía no.
Pero entonces el estadio explotó en gritos. El partido volvió a arrancar y Amanda tuvo que bajar corriendo hacia la banda con las otras animadoras.
Respiré hondo.
—La odio —murmuró Hanna.
—Yo quiero atropellarla con algo grande —añadió Nina.
—Hay una larga fila para eso.
El problema fue que Amanda había dejado la duda ahí. Clavada. Porque mientras el partido seguía, yo no podía dejar de mirar el campo y pensar una estupidez detrás de otra.
Aiden encajaba allí abajo. Demasiado bien. Todo el mundo gritaba su nombre. Todo el mundo lo miraba. Todo el mundo parecía querer un pedazo suyo.
Y aun así… seguía buscándome. Lo hace constantemente. Entre jugada y jugada. Entre los gritos. Entre el caos.
Sus ojos terminaban subiendo hacia mi grada como si comprobar que seguía allí fuera parte del partido. Y cada vez que me encontraba, sonreía apenas. Como un secreto. Eso daba muchísimo más miedo que cualquier coqueteo.
El marcador estaba empatado cuando faltaban menos de dos minutos. El estadio entero estaba de pie. Gritando. Temblando. Yo también. Pero por culpa de él.
Aiden recibió el balón y todo pasó demasiado rápido. Corrió esquivando jugadores mientras el estadio se volvía loco a mi alrededor.
Touchdown.
Hamilton High explotó. La música empezó. Las gradas vibraron. Las animadoras corrieron al campo.
Y Aiden… Aiden levantó la cabeza. Buscándome. Otra vez.
Amanda llegó primero a la banda, sonriendo como si la victoria también fuera suya. Varias animadoras rodearon a Aiden. Él pasó de largo. Literalmente de largo. Ni las miró.
Y entonces empezó a correr hacia las gradas. Hacia mí.
Sentí el corazón subir hasta la garganta mientras subía los escalones de dos en dos con la respiración agitada y una sonrisa cansada que se sentía demasiado real. Demasiado sincera. Demasiado solo para mí.
Se detuvo frente a mí, todavía jadeando. Todo el estadio seguía rugiendo detrás, pero yo apenas escuchaba nada. Porque Aiden me estaba mirando como si acabara de ganar algo más importante que un partido.
—Te dije que ganaríamos —murmuró.
Y el problema fue que, por primera vez desde que empezó todo esto… parecía olvidarse de que estábamos fingiendo.
Editado: 17.06.2026