Aiden Callahan me estaba esperando fuera del diner a medianoche.
Con lluvia. Con la calefacción encendida. Y con esa cara de no haber dormido en días que me daba ganas de gritarle y cuidarlo al mismo tiempo. Después del muro de hielo que habíamos levantado esa mañana en el instituto, lo último que esperaba era encontrármelo allí.
—No —dije apenas abrí la puerta trasera del Sunset para salir.
Él bajó la ventanilla del auto.
—Buenas noches para ti también.
—No te puedes aparecer así, Callahan. Menos hoy.
—Técnicamente, estoy estacionado.
—Técnicamente, pareces un acosador con buen auto.
Aiden sonrió, pero le salió flojo. Eso fue lo primero que noté. Lo segundo fue que tenía los ojos cansados. Demasiado. El cansancio de llevar todo el día sosteniendo la mentira que yo misma le había obligado a aceptar.
La lluvia me empapó el cabello en tres segundos. Yo llevaba ocho horas sirviendo café, limpiando mesas y fingiendo que no me dolían los pies. No tenía fuerzas para discutir. Mentira. Con él siempre tenía fuerzas.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Llevarte a casa.
—Tengo piernas.
—Y ojeras.
—Qué romántico.
—Sube, Valentina. Te estás congelando.
Odiaba que sonara tan tranquilo. Odiaba más que tuviera razón.
Entré al auto con la dignidad de alguien que acaba de perder una guerra pequeña. El calor me envolvió de golpe. Olía a menta, a lluvia y a él. Fatal. Muy fatal para mi fuerza de voluntad.
—No tenías que venir —murmuré, abrochándome el cinturón y mirando fijamente el tablero—. Dejamos las cosas claras esta mañana. Solo somos un contrato.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Aiden puso el auto en marcha. Tardó demasiado en responder.
—Porque quería.
Eso fue peor que cualquier excusa.
Me quedé mirando la ventana, donde las gotas corrían como si también quisieran escapar. La radio sonaba muy baja. Una canción lenta. De esas que no ayudan en absoluto cuando estás en un espacio cerrado con alguien que debería darte igual. No me daba igual. Ese era el maldito problema. Por mucho que me repitiera que el beso del armario había sido actuación, mi cuerpo recordaba cada segundo.
—¿Siempre rescatas meseras congeladas? —pregunté, intentando recuperar mi tono sarcástico habitual.
—Solo a las que me insultan antes de subirse.
—Entonces soy especial.
—No he dicho eso.
Giré la cabeza hacia él, desafiándolo con la mirada.
—Pero tampoco lo negaste.
Aiden sonrió apenas, sin apartar la vista de la carretera.
—Estás aprendiendo rápido.
El silencio volvió. Pero no era vacío. Era raro. Pesado. Lleno de cosas que no estábamos diciendo, atrapados entre el beso del armario y las palabras frías del pasillo.
Su mano descansaba sobre el cambio de marchas. Los nudillos algo tensos. Recordé sus dedos temblando junto a mi oreja en el armario. Recordé cómo me había mirado después del partido. Como si ganar solo importara porque yo estaba allí. No pienses en eso, Valentina. Protégete.
—Amanda me escribió —solté, rompiendo la tensión antes de que me asfixiara.
Aiden giró la cabeza un segundo, alerta.
—¿Qué?
—Nada importante.
—Valentina.
Mi nombre en su voz sonó demasiado serio. Demasiado mío.
Saqué el teléfono de mi delantal y le enseñé la pantalla: “Disfruta el paseo. Aiden siempre se aburre cuando consigue lo que quiere”.
Aiden frenó en un semáforo de golpe. La mandíbula se le endureció tanto que temí que le fuera a doler.
—No le hagas caso.
—Eso intento.
—No. No lo intentas —me acusó, girándose a mirarme—. Te lo estás creyendo. Te estás agarrando de eso para mantener la distancia que pusiste esta mañana.
Me dolió porque era verdad. Mi coraza se estaba agrietando.
—No sabes lo que me creo.
—Sé que te cuesta de gran manera creer que alguien pueda elegirte sin estar jugando, Val.
Me quedé helada. No por el frío de la calle, sino por la precisión de su golpe.
—No hagas eso —susurré, sintiendo las lágrimas amenazando con salir.
—¿Qué?
—Hablar como si me conocieras.
Aiden me miró. La luz roja del semáforo le partía la cara en dos. Una mitad chico perfecto, el mariscal de campo inalcanzable. La otra, puro cansancio, el chico real que me había besado en la oscuridad.
—Ojalá no quisiera conocerte tanto —dijo en voz baja.
Editado: 17.06.2026