Aiden Callahan casi me besa.
Y después su padre llamó y le cambió la cara como si acabara de ver un cadáver.
Llevaba una hora mirando el techo de mi habitación pensando en eso. Error. Gran error.
El reloj marcaba las 4:13 AM cuando tomé el teléfono otra vez. No podía dormir. Tenía el pecho raro. Inquieto. Como si algo se hubiera quedado atrapado dentro del auto con él.
Abrí Instagram por puro instinto. Aiden seguía en línea. Claro. Porque el chico que parecía tener la vida perfecta claramente tampoco dormía. Idiota.
Cerré la aplicación. La abrí otra vez treinta segundos después. Más idiota todavía.
Mis dedos flotaron sobre el chat.
No le escribas.
Le escribí.
Yo: ¿Sobreviviste al interrogatorio?
Los tres puntitos aparecieron casi instantáneamente. Demasiado rápido. Como si hubiera estado esperando.
Aiden: Depende. ¿Mentimos o decimos la verdad?
Me mordí el labio. La regla. Nada de mentiras fuera del trato.
Yo: Verdad.
Tardó unos segundos esta vez.
Aiden: Entonces no.
El corazón me dio un golpe raro. Porque por primera vez no sonaba como Aiden Callahan. El chico divertido. El mariscal de campo perfecto. El que siempre tenía una respuesta lista. Sonaba cansado. Muy cansado.
Yo: Tu padre parece intenso.
Los puntitos desaparecieron. Volvieron. Desaparecieron otra vez.
Aiden: Eso es una forma elegante de decirlo.
Me acomodé mejor entre las cobijas. La lluvia seguía golpeando la ventana de mi habitación y el teléfono iluminaba todo en azul. No debería estar haciendo esto. Hablar con él así. A esta hora. Desde la cama. Parecía peligroso.
Yo: Entonces usa una palabra menos elegante.
Esta vez respondió rápido.
Aiden: Controlador. Agotador. Imposible.
Tragué saliva. No sabía qué hacer con esa versión suya. La real. Porque en el instituto Aiden parecía inmune a todo. Como si nada pudiera tocarlo de verdad. Pero esto… esto sí parecía tocarlo.
Yo: ¿Por eso quieres tanto la beca?
Leído. Silencio. Pensé que no iba a contestar.
Entonces:
Aiden: Quiero una vida que no parezca escrita por otra persona.
Me quedé mirando la pantalla demasiado tiempo. Y lo peor fue entender exactamente a qué se refería. Porque yo también llevaba años viviendo así. Siguiendo horarios. Notas. Turnos. Becas. Haciendo todo bien para poder escapar algún día. Supongo que por eso dolió leerlo.
Yo: Eso ha sido sorprendentemente profundo para alguien que come cereales secos después de entrenar.
Tardó un poco. Después:
Aiden: Me espías bastante para alguien que dice odiarme.
Sonreí sin querer. Fatal.
Yo: Trabajo en un diner. Veo demasiadas cosas.
Aiden: Entonces dime algo que nadie más note.
Mi corazón hizo una cosa rara. Porque sabía exactamente qué responder. Que parece feliz incluso cuando está roto. Que sonríe cuando quiere desaparecer. Que se queda más tiempo en el diner porque no quiere volver a casa.
Pero no escribí nada de eso. Cobarde.
Yo: Que eres insoportable.
Aiden: Mentirosa.
Me quedé mirando esa palabra más tiempo del normal. Después escribí:
Yo: ¿Y tú? ¿Qué ves que nadie más nota?
La respuesta llegó enseguida. Demasiado enseguida.
Aiden: Que finges ser más fría de lo que eres. Que te muerdes el interior de la mejilla cuando estás nerviosa. Y que siempre piensas demasiado antes de dejar que alguien te importe.
Se me cerró el pecho. Porque nadie debería fijarse en esas cosas. Nadie.
Apagué la pantalla un segundo y respiré hondo. No me gustaba sentirme tan vista. Volví al chat.
Yo: ¿Por qué sigues despierto?
Tardó. Mucho. Los puntitos aparecieron y desaparecieron varias veces, como si estuviera peleándose consigo mismo. Hasta que finalmente llegó el mensaje. Y esta vez sí sentí frío. Real.
Aiden: ¿Puedo ir a verte? No puedo respirar en mi casa.
Editado: 17.06.2026