Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 17: Rompiendo el contrato

La confesión de Aiden quedó flotando en el aire del Jeep, densa, silenciosa y cargada de una verdad que nos golpeó a los dos. El eco de sus palabras pareció detener el sonido de la lluvia que empezaba a golpear con suavidad contra el parabrisas.

No respiré. No pude.

Aiden seguía inclinado hacia mí, mirándome con esos ojos grises desarmados de cualquier máscara. Ya no era el mariscal de campo estrella. Era solo un chico entregándome las llaves de su celda, diciéndome con la mirada que yo era su única salida de emergencia, su único lugar seguro. Y el miedo que sentí no fue por su padre; fue por lo mucho que yo quería tomar su mano y correr con él lejos de todo.

—Aiden… —mi voz fue un hilo roto en la penumbra.

Él no me dejó terminar. Con un movimiento lento, casi temeroso de romper el momento, acortó los escasos centímetros que nos separaban. Sus manos, todavía cálidas por la tensión de hace unos minutos, subieron a mi rostro.

Me acunó las mejillas con una delicadeza extrema, como si fuera de cristal, obligándome a mirarlo. Su tacto quemaba, pero de una forma extrañamente dulce.

—No me digas que es parte del trato, Val —susurró, y su voz se quebró un poco mientras su aliento rozaba mis labios—. No me digas que estamos actuando. Ya no puedo más con esta mentira. Necesito que esto sea real.

Sostenerle la mirada en ese instante fue ver su alma por completo. No había arrogancia, no había orgullo; solo una necesidad pura y transparente de pertenecer a algún sitio que fuera verdadero. Me mordí el interior de la mejilla, ese hábito estúpido que él conocía demasiado bien, y el pulgar de Aiden se movió despacio para acariciar el rincón de mi boca, deteniendo el gesto.

—Me tienes en tus manos, Martínez —mencionó en un suspiro rendido.

Y entonces, el espacio entre los dos se redujo a nada.

Aiden me besó.

Pero no fue como el estallido salvaje del armario de la cocina. Este beso fue una caricia lenta, pausada y profundamente tierna. Sus labios se posaron sobre los míos con una devoción que me caló directo en los huesos, como si estuviera pidiéndome permiso, como si cada roce fuera su forma de darme las gracias por haberlo salvado en mitad de la tormenta.

Solté un gemido bajo que se ahogó en su boca y me aferré a los hombros de su buzo gris. Aiden suspiró contra mis labios, un sonido lleno de alivio, y me arrastró un poco más hacia él a través de la consola central del auto. Sus manos bajaron de mis mejillas hacia mi cintura, abrazándome con una ternura posesiva, pegándome a su pecho para que escuchara cómo su corazón, finalmente, encontraba su ritmo al lado del mío.

Se sentía completamente entregado, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir y el búnker de su Jeep fuera nuestro único universo. Me besó una y otra vez, cambiando el ángulo con suavidad, extendiendo el momento porque ninguno de los dos quería despertar de ese sueño.

Cuando finalmente nos separamos por falta de aire, ninguno se alejó. Aiden apoyó su frente contra la mía, con la respiración agitada y una sonrisa pequeña, la más real que le había visto jamás, dibujada en los labios. Sus ojos grises me miraban con una luz brillante, completamente enamorados.

—Dilo —murmuró contra mis labios, con una súplica que era puro susurro—. Dime que tú también lo sientes.

Tragué saliva, sintiendo el calor subirme por la garganta y el pecho lleno de una felicidad que ya no me daba pánico. Miré al chico que todo el mundo creía perfecto, al que ponía notas en mi casillero y me cuidaba de todo el mundo, y dejé caer mi última defensa.

—No es actuación, Aiden —susurré, rindiéndome por fin—. Ya no lo es.




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