Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 18: Propiedad privada

La tormenta de esa mañana colapsó el estacionamiento de Hamilton High en cuestión de minutos. Para cuando logré bajar del autobús y correr hacia la entrada principal, el paraguas ya había cedido. Llegué al vestíbulo empapada, con el dobladillo del pantalón goteando y un temblor violento recorriéndome la espalda.

Después de la noche que habíamos pasado —después de sus lágrimas, de su confesión en el suelo de su habitación y de ese beso real que lo había cambiado todo—, mi cabeza era un caos absoluto. No había dormido nada, y el frío de la calle solo empeoraba las cosas.

—Mírate, pareces un cachorrito ahogado —comentó Hanna, apareciendo a mi lado con un termo de café—. Toma, antes de que te dé hipotermia.

Iba a estirar la mano para aceptar el vaso, pero no alcancé a rozar el cartón caliente. Una sombra alta se interpuso entre nosotras.

Aiden.

No dijo una sola palabra. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en mis hombros, que no dejaban de sacudirse por el frío. Traía puesto su hoodie oficial del equipo de fútbol; esa prenda de algodón grueso, azul marino, que solo los jugadores titulares tenían derecho a usar. La que llevaba su apellido, CALLAHAN, estampado en letras blancas gigantescas a lo largo de la espalda.

Antes de que pudiera reclamarle por el susto, Aiden se cruzó de brazos, se sujetó el dobladillo de la sudadera y se la quitó de un solo movimiento fluido. Se quedó en una playera blanca de manga corta, inmune al frío del pasillo, y abrió la prenda entre sus manos.

—Aiden, ¿qué haces? —alcancé a protestar en un susurro, dando un paso atrás—. Todo el mundo está mirando.

—Me importa un demonio —respondió, repitiendo exactamente la misma frase de la noche anterior en su habitación.

Dio un paso al frente, atrapándome contra mi propio casillero, y me pasó la sudadera por la cabeza.

El contraste fue brutal. La tela estaba ardiendo, impregnada directamente con el calor de su cuerpo. El algodón me envolvió por completo, devorándome la figura; las mangas eran tan largas que mis manos desaparecieron dentro de los puños y el dobladillo me rozaba casi las rodillas.

Pero lo peor no fue el tamaño. Fue el olor.

Ese aroma limpio a menta, lluvia y a la colonia cara que usaba después de entrenar me inundó los sentidos de golpe, colándoseme por los pulmones. Era asfixiante. Demasiado íntimo. Sentí que la cara me quemaba de una forma ridícula, y esta vez no era por el frío.

Aiden se inclinó hacia mí. Sus manos, grandes y firmes, tomaron los extremos de los cordones de la capucha y tiraron de ellos despacio para ajustármela. Sus nudillos rozaron la piel de mi cuello por un milisegundo, justo donde unas horas antes sus labios me habían dejado sin aliento. Una descarga eléctrica me recorrió la columna.

—Mejor —murmuró, mirándome desde arriba. Sus ojos grises escanearon mi rostro, deteniéndose un segundo en mis labios antes de volver a chocar con mi mirada—. No quiero que te enfermes, Valentina.

El pasillo de Hamilton High se había quedado en un silencio sepulcral. Las conversaciones se detuvieron. Los casilleros dejaron de sonar. En un instituto donde la ropa del equipo era el equivalente a marcar territorio, ver a la chica invisible usando el apellido del mariscal de campo estrella a primera hora de la mañana era una declaración de guerra.

Nina soltó una risa ahogada detrás de Hanna.

—Bueno. Oficialmente ya eres propiedad privada, Val —susurró con malicia.

Tragué saliva, incapaz de apartar los ojos de Aiden. Él dio un paso atrás, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y me dedicó una de esas sonrisas de lado que me desarmaban por completo.

En ese momento, los tacones de Amanda resonaron contra el piso.

Caminaba con su grupo habitual, riendo de algún comentario absurdo, hasta que pasó exactamente al lado de nosotros. Sus ojos bajaron de la playera blanca de Aiden a mi cuerpo. Se detuvieron en las letras blancas de la espalda de mi sudadera: CALLAHAN.

A Amanda se le congeló la sonrisa en la cara. La palidez que le cubrió las mejillas fue inmediata, seguida por una chispa de odio puro que dirigió directo hacia mí.

No me moví. Me crucé de brazos dentro de la tela gigante, hundiéndome deliberadamente en el aroma de Aiden. Y mientras la silueta de Amanda se alejaba con pasos furiosos por el pasillo, una verdad incómoda me golpeó el pecho: llevar su ropa no solo me quitaba el frío. Me hacía sentir extrañamente protegida. Y lo peor de todo es que no quería devolverla jamás.




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