Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 7: Siete segundos

Odiaba las fiestas de Hamilton High. Y odiaba más haber cedido a las súplicas de Hanna y Nina.

La casa del receptor abierto estaba a reventar. El olor a cerveza barata, el humo y la música haciendo vibrar las paredes me daban dolor de cabeza. Yo no pertenecía aquí. Se ponía peor porque llevaba un vestido negro, corto y ajustado que Nina me había obligado a ponerme. Me sentía expuesta. Especialmente después de haber pasado todo el día en el instituto usando la campera de Aiden con su apellido en la espalda.

—Te lo dije, está en la sala —gritó Hanna al oído, señalando hacia el centro del caos.

Me abrí paso entre la multitud y me congelé.

Ahí estaba Aiden. El héroe de la noche, el chico que le había dado la victoria al equipo unas horas antes. Tenía un vaso rojo en la mano, reía con sus amigos y, justo a su lado, Amanda y otras dos porristas bailaban pegadas a él, celebrando el triunfo como si les perteneciera.

Sentí un pinchazo amargo en el estómago. Iba a darme la vuelta para huir, cuando Aiden levantó la vista.

Nuestras miradas chocaron en medio del humo.

Aiden se quedó completamente inmóvil. La risa se le murió en los labios y se le abrió la boca apenas, recorriéndome de arriba abajo con unos ojos grises que brillaron con una intensidad salvaje. No se esperaba ver a la mesera del diner vestida así.

Ignoró a sus amigos. Pasó de largo de Amanda, dejándola con la palabra en la boca, y caminó directo hacia mí, abriendo la masa de estudiantes como si fuera el mariscal de campo del universo.

—Viniste —murmuró al llegar a mi lado. Su voz sonaba ronca, alterada.

—Mis amigas son unas terroristas —atiné a decir, con el corazón dándome golpes en el pecho.

Aiden sonrió de lado, esa sonrisa que me desarmaba, y se inclinó. Pensé que me besaría en los labios frente a todos, pero se detuvieron a milímetros y me dejó un beso lento en la mejilla. Sus labios rozaron mi piel, tibios, dejando un rastro de fuego.

—Estás hermosa, Valentina. Demasiado —susurró contra mi oído.

—Miren qué ternura —interrumpió una voz chillona. Amanda nos miraba con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de veneno. Había arrastrado al grupo de fútbol con ella—. La parejita del año. ¿Por qué no jugamos a algo para celebrar el touchdown de Aiden? Algo divertido. Siete segundos en el cielo.

Un coro de gritos burlones estalló entre los jugadores. Era un juego infantil, ridículo, pero la presión social en esa sala era absoluta. Amanda sospechaba de nosotros desde lo de la campera en los pasillos; quería exponernos, ver si nos acobardábamos.

—Yo empiezo —dijo Amanda, girando una botella vacía sobre la mesa. El pico apuntó directo a Aiden. Ella sonrió con malicia—. Qué coincidencia. Aiden, te toca conmigo.

—No juego a esta esta estupidez, Amanda —soltó Aiden, frío como el hielo.

—¿Por qué? ¿Tu novia tiene miedo? —provocó ella, mirándome con desprecio—. ¿O es que no sabes besar de verdad, Valentina?

La sangre me hirvió. Iba a contestar, pero Aiden fue más rápido. Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza posesiva que mi cuerpo reconoció al instante.

—Ella no tiene miedo de nada. Y yo solo entro ahí si es con ella —sentenció Aiden, mirando a Amanda con una fijeza letal.

Nadie se atrevió a contradecirlo. Aiden me arrastró al pasillo del fondo, directo a la cocina, ignorando los silbidos. Abrió la puerta del armario de la despensa, nos metió a ambos y la cerró de golpe, dejándonos en una oscuridad casi total, rodeados del olor a madera y estantes.

El silencio nos envolvió. La música de la fiesta se escuchaba lejana.

Estábamos tan pegados que su pecho rozaba el mío con cada respiración. Podía oler la menta, el sudor de la victoria y algo puramente eléctrico que emanaba de su piel.

—Aiden… —susurré, con la voz rota.

—Me estás volviendo loco, Val —respondió él en la penumbra.

No hubo más advertencias. Aiden soltó mi mano y me tomó de la cintura con una urgencia que me hizo soltar un gemido. Me empujó suavemente contra la pared del armario y capturó mis labios.

El beso fue un estallido.

No fue tierno, no fue ensayado para las cámaras. Fue un choque de dientes, lengua y necesidad contenida durante semanas. Aiden me besó con una desesperación salvaje, devorándome la boca como si se estuviera muriendo de sed y yo fuera su única salvación. Sus manos subieron a mi cuello, enredándose en mi cabello, reteniéndome contra él mientras yo me aferraba a sus hombros, perdiendo por completo la cabeza.

Nos estábamos besando de verdad. En un armario de cocina, rompiendo todas las reglas de nuestro contrato.

Cuando finalmente nos separamos, jadeando, con los labios encendidos y el corazón latiendo a mil por hora, Aiden apoyó su frente contra la mía.

—Se acabó el tiempo, tortolitos —gritó alguien desde afuera, golpeando la madera.

Aiden tragó saliva, me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con una delicadeza extrema y tomó mi mano de nuevo. Abrió la puerta de golpe.




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