Llevar el buzo gris de Aiden puesto durante las primeras clases me hizo sentir en las nubes, pero la realidad en Hamilton High siempre encontraba una forma de darte un bofetón directo en la cara.
A tercera hora, el altavoz del pasillo interrumpió la clase de Historia. La voz de la secretaria del director Harris se escuchó en toda el aula, pidiendo que yo, Hanna y Nina nos presentáramos en la oficina principal de inmediato.
Las tres nos miramos con el corazón en la garganta. Caminamos por el pasillo en silencio. Yo iba hundiéndose las manos en las mangas gigantescas del buzo, buscando ese olor a limpio de Aiden para calmar un poco los nervios. Cuando entramos a la dirección, el señor Harris nos recibió con una sonrisa de compromiso detrás de su escritorio de roble.
—Señoritas, gracias por venir tan rápido —dijo el director, apoyando las manos sobre unos papeles—. Como saben, la gala anual de beneficencia del instituto es este viernes. El comité de profesores está tapado de trabajo y, revisando sus expedientes, no se me ocurren tres estudiantes más responsables para hacerse cargo de la organización del evento y la logística de las tutorías.
Hanna asintió de inmediato, chocha con la idea de sumar puntos para su currículum. Nina y yo forzamos una sonrisa. Más trabajo. Justo lo que necesitaba entre mis turnos en el diner y los exámenes finales.
—Nos encargaremos de que todo salga perfecto, señor Harris —respondió Hanna por todas.
—No lo dudo. Pueden retirar las carpetas con mi secretaria al salir —el director asintió, pero antes de que nos pusiéramos de pie, levantó una mano—. Hanna, Nina, ¿podrían darnos un momento a solas? Necesito hablar de un asunto de las clases con Valentina.
Mis amigas me dedicaron una mirada de preocupación y salieron de la oficina, cerrando la puerta. El ambiente en la sala cambió de golpe. Se volvió re pesado y frío.
El señor Harris se reclinó en su silla, mirándome por encima de sus anteojos de lectura. Se le notaba el cansancio en la cara, y la mirada que me dio no tenía nada de malicia; al contrario, me miró con la misma calidez con la que me saludaba cuando se cruzaba con mi mamá en el hospital. Sus ojos recorrieron el buzo gigante que me envolvía el cuerpo y se detuvieron un segundo en las letras blancas de la espalda: CALLAHAN. Soltó un suspiro largo.
—Valentina —comenzó, y su voz sonó suave, como la de un tío—. Eres una de nuestras mentes más brillantes. Tus notas son impecables y estás a nada de conseguir la beca universitaria del comité. Sabes lo mucho que tu madre se rompe la espalda haciendo turnos dobles para ayudarte, y lo orgullosa que está de ti. Yo también lo estoy.
Me acomodé en la silla, sintiendo que la tensión de los hombros aflojaba un poco.
—Gracias, señor Harris. He trabajado duro para eso.
—Lo sé, por eso mismo me preocupa un poco lo que andan diciendo por los pasillos —dijo, apoyando los codos en el escritorio y mirándome con total honestidad—. Sé que estás saliendo con el joven Callahan. Aiden es un gran muchacho, el orgullo del equipo, pero... tienes que entender cómo funciona el mundo real, Val. Conozco a su padre, y créeme que las familias como la de él juegan con otras reglas.
El director se inclinó un poco hacia delante, y en sus ojos solo había una preocupación sincera que me encogió el estómago.
—Si Aiden comete un error, si sus notas bajan o si se distrae por un romance de instituto, su padre va a levantar el teléfono, va a hacer una donación gigante a Harvard y el problema va a desaparecer. Aiden tiene una red de seguridad invisible que lo protege de todo. Pero tú no la tienes, Valentina. Tu mamá y tú están solas en esto. Si las cosas salen mal, si te distraes y tu promedio baja aunque sea un punto, la única perjudicada vas a ser tú. Podrías perder la beca, y para ti, eso significa perder tu futuro. No quiero ver cómo te rompen el corazón ni cómo dejas pasar tu boleto de salida de este pueblo.
La advertencia me dolió, no porque fuera un ataque, sino porque sabía que venía desde el cariño y el miedo real de un amigo de la familia. El director no me estaba menospreciando; estaba intentando protegerme de un golpe que él creía inevitable. Pero lo que no sabía era que Aiden no era el chico mimado que todos pensaban.
Me acomodé el buzo gris, clavándole los ojos con total firmeza, pero sin rabia.
—Entiendo perfectamente por qué me lo dice, señor Harris, y de verdad le agradezco que se preocupe por mí y por mi mamá —respondí, con la voz clara y segura—. Pero se equivoca en algo. Aiden no es ninguna distracción. De hecho, es todo lo contrario.
El director levantó una ceja, guardando silencio.
—Aiden se queda despierto hasta la madrugada repasando sus apuntes de Física —continué, con los ojos fijos en él y la adrenalina a mil—. Sostiene al equipo entero en sus hombros, juega bajo una presión que rompería a cualquiera de nosotros y aun así nunca deja que sus notas bajen de un promedio excelente. Es la persona más disciplinada y protectora que conozco. Así que no se preocupe por mí, señor Harris. Si algo está haciendo Aiden Callahan en mi vida, es obligarme a ser mejor para estar a su altura.
El señor Harris se quedó mudo por un par de segundos, parpadeando, completamente descolocado por la forma en que había defendido al mariscal de campo. Su sonrisa seria desapareció, reemplazada por una mueca de sorpresa y un poquito de respeto.
Editado: 07.07.2026