Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 26: El peso de las cadenas POV AIDEN

Los pasos firmes resonaron contra el suelo del pasillo, acompañados por el eco agudo de unos tacones que conocía demasiado bien.

No me moví, pero sentí cómo cada músculo de mi cuerpo se transformaba en piedra. Mi mano, que un segundo antes sostenía la barbilla de Valentina con una necesidad casi desesperada, cayó a mi costado. Me aseguré de rozar sus dedos una última vez, un intento mudo de retener su calor, antes de romper el contacto por completo. Un segundo después, las siluetas de mi padre y Amanda doblaron la esquina.

Al vernos, Amanda cruzó los brazos, esbozando una sonrisa cargada de un triunfo venenoso. Pero fue la mirada de mi padre la que congeló el aire por completo. Sus ojos claros, idénticos a los míos, nos barrieron con un desprecio absoluto que hizo que Valentina diera un paso atrás por instinto.

No iba a permitir que la tocara. Ni con la vista.

—Aiden —su voz cortó la penumbra, perfectamente modulada, fría como el hielo—. Llevo veinte minutos buscándote por todo el gimnasio. Me parece una tremenda falta de madurez que dejes tus obligaciones para esconderte en los pasillos de servicio.

Di un paso al frente de inmediato, interponiéndome entre él y Valentina, bloqueándola de su campo de visión. Sentí la máscara encajando de nuevo en mi rostro, esa armadura rígida que ella me había enseñado a dejar caer y que ahora me tocaba recuperar a la fuerza.

—Estaba tomando un poco de aire, papá. La gala está llena.

—La gala está llena de las personas que van a decidir tu futuro, que es muy diferente —me interrumpió, ajustándose los puños de la camisa con una calma que me revolvió el estómago. Luego, desvió la mirada hacia atrás de mi hombro—. El decano de admisiones de Harvard y dos de los principales reclutadores del programa deportivo acaban de llegar. Están en la mesa principal con la familia de Amanda.

Amanda dio un paso hacia mí. Me tocó el antebrazo con una familiaridad ensayada, estrujando la tela de mi camisa mientras miraba a Valentina de reojo, marcando un territorio que no le pertenecía.

—Sí, Aiden, lindo. Están ansiosos por conocer al mariscal de campo estrella del que todo el mundo habla. Tus padres y los míos ya les reservaron un lugar. Vámonos.

No la miré. Me daba asco su tacto. Tenía los puños apretados a los costados y la mandíbula tan tensa que el dolor me subía por las sienes. Recordé mi propio llanto de impotencia en mi habitación unas horas antes, mi confesión de que odiaba este diseño de vida, mi súplica de que solo quería respirar con ella. No quería volver a esa maldita farsa. No quería dejara a Valentina sola en la oscuridad.

—No voy a ir ahora, papá —solté, y mi voz sonó tan ronca que vibró en las paredes—. Preséntales mis disculpas. Iré en el próximo bloque.

El silencio que siguió fue letal. Thomas Callahan dio un paso hacia mí, pero sus ojos no se fijaron en los míos. Se clavaron directamente en Valentina.

Había una amenaza implícita en su postura, una promesa silenciosa de destrucción que yo entendía perfectamente. Mi padre no iba a armar un escándalo en medio de una gala de beneficencia; simplemente iba a levantar el teléfono mañana y borrar el futuro de Valentina del mapa. Destruiría su beca, sus notas, su vida entera en este instituto solo para quitarme la "distracción" de enfrente.

Un sutil destello de pánico puro me cruzó el pecho. No tenía miedo por mí. Me importaba una mierda lo que me hiciera. Tenía pánico por ella. Tenía pánico de que la aplastara.

De pronto, sentí un roce casi invisible detrás de mi espalda. Los dedos de Valentina rozaron mi mano. Ve, me pidió en silencio. No me destruyas. No te destruyas.

Tragué saliva, sintiendo que me ahogaba. El chico que estaba listo para prenderle fuego a su propio mundo se obligó a tragarse la rabia, a bajar la cabeza y a aceptar las cadenas una vez más. Tenía que ponerme el maldito traje de oro, sonreírle a los reclutadores y pretender que era el hijo perfecto, solo para mantener la red de seguridad sobre la cabeza de la única persona que me importaba.

—Está bien —murmuré, y mi propia voz me sonó ajena, rota—. Vamos.

—Excelente —asintió mi padre, dedicándole una última mirada de desprecio a Valentina antes de dar media vuelta—. No hagamos esperar a los señores de Harvard.

Amanda se aferró a mi brazo con una sonrisa radiante, arrastrándome hacia el pasillo brillante del gimnasio. Me dejé llevar como un maldito cadáver, pero justo antes de doblar la esquina, no pude evitarlo. Me giré.

Nuestras miradas chocaron en medio de la penumbra del pasillo. Valentina seguía allí, pequeña, indefensa contra la pared fría. Dejé que mis ojos se lo dijeran todo: una disculpa silenciosa, una frustración salvaje y la promesa de que la estaba dejando allí sola con la humillación, pero solo porque estaba conteniendo la tormenta para que no la tocara a ella.

Crucé el umbral hacia las luces de la gala sintiendo que me arrancaban la piel, con la certeza absoluta de que acababa de entregar mi propia libertad, solo para asegurarme de que Valentina no perdiera la suya.




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