La gala de beneficencia había terminado hacía más de una hora, pero para mí el tormento se había extendido en cámara lenta.
Mientras el gimnasio se vaciaba de risas falsas y trajes caros, Hanna y yo nos habíamos quedado recogiendo los manteles, ordenando las carpetas de donaciones y dejando todo en orden. Mis manos se movían de forma automática, pero mi mente seguía atrapada en la misma imagen que me había estado destrozando el pecho durante toda la noche.
Aiden. Sentado en la mesa principal.
Desde la barra de control, lo había visto todo. Lo había visto soportar las palmadas en la espalda de los reclutadores de Harvard, sostener una copa sin darle un solo sorbo y mantener esa sonrisa plástica que su padre le exigía. And lo peor de todo: Amanda. Amanda pegada a su costado, riendo con la madre de Aiden, tocándole el brazo cada dos minutos como si presumiera un trofeo ante la élite del pueblo.
Había sido una agonía silenciosa. Me dolían los ojos de tanto contener las lágrimas y me quemaba el estómago de pura impotencia. Sabía que él estaba allí para protegerme, que se había entregado a los lobos para que su padre no me destruyera la beca. Pero verlo de nuevo en su mundo, tan inalcanzable, me había hecho sentir más invisible que nunca.
—Vale, ya es todo —dijo Hanna, interrumpiendo mis pensamientos mientras cargaba la última caja de folletos—. El director Harris ya cerró la oficina. Vámonos, te arrastro a mi casa y te preparo un té gigante. Das pena.
—Gracias, Hanna. De verdad —murmuré, acomodándome el bolso en el hombro.
Salimos por las puertas traseras del gimnasio. La tormenta de la mañana se había reducido a una llovizna persistente y fría que empañaba el aire del estacionamiento de Hamilton High. El lugar estaba prácticamente desierto, sumido en un silencio sepulcral que contrastaba con el eco lejano de la música de la gala que todavía me zumbaba en los oídos.
Caminamos pegadas bajo el pequeño paraguas de Hanna, con el agua calándome los zapatos gastados. Yo solo quería llegar a mi cama, cerrar los ojos y fingir que este viernes nunca había existido.
De pronto, Hanna se de tuvo en seco, dándome un sutil codazo en las costillas.
—Vale… mira allá —susurró, señalando hacia el fondo del asfalto mojado.
Levanté la vista parpadeando por las gotas de agua y el corazón me dio un vuelco tan violento que me dolió el pecho.
Allí estaba.
El Jeep de Aiden estaba estacionado debajo de uno de los postes de luz parpadeantes, justo al lado de la salida. Tenía el motor encendido, dejando escapar un hilo de humo blanco por el escape, y los faros delanteros partían la oscuridad de la noche, iluminando la lluvia.
Antes de que pudiera procesarlo, la puerta del conductor se abrió.
Aiden se bajó del auto. Había arrojado la corbata y el saco del uniforme de gala en alguna parte; solo llevaba la camisa blanca con los primeros botones desabrochados y el cabello completamente desordenado por el viento. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y los ojos grises fijos en mí, cargados de un cansancio absoluto, pero también de una fijeza implacable que me cortó la respiración.
No se había ido a festejar con el equipo. No se había ido con Amanda. Me estaba esperando a mí. A las dos de la mañana. En un estacionamiento vacío.
—Bueno —murmuró Hanna a mi lado, esbozando una sonrisa suave y comprensiva mientras me entregaba el paraguas—. Creo que tu transporte privado ya llegó. Te veo el lunes, Vale. Cuídate.
Hanna se dio la vuelta y corrió hacia el auto de su madre que acababa de llegar a la otra entrada, dejándome sola en mitad del asfalto.
Caminé despacio hacia el Jeep de Aiden, sintiendo que cada paso rompía un pedazo del hielo que me había congelado el cuerpo durante la cena. Cuando estuve a tres metros, él dio un paso al frente, quitándome el paraguas de las manos para sostenerlo sobre mi cabeza, acortando la distancia al mínimo.
El aroma dulce y limpio a menta y lluvia que emanaba de su piel barrió instantáneamente toda la angustia de la noche.
—Te tardaste una eternidad, Martínez —murmuró. Su voz sonaba ronca, ruda, alterada por las horas de farsa que había tenido que soportar.
Lo miré desde abajo, detallando las ojeras nuevas debajo de sus ojos claros y la rigidez de su mandíbula.
—Pensé que estarías celebrando con los reclutadores. O con Amanda —solté en un susurro, incapaz de ocultar la nota amarga en mi tono.
Aiden soltó una risa baja, carente de gracia, y arrojó el paraguas al suelo, importándole una mierda que la llovizna comenzara a empaparnos la ropa. Me tomó de la cintura con las dos manos, con una fuerza posesiva y urgente que me pegó directo contra su pecho caliente.
—Pasé cuatro horas metido en un maldito infierno, sonriendo a gente que odio y viendo cómo te miraban desde lejos —dijo, inclinando la cabeza hasta que sus labios rozaron mi oreja, haciéndome temblar—. Lo único que me mantuvo cuerdo ahí dentro fue saber que iba a subirte a este auto y llevarte a casa. No te vuelvas a creer la mentira, Val. Nunca.
El aire desapareció de mis pulmones. Mis manos subieron a su cuello por instinto, aferrándome a él en medio de la lluvia, entendiendo que el contrato se había quemado por completo y que, sin importar cuántos muros levantara su padre, el chico de oro de Hamilton High ya pertenecía a mi mundo.
Editado: 07.07.2026