Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 28: Cláusulas de fuego

Entrar a mi casa a la una y media de la mañana, goteando agua sobre la entrada, fue el único alivio real en toda la noche.

El silencio nos recibió de golpe. La luz de la cocina estaba encendida, dejando una nota sobre la mesa con la caligrafía apresurada de mi madre: “Turno doble en el hospital, regreso al mediodía. Te amo”. Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. No había nadie. Éramos solo nosotros dos, la lluvia golpeando los cristales y el rastro de agua que dejábamos a cada paso.

Aiden cerró la puerta principal a nuestras espaldas y apoyó la cabeza contra la madera un segundo, cerrando los ojos. Estaba empapado; la camisa blanca se le pegaba al pecho y los hombros le temblaban apenas, no por el frío, sino por la adrenalina que todavía le corría por las venas. Traía en la mano su bolso de deporte, el que siempre cargaba en el Jeep.

—Das pena, Callahan —murmuré, repitiendo nuestras viejas costumbres para no dejar que el silencio me asfixiara.

Aiden abrió los ojos grises, oscuros y cargados de una fijeza implacable, y sonrió apenas de lado.

—Te gusta verme así, Valentina. Admítelo.

Fui al baño del pasillo, tomé una toalla limpia y regresé a la cocina. Se la arrojé a la cara. Aiden la atrapó en el aire con una risa baja y empezó a secarse el cabello desordenado. Dejó el bolso sobre la mesada y, sin pedir permiso ni avisar, comenzó a desabrocharse los botones de la camisa empapada.

Me congelé en mi sitio.

Se quitó la prenda húmeda de un solo tirón, dejando al descubierto su torso, la espalda ancha y marcada por los entrenamientos de fútbol, y esa piel que todavía emanaba el calor de la lluvia y la furia de la gala. Abrió su bolso, sacó una camiseta seca del equipo y se la pasó por la cabeza con un movimiento fluido.

El corazón me dio un vuelco violento. El estómago se me llenó de un calor sutil que me puso los vellos de punta.

Para ocultar mis manos temblorosas y el hecho de que me había quedado mirándolo como una idiota, me di la vuelta rápido hacia la barra. Me puse a encender la cafetera a toda prisa, buscando dos tazas, haciendo ruido con los utensilios solo para tener un escudo. Necesitaba que el olor familiar a café quemado empezara a entibiar el ambiente antes de que mis propios nervios me delataran.

Cuando me armé de valor para regresar, Aiden ya se había sentado en uno de los banquetes de la isla de la cocina. Me observaba en silencio, apoyando los antebrazos sobre la madera alta.

Dejé su taza delante de él, sobre la isla. Ninguno le dio un sorbo. El humo del café subía entre nosotros, tiñendo la penumbra de la cocina.

—Tu padre se va a molestar si se entera de que estás aquí conmigo —dije en un susurro, rompiendo la tensión.

—Que lo intente —soltó Aiden, con una voz ronca que me erizó la piel. Su mirada bajó un segundo a mis labios antes de volver a chocar con mis ojos—. Me importa una mierda lo que él cree que es correcto para mí, Val. Me importa una mierda todo lo que no seas tú.

Se levantó despacio del banquete. Dio dos pasos rodeando la estructura hasta quedar frente a mí, acorralándome contra la mesada de la cocina. El espacio desapareció.

—Tenemos un problema, Valentina —murmuró, inclinándose hacia mí.

—¿Qué problema?

—Ya no puedo más, Valentina —murmuró, inclinándose hacia mí.

—¿Con qué? —atiné a decir, con las costillas retumbando por los latidos de mi corazón.

Aiden levantó una mano grande y la apoyó en la mesada, justo al lado de mi cadera, atrapándome. Con la otra, me agarró de la cintura, pegando mi cuerpo contra el suyo con una fuerza que me dejó sin aliento. Ya no había contratos de por medio, ni farsa, ni miradas de la gente del instituto. Éramos solo nosotros dos y todas las ganas que nos teníamos acumuladas desde hacía meses.

—Con esto de tenerte cerca y pretender que estoy tranquilo —dijo, y su voz bajó un tono, volviéndose más suave, más íntima. Me miró fijo a los ojos y su expresión se ablandó por completo—. Y con lo que pasó hoy... En serio, gracias, Val.

Parpadeé, un poco sorprendida por el cambio de tono.

—¿Gracias por qué?

—Por cómo eres conmigo —susurró, pasándome el pulgar por la mejilla con un cuidado que me derritió por dentro—. Por haberme dejado ir con mi padre hoy sin hacerme escenas, por entender la situación y no estar enojada conmigo. Sé que todo este asunto es una mierda, pero tenerte a ti, saber que me apoyas y que me cuidas la espalda... juro que me salva la vida. Me vuelves loco, Martínez. Te veo moverte por el instituto, te veo defenderme como lo hiciste frente a Harris, y ya no sé cómo mirarte sin querer mandarlo todo al diablo con tal de que te quedes conmigo para siempre.

No hubo más advertencias, ni discursos ensayados.

Aiden se inclinó del todo y me buscó los labios.

El beso fue una locura, un estallido de necesidad que me hizo soltar un suspiro bajo que él se tragó por completo. Me agarró de la nuca, hundiéndome los dedos en el pelo, manteniéndome pegada a él mientras me devoraba la boca como si llevara años esperándome. Mis manos subieron directo a sus hombros, aferrándome a la tela de su remera seca, perdiendo por completo la noción de dónde estábamos.




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