A las siete en punto de la mañana, el rugido del motor del Jeep interrumpió el silencio de mi calle.
Cuando salí por la puerta principal, el auto de Aiden estaba estacionado frente a mi acera, con los faros encendidos disipando la niebla matutina. Él estaba apoyado contra el volante, pero en cuanto me vio, se estiró para abrir la puerta del copiloto desde adentro. No dijimos mucho durante el trayecto; el ambiente estaba cargado de una electricidad nueva, de la certeza de que el beso en la isla de la cocina lo había cambiado todo.
El verdadero golpe de realidad nos dio al entrar al estacionamiento de Hamilton High.
Bajarse juntos del Jeep era parte de nuestro trato original; la farsa exigía que todo el instituto nos viera como la pareja perfecta. Pero esta mañana, mientras caminábamos hacia la entrada principal, el aire se sentía completamente distinto. Ya no había hombros rígidos ni sonrisas ensayadas. Cuando la mano de Aiden buscó la mía en medio del pasillo, entrelazando nuestros dedos a la vista de todos, no lo hizo para las cámaras. Lo hizo por él. Y por mí.
Los murmullos estallaron a nuestro alrededor, como siempre, pero esta vez el juego se sentía peligrosamente real.
Al final del pasillo, la silueta rígida de Amanda Foster nos esperaba junto a su casillero. Tenía los brazos cruzados y una expresión de furia tan fría que me heló la sangre. Ya no miraba con la superioridad de antes, cuando creía que yo era solo un juguete temporal; nos miraba con la sospecha y el veneno de quien se ha dado cuenta de que la química entre nosotros había dejado de ser una actuación.
A la hora del almuerzo, la cafetería era un caos de bandejas ruidosas y risas. Decidimos sentarnos en una de las mesas grandes del centro, compartiendo el espacio de forma casi caótica con nuestros amigos. A un lado estaban Hanna y Nina, y al otro, los chicos del equipo de fútbol.
Era una escena extrañamente normal, hasta que John, uno de los mejores amigos de Aiden, dejó caer la cabeza de golpe sobre la mesa con un gemido dramático, interrumpiendo la conversación sobre las tácticas del torneo.
—No puedo más, de verdad se los digo. Estoy colapsando —lloriqueó John, arrastrando las palabras con una agonía completamente fingida mientras miraba de reojo a Hanna, que estaba sentada frente a él concentrada en su teléfono—. Llevo tres semanas intentando que me preste atención y me trata como si fuera parte del paisaje de Hamilton High.
Hanna ni siquiera levantó la vista, pero una sonrisa burlona se dibujó en la comisura de sus labios.
John se enderezó de un salto, juntó las manos en forma de súplica y nos miró fijamente a Aiden y a mí con los ojos muy abiertos.
—Por favor, se los ruego —pidió en un grito ahogado, gesticulando de forma exagerada—. Ustedes dos son los expertos en el amor ahora. Mírense, son la maldita pareja del año. Valentina, dale un manual de instrucciones sobre cómo conquistarlas. Aiden, hermano, dile algo, intercede por mí. ¡Es una emergencia nacional!
La mesa estalló en carcajadas. Nina soltó una risotada limpia y uno de los defensas del equipo le dio una palmada en la espalda a John, burlándose de su falta de dignidad. Hanna finalmente bloqueó su celular, rodando los ojos con diversión pero con las mejillas ligeramente encendidas.
Yo también me reí, pero disimular que el corazón me iba a mil por hora era cada vez más difícil. Porque mientras todos se burlaban del drama de John, debajo de la mesa —lejos de las miradas de los estudiantes y de nuestros propios amigos— la mano grande y tibia de Aiden volvió a buscar la mía. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una firmeza posesiva que me cortó la respiración, y su pulgar comenzó a acariciar el dorso de mi mano con una lentitud exasperante.
—¿Vas a comerte eso, Martínez? —preguntó Aiden en voz alta, señalando con la barbilla la mitad de mi sándwich para mantener la farsa y desviar la atención de la mesa.
—Todo tuyo, Callahan —respondí, intentando que mi voz sonara casual mientras su tacto oculto me quemaba la piel.
La burbuja se rompió por completo al salir de la última clase. Amanda nos cruzó en el pasillo central, dedicándome una sonrisa cargada de un triunfo silencioso al notar la complicidad que cargábamos.
—Disfruta el paseo en el Jeep mientras puedas, Valentina —murmuró al pasar por mi lado, con una voz tan baja que solo yo pude escucharla.
Intenté ignorarla, pero la advertencia real llegó apenas unos minutos después, cuando la voz del megáfono del pasillo hizo que me congelara: “Se solicita a la estudiante Valentina Martínez presentarse de inmediato en la dirección”.
Caminé hacia la oficina principal con las manos heladas. Cuando entré, el director Harris estaba sentado detrás de su escritorio de caoba, con mi expediente abierto.
—Toma asiento, Valentina —dijo, señalando la silla frente a él con una sonrisa cálida que alivió un poco mi tensión. Me senté, apretando la mochila contra mis piernas. El director Harris sacó un documento sellado de la carpeta y me lo tendió—. Quería darte esto en persona. Tengo todo listo para presentar el pedido formal de tu beca universitaria. Tus ensayos son perfectos y tus calificaciones impecables. Martínez, estoy muy seguro de que vas a obtenerla. Te la ganaste.
Solté un suspiro de alivio, sintiendo que un peso enorme se me quitaba de encima.
Editado: 07.07.2026