Aiden avanzaba por el centro de la pista como un depredador que fijaba su objetivo. La masa de estudiantes se abría a su paso casi por instinto, pero él no registraba a nadie más. Tenía los ojos grises oscurecidos, fijos en mí, y esa línea rígida en la mandíbula que delataba que había llegado a su límite.
El corazón me dio un vuelco salvaje. El aire en mis pulmones se volvió denso. Justo cuando estuvo a un paso de distancia, dispuesto a atraparme de la cintura frente a todo Hamilton High, la música electrónica se cortó de golpe y las luces de la sala se encendieron, cegándonos a todos.
—¡La policía! —gritó alguien desde la entrada—. ¡Apaguen todo, que viene la policía!
El caos se desató en un segundo. La burbuja de tensión que nos envolvía a Aiden y a mí se rompió con el tropel de adolescentes corriendo hacia las salidas. Hanna y Nina me tomaron de las manos, arrastrándome hacia la puerta trasera antes de que pudiera procesar la mirada de frustración pura que cruzó el rostro de Aiden.
No volvimos a hablar esa noche. No cruzamos una sola palabra en todo el viaje de regreso.
El verdadero problema empezó el lunes por la mañana.
Pasé todo el fin de semana sin dormir, con los labios todavía escociéndome por el recuerdo de su boca y las manos temblorosas de solo pensar en la desesperación con la que me había sujetado contra la pared de ese armario. Me daba pánico lo que había sentido. Me daba pánico haber olvidado las reglas, la beca, la realidad. Me había asustado de mi propia vulnerabilidad.
Lo encontré en nuestro rincón del pasillo de los laboratorios antes de la primera campana. Aiden estaba apoyado contra los casilleros, con las manos metidas en los bolsillos y la campera del equipo puesta. Al verme llegar, sus ojos brillaron con esa misma intensidad de la fiesta, pero yo me obligué a congelar mis facciones. Dejé caer mi coraza de hielo antes de que él pudiera notar que por dentro era un desastre.
—Valentina —murmuró, dando un paso al frente. Su voz sonaba cargada, expectante.
—Tenemos que hablar de lo que pasó en la fiesta, Callahan —lo interrumpí, usando su apellido como una pared de concreto entre los dos.
Aiden se detuvo en seco. Sus cejas se juntaron ligeramente.
—¿De lo del armario? —preguntó, bajando la voz.
—Sí. Quería asegurarme de que estemos en la misma página —mentí, sosteniéndole la mirada con un esfuerzo sobrehumano—. Fue una jugada excelente. Amanda nos estaba acorralando frente a todos y la botella jugaba en nuestra contra. Si no hubiéramos entrado ahí y actuado de esa manera, todo el instituto se habría dado cuenta de que lo nuestro es falso.
Aiden se quedó completamente inmóvil. Vi cómo tragaba saliva y cómo la calidez de sus ojos grises se transformaba lentamente en una capa de hielo picado. La sorpresa en su rostro dio paso a una rigidez absoluta.
—¿Actuado? —repitió, con una voz tan baja y fría que me erizó la piel.
—Claro —continuó, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi abrigo para que no viera cómo me temblaban los dedos—. Nos salió natural porque nos comprometimos a que el contrato fuera creíble. Así que... gracias por salvar la situación. Hiciste que todos se lo tragaran. Hay que seguir fingiendo así de bien si queremos que esto funcione.
El silencio que siguió fue asfixiante. Aiden me barrió con la mirada, buscando alguna grieta en mi máscara, pero me mantuve firme. El orgullo y el miedo a salir lastimada eran mis mejores armas.
Finalmente, Aiden soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de gracia, y enderezó la espalda, recuperando esa postura altiva e imponente del mariscal de campo estrella.
—Tienes razón, Valentina —sentenció, y su tono fue un golpe directo debajo de mis costillas—. Solo fue parte del trato. No te preocupes, la próxima vez me aseguraré de actuar aún mejor para que no queden dudas.
Dio media vuelta y se alejó por el pasillo sin mirar atrás. Me quedé apoyada contra el casillero, respirando el aire frío que había dejado a su paso, sabiendo que habíamos levantado un muro insalvable. Nos habíamos asustado tanto de lo real que se había sentido ese beso, que habíamos preferido refugiarnos en la seguridad de nuestra gran mentira.
Editado: 17.06.2026