Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 30: Medianoche en el Sunset POV AIDEN

El reloj de neón sobre la barra marcaba las once de la noche en punto cuando empujé la puerta de vidrio. La campana de la entrada sonó con un tintineo débil que ya se había convertido en mi sonido favorito del día.

No necesitó levantar la vista de las cafeteras para saber que era yo.

—Llegas tarde, Callahan —murmuró Valentina, pasándole un trapo limpio a la superficie de la barra—. Pensé que el mariscal de campo estrella tenía un toque de queda más estricto.

Solté una risa corta, dejando caer mi enorme bolso de entrenamiento en el suelo. Me senté en el taburete del fondo, el mismo que ocupaba cada noche desde que esto había empezado a salirse de control. Llevaba el buzo gris del equipo y el cabello todavía un poco húmedo por la ducha del vestuario.

—Había tráfico en la carretera principal, Martínez. Además, sabes que no me perdería por nada del mundo tu café quemado —provoqué, mirándola fijamente.

Ella rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa delató que le gustaba tenerme ahí.

Nunca pedía nada a esa hora. No lo necesitaba. Me limitaba a abrir mis cuadernos universitarios sobre la barra de formica y a quedarme ahí, usándola como mi cable a tierra silencioso mientras ella terminaba de reponer los saleros y limpiar las mesas vacías. El Sunset Diner a esas horas era el único lugar en todo el estado donde el apellido Callahan no significaba absolutamente nada. Aquí nadie me pedía ganar un campeonato ni ser el heredero perfecto; aquí solo era Aiden.

Casi a la medianoche, el local quedó completamente desierto. El silencio se volvió espeso, pero extrañamente cómodo. Valentina dejó el trapo a un lado y se apoyó contra la barra, justo frente a mí, cruzándose de brazos.

—¿Qué estudias con tanta concentración? —preguntó, señalando con la barbilla el cuaderno donde yo llevaba minutos escribir de forma frenética—. Pensé que tu padre ya te había hecho memorizar todo el plan de estudios de leyes para Harvard.

Me quedé congelado en el sitio. El bolígrafo se me resbaló de los dedos y cayó sobre la barra con un golpe seco.

Me pasé una mano por la nuca, desordenándome el cabello, sintiendo que la maldita máscara de chico invulnerable me pesaba más que nunca. Miré a Valentina. Sus ojos marrones me observaban con una mezcla de curiosidad y una intuición tan afilada que me desarmó por completo. Si iba a ser sincero con alguien en esta vida, tenía que ser con ella.

—No es Derecho, Val —susurré, y mi propia voz me sonó extraña, despojada de cualquier rastro de arrogancia.

—¿No? —arqueó una ceja, extrañada—. Pero si el pueblo entero habla de que vas a ser el próximo gran abogado de la familia...

—Odio las leyes, Valentina —la interrumpí con suavidad, pero con una amargura que me quemó la garganta.

Giré el cuaderno por la mitad y se lo deslicé sobre la barra. Sentí un vuelco en el estómago, como si me estuviera desnudando frente a ella. En las hojas no había códigos civiles ni leyes comerciales. Había poemas, análisis de textos clásicos y párrafos enteros escritos a mano durante mis noches de insomnio.

—Odio la idea de pasarme la vida en un tribunal defendiendo las empresas de mi padre. Mi sueño... mi verdadero sueño, es estudiar Literatura.

Valentina se quedó en silencio, recorriendo las páginas escritas con una delicadeza que me cortó la respiración.

Sentí un nudo en el pecho mientras esperaba su reacción. Estaba acostumbrado a que el mundo viera mis notas como un boleto de oro para el éxito corporativo, no como el refugio de un chico que se estaba ahogando en las expectativas de su casa.

De repente, Valentina dejó de mirar el cuaderno. Estiró su mano a través de la barra y la puso sobre la mía, deteniendo el temblor imperceptible de mis dedos. Su tacto estaba tibio y jodidamente suave.

—Vas a ser el mejor escritor que este estúpido estado haya visto jamás, Aiden —me dijo, mirándome directo a los ojos, sin una sola pizca de duda en su voz—. Y cuando publiques tu primer libro, voy a ser la primera en la fila para que me lo firmes. Aunque sea de literatura aburrida.

Sentí un impacto directo en el centro del pecho, como si me hubiera devuelto el aire que mi padre me quitaba cada mañana. La comisura de mis labios se elevó en una sonrisa pequeña, vulnerable. Giré mi mano debajo de la suya, entrelazando nuestros dedos con una lentitud exasperante, negándome a soltarla.

La miré bajo la luz mortecina del diner.

Tenía una mancha de café en el delantal, el cabello recogido en un moño desordenado que dejaba ver unos mechones sueltos en su cuello y los ojos brillando con una honestidad que no existía en mi mundo de cristal. Ella creía en mí. No en el mariscal de campo estrella, no en el heredero de Thomas Callahan. Creía en el chico cansado que escribía poesía a escondidas en la madrugada.

Y fue ahí, mientras el neón parpadeaba afuera y su mano sostenía la mía sobre la barra barata, que me cayó el balde de agua fría.

Maldición.

Se me cortó la respiración por completo. El rompecabezas se armó en mi cabeza con una claridad destructiva, dolorosa y definitiva. De pronto entendí que esto no había empezado con el maldito contrato, ni con las cláusulas, ni con el trato para limpiar mi expediente. Esto venía de mucho antes.




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