Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 19: El juego de las verdades

Hamilton High tenía ojos en cada pasillo, y los portones de la mansión Callahan se sentían como una prisión de máxima seguridad. Por eso, cuando la última campana del viernes sonó, Aiden no me dejó en mi casa. Manejó en silencio hacia las afueras del pueblo, subiendo por un camino de tierra bordeado de pinos altos hasta que el Jeep se detuvo en el mirador del lago Blackwood.

El cielo estaba gris, el aire olía a tierra mojada y, lo mejor de todo, no había absolutamente nadie. Estábamos solos.

Habíamos parado en un autoservicio en el camino y el olor a papas fritas inundaba el auto. Nos trepamos al capó del Jeep, apoyando las espaldas contra el parabrisas. El metal del auto todavía conservaba el calor del motor, protegiéndonos del viento fresco. Nos sentamos con las piernas cruzadas, compartiendo las hamburguesas más baratas y grasientas del condado como si fueran un banquete de cinco estrellas.

—Oye, despacio —se burló Aiden, mirándome con una diversión brillante en sus ojos grises—. Nadie te va a robar la comida, Martínez.

—Tengo un turno largo en el diner por delante, Callahan. Necesito recuperar energías —protesté con la boca medio llena, haciéndolo reír.

Terminé mi hamburguesa, me limpié los dedos con una servilleta de papel y me giré hacia él, apoyando el mentón en mis rodillas. La complicidad entre los dos flotaba en el aire, pero todavía sentía que había un muro invisible que debíamos terminar de romper.

—Juguemos a algo —propuse de golpe, mirándolo de reojo.

Aiden arqueó una ceja, dándole el último mordisco a su comida.

—¿A qué? Espero que no sea nada que involucre correr, porque hoy el entrenador nos destruyó las piernas.

—No, flojo —le di un empujón suave con el hombro—. Un juego para conocernos mejor. Cinco preguntas cada uno. Cosas que nadie más sepa. Empiezo yo...

—Paso —me interrumpió Aiden.

Antes de que pudiera protestar, dejó la bolsa de papel a un lado y, con un movimiento lento y felino, se arrastró por el capó hasta quedar a centímetros de mí. Se acomodó entre mis piernas abiertas, obligándome a apoyar la espalda por completo contra el parabrisas del Jeep. Su imponente cuerpo bloqueó el paisaje, el viento y cualquier pizca de aire frío.

—No necesito jugar a nada, Val. Yo ya te conozco —murmuró, bajando el tono de voz a un susurro rústico que me erizó la piel.

Solté una risa nerviosa, intentando mantener los brazos cruzados para que no notara el temblor de mis manos.

—¿Ah, sí? Callahan, llevamos semanas fingiendo esto. Solo conoces lo que dice mi expediente. No sabes nada de mí.

—Te apuesto lo que quieras a que sé más de lo que tu propio espejo nota —provocó. Su mirada bajó un segundo a mis labios antes de volver a chocar con mis ojos—. Demuéstramelo, Martínez. Dime que me equivoco.

Se inclinó un poco más. Su mano grande subió despacio y su pulgar se posó con una suavidad increíble justo en el centro de mi labio inferior, tirando de él hacia abajo con delicadeza.

—Sé que te muerdes el interior de la mejilla derecha cada vez que estás nerviosa —comenzó, y sus ojos grises brillaron con una fijeza letal mientras su pulgar delineaba mi labio—. Pero también sé que parpadeas el doble de rápido cuando intentas ocultar que un comentario te dolió.

La respiración se me atoró en la garganta. Su tacto quemaba. Aiden deslizó su mano desde mi boca hacia mi cuello, rodeándolo con una ternura posesiva que me cortó el aliento por completo.

—Sé que cuando estás realmente cansada en el instituto, arrastras apenas el pie izquierdo al caminar por los pasillos —continuó, su voz bajando un octavo, volviéndose más ronca—. Y sé que sostienes el lápiz con tanta fuerza cuando estudias que te dejas una marca roja en el dedo medio que te dura horas. Sé cómo cambia tu risa, Val. Tienes una bien educada para los idiotas del diner, pero cuando estás feliz de verdad, arrugas la nariz y sueltas un suspiro bajito.

Me quedé congelada, completamente desarmada bajo su cuerpo. Esos detalles eran ridículamente íntimos. Nadie en el maldito pueblo me miraba lo suficiente como para notar eso. Nadie excepto él.

—Eso... eso no es justo —atiné a balbucear, sintiendo el pulso desbocado latiéndome en la garganta, justo bajo sus dedos.

Aiden negó despacio con la cabeza. Su mano libre subió hacia mi rostro, atrapando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja, y se inclinó hasta que su aliento cálido rozó mi mejilla.

—¿Quieres saber qué más sé? —susurró contra mi piel, haciéndome temblar—. Sé que el contrato de falsos novios nunca fue una obligación para mí. Llevo meses buscándote con la mirada en los pasillos, deseando una excusa para hablarte. El maldito trato solo fue la salida más desesperada que encontré para poder tenerte así de cerca sin que nadie sospechara lo mucho que ya me importabas.

Las palabras murieron en mis labios. El mariscal de campo estrella, el chico inalcanzable, me estaba confesando que yo había sido su objetivo mucho antes de que todo este caos empezara. Me miraba con una devoción tan transparente, tan hambrienta y real, que me llenó el pecho de un calor abrumador.

Aiden no esperó. Al ver la absoluta rendición en mis ojos, acortó la distancia y me besó.




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