Los siguientes cuatro días pasaron volando, pero fueron una locura de lindos. En el instituto nos seguíamos mostrando juntos frente a todos, porque bueno, para eso era el maldito contrato. La diferencia era que ahora ya no teníamos que ensayar las sonrisas ni actuar cuando estábamos cerca. Cuando Aiden me pasaba el brazo por los hombros en los pasillos o cuando me agarraba la mano en el almuerzo, la gente veía lo mismo de siempre, pero nosotros sabíamos que cada roce era jodidamente real. Ya no estábamos fingiendo y eso nos cambiaba todo.
Pero lo mejor venía cuando las luces del instituto se apagaban y el pueblo se iba a dormir.
Eran las dos de la mañana del sábado cuando terminé mi turno en el diner. Como ya se había vuelto costumbre estos días, Aiden me estaba esperando afuera en el Jeep. Manejó despacio por las calles vacías, con su mano grande apretando la mía sobre la consola del auto para quitarme el frío. Cuando estacionó frente a mi casa, vi que todo estaba a oscuras.
—Mi mamá hace el turno doble en el hospital hoy —le dije, buscando las llaves en la mochila—. No vuelve hasta el mediodía.
Aiden levantó una ceja y me miró con esa sonrisa de lado, canchera, que me ponía a temblar.
—¿Me estás haciendo entrar en secreto, Martínez? Qué peligrosa.
—Cállate y bajate del auto, Callahan —me reí, abriendo la puerta.
Él me siguió sin dudarlo. Cruzamos la puerta principal y subimos las escaleras, disfrutando de la sensación extraña pero hermosa de tener la casa entera para nosotros solos. Mi habitación era chica y simple; no tenía nada que ver con los lujos de su mansión, pero era cálida y, sobre todo, segura.
Tenía un examen final de Literatura el lunes y la cabeza me iba a estallar del estrés. Agarré un pantalón de pijama cómodo, fui al baño a cambiarme para sacarme los jeans y, cuando volví al cuarto, Aiden hizo algo que me derritió: se había sacado las zapatillas y estaba tirado a lo largo en mi cama, apoyando la cabeza en mis almohadas como si viviera ahí desde siempre.
—A ver, dame acá —dijo, estirando el brazo para sacarme los apuntes—. Te voy a tomar la lección.
—¿Tú? —lo miré con ironía—. Por si no lo recuerdas, el que va a la universidad por jugar al fútbol eres tú, Callahan. No por los libros.
—Tengo mis secretos, Val. Venga, pregunta uno: ¿qué es eso del romanticismo oscuro?
Me pasé las siguientes dos horas respondiendo todo lo que me preguntaba. Y lo increíble fue que no se aburrió ni un segundo. Me escuchaba con una atención total, mirándome fijo mientras yo hablaba y pasaba las hojas despacio. Cada vez que yo me entusiasmaba explicando algo, él me miraba con una cara de orgullo y de bobo enamorado que me hacía perder el hilo de lo que estaba diciendo. Le encantaba ver que fuera inteligente, y descubrir que el chico popular del instituto estaba fascinado con mi cerebro era la cosa más sexy del mundo.
—Bueno, Martínez. Nota perfecta. Te ganaste un premio —dijo cerca de las cuatro de la mañana, cerrando el cuaderno.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Este.
No me dio tiempo a reaccionar. Aiden agarró una de mis almohadas y me la pegó despacio en la cara, desordenándome todo el pelo.
—¡Oye! —le grité, tentada de la risa.
—Muy lenta, Martínez. Defiéndete.
Ahí se armó una guerra total en la cama. Nos empezamos a dar con las almohadas, riéndonos a carcajadas sin preocuparnos por nada. Aunque él me doblaba el tamaño, se movía con un cuidado tremendo para no lastimarme y se dejaba ganar para hacerme reír. Terminamos los dos enredados entre las mantas, cansados, y nos caímos de golpe contra el colchón, respirando agitados y con las frentes pegadas.
Las risas se foram apagando despacio y el aire entre los dos se volvió espeso, caliente.
La mirada de Aiden bajó directo a mis labios. Ya no estábamos jugando. Estábamos tan cerca que sentía los latidos de su corazón golpeando contra mis propias costillas. Su mano grande subió por mi cuello, hundiéndose en mi pelo, y me arrastró hacia él para besarme.
Fue un beso desesperado, de esos que te hacen perder el sentido de dónde estás. Aiden soltó un gruñido bajito que me vibró directo en la boca y se giró, quedando medio cuerpo encima del mío, atrapándome contra el colchón. No podíamos parar de tocarnos. Mis manos se metieron debajo de su buzo gris, buscando la piel ardiente de su espalda, mientras sus labios bajaban por mi mandíbula hasta mi cuello, dejándome sin aliento. Su mano libre bajó por mi cintura, apretándome contra él con una posesividad que me hizo arquear la espalda. Cada roce quemaba, cada caricia se sentía el doble de intensa porque estábamos solos, protegidos por las cuatro paredes de mi cuarto.
Nos besamos una y otra vez, perdiendo la noción del tiempo, jadeando entre cada roce, devorándonos con esa urgencia que solo se tiene a los diecisiete años cuando estás perdidamente enamorado.
Cuando finalmente paramos por falta de aire, Aiden apoyó la frente en mi hombro, intentando calmar su respiración desbocada. Dejó un último beso tierno en mi clavícula y se acomodó a mi lado, pasándome el brazo por la cintura para pegarme a su pecho por la espalda, atrapándome en un abrazo abrigado. Sus manos grandes se entrelazaron sobre mi estómago y escondió la cara en mi cuello, soltando un suspiro largo.
—Eres increíble, Val —murmuró contra mi piel, con esa voz ronca que me hacía cosquillas—. En serio. Eres la persona más fuerte que conozco. Sé que vas a lograr todo lo que quieras. La universidad, irte de este pueblo... todo te va a quedar chico.
Me reí bajito en la oscuridad, todavía con los labios hinchados y el pulso temblando por los besos, intentando darme la vuelta para mirarlo, pero me tenía bien agarrada.
—¿A qué viene tanto halago ahora, Callahan? —le pregunté con tono de broma—. ¿Te estás volviendo tierno conmigo o qué?
—No te acostumbres, Martínez —respondió enseguida, y sentí sus labios rozarme el cuello porque estaba sonriendo—. Es para que me tengas lástima y me dejes ganar la próxima pelea de almohadas. Pegas duro para ser tan chica.
Editado: 07.07.2026