Tener de novio al chico más popular del instituto es un dolor de cabeza, sobre todo porque pasas de ser invisible a que todo el mundo te mire el doble de lo normal. El lunes a tercera hora estaba peleando con la puerta de mi casillero, que para variar se había vuelto a trabar, cuando sentí un olor a limpio que ya conocía de memoria. Me giré y ahí estaba Aiden, apoyado contra los casilleros de metal con su campera del equipo puesta y esa sonrisa de lado que me daba vuelta el mundo.
—Hola, Martínez —dijo, y antes de que pudiera responder, se inclinó y me dio un beso rápido en la boca. Cortito, pero me dejó con el corazón latiendo apurado.
—Hola, Callahan —le sonreí, logrando cerrar el casillero de un golpe—. ¿No deberías estar corriendo en la cancha?
—Nos dieron diez minutos libres. Vine a ver si no te moriste en el examen de Literatura.
Le clavé una mirada divertida, acordándome de lo bien que la habíamos pasado el fin de semana en mi cuarto.
—Me saqué un diez, genio. Se nota que el profesor que me tomó la lección el viernes a la madrugada sabía lo que hacía.
Aiden soltó una risa limpia, de esas que no usaba con cualquiera, y me despeinó un poco el flequillo con la mano.
—Te lo dije. Eres demasiado inteligente para este lugar.
—¡Búsquense una habitación, par de pesados! —gritó Hanna, apareciendo por el pasillo con un vaso de café y una sonrisa gigante.
Aiden no se alejó. Al contrario, me pasó el brazo por los hombros de lo más natural y me pegó a su costado mientras saludaba a mi amiga con la cabeza. Al principio Hanna le tenía pánico por ser el mariscal de campo, pero ahora ya lo trataba como a uno más.
—Déjalos, Hanna, están en la etapa donde dan asco —se burló Mason, el mejor amigo de Aiden, que venía detrás con una pelota de fútbol americano bajo el brazo—. Callahan lleva toda la mañana colgado en el entrenamiento. El entrenador le metió un grito que casi lo saca de la cancha porque no vio venir un pase directo.
—Qué mentiroso eres —gruñó Aiden, y me di cuenta de que se le pusieron las orejas rojas, lo que me dio más risa todavía.
—¿Qué mentira? Si tienes una cara de bobo que no te la quita nadie —insistió Mason, dándome un toque amistoso en el hombro—. Hola, Val. Qué paciencia le tienes a este cavernícola.
—Hago lo que puedo, Mason —le seguí el juego.
Aiden miró la mano de Mason en mi hombro y, sin decir nada, me apretó un poco más contra su cuerpo, marcando territorio. Mason solo rodó los ojos, divertido.
A la hora del almuerzo la farsa se puso más rara. Normalmente yo comía con Hanna y Nina en una mesa arrinconada al fondo de la cafetería para que nadie nos molestara. Pero ese día, Aiden me agarró de la mano en la entrada y nos llevó directo a la mesa del centro. Sí, la mesa donde se sentaban los atletas y las porristas.
Sentarme ahí me dio una patada en el estómago, sobre todo porque Amanda estaba a unas pocas sillas de distancia y me miraba como si quisiera matarme ahí mismo. Pero a Aiden le dio exactamente lo mismo. Se sentó a mi lado, tiró su campera en el respaldo de mi silla y me miró.
—¿Quieres la mitad de mi sándwich? —me preguntó, partiéndolo al medio sin prestarle atención a los murmullos de la gente.
—Callahan, vas a entrenar en dos horas, cómetelo tú.
—Come, Martínez, que no desayunaste nada.
Hanna y Nina se sentaron enfrente. Hanna trataba de disimular mirando el teléfono, pero a Nina se le notaba en la cara que estaba alucinando por estar en la mesa de los populares; me miraba de reojo con los ojos abiertos como platos, como pidiéndome explicaciones. Por suerte, Mason y los otros chicos del equipo se sentaron al lado y empezaron a hablar de videojuegos y tonterías, haciendo que el ambiente se relajara un poco. Me di cuenta de que, abajo de esas camperas caras de deportistas, los amigos de Aiden eran solo unos chicos normales que hacían chistes malísimos.
En un momento, uno de los defensas habló de una fiesta que hacían el próximo viernes.
—Vas a ir, ¿no, hermano? Thomas va a llevar música.
Aiden me miró de reojo antes de contestar, esperando a ver qué hacía yo.
—Si Val quiere ir, vamos —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo que sus planes ahora dependían de mí.
Toda la mesa se quedó callada un segundo. Hanna casi se ahoga con el jugo y Nina me pateó despacio por abajo de la mesa con una sonrisa de "no te la puedo creer". Amanda soltó un bufido ruidoso, agarró su bandeja y se levantó de la mesa de un golpe, arrastrando la silla con rabia antes de irse. Nadie dijo nada, pero Mason se tentó de la risa.
Yo miré a Aiden por abajo de la mesa y le apreté la rodilla. Él me buscó la mano por abajo del banco, entrelazó nuestros dedos y me dio un apretón suave.
Ya no importaba el comedor lleno de gente mirando, ni los comentarios de las porristas, ni las miradas de odio de su ex. Ver cómo Aiden me metía en su mundo con tanta tranquilidad, sin dudar ni un segundo, me hizo entender que lo nuestro ya no era un secreto que protegíamos entre cuatro paredes. Se sentía real, se sentía común, y por primera vez en mi vida, el instituto no me pareció un lugar tan horrible.
Editado: 07.07.2026