Si por mí fuera, me habría quedado en mi cama comiendo cualquier porquería y viendo una serie, pero Hanna y Nina llevaban tres días insistiéndome con la fiesta de Thomas. Para colmo, Aiden me lo había pedido mirándome con esos ojos grises que hacían que me olvidara de cómo se decía la palabra "no". Así que ahí estaba, entrando a una casa que ya apestaba a cerveza barata y música demasiado fuerte.
—Estás hermosa, Val, en serio —me dijo Nina al oído, acomodándome el cuello del abrigo para que me soltara un poco.
Hanna ya se había metido entre la gente a bailar y Nina no tardó en irse para la cocina a buscar algo de tomar. Me quedé parada cerca de la puerta, sintiéndome la chica más fuera de lugar del mundo, hasta que sentí unas manos grandes y conocidas agarrándome despacio por la cintura desde atrás.
Me pegué a su pecho antes de darme la vuelta. Ya me conocía ese olor a limpio de memoria.
—Viniste —me dijo Aiden al oído. Su voz ronca casi ni se escuchaba por los parlantes.
Me giré entre sus brazos y me encontré con esa sonrisa canchera que me daba vuelta el mundo. Llevaba una remera negra que le quedaba ridículamente bien.
—Te dije que lo iba a intentar, Callahan —le sonreí, pasándole los brazos por el cuello mientras él me pegaba más a su cuerpo, sin importarle que todo el instituto estuviera mirándonos en medio del living.
—Qué bueno, Martínez, porque te extrañé todo el día —dijo, y me besó.
No fue un beso rápido para cumplir. Fue un beso largo, de esos que te hacen olvidarte de que tienes a cincuenta personas gritando y tomando alrededor. Nos quedamos un buen rato así, moviéndonos un poco con la música, tomando algo de un vaso rojo y dándonos besos cada dos minutos como si estuviéramos solos. En serio, metida en su burbuja, la fiesta no me parecía tan mala idea.
Hasta que me dieron ganas de ir al baño.
—No tardo nada —le dije, dándole un último pico.
—Te espero acá mismo —me guiñó un ojo.
Caminé entre la gente como pude y me metí al baño del pasillo. Me miré al espejo, todavía con los labios hinchados y una sonrisa que no me entra en la cara. Pero la alegría me duró dos segundos. La puerta se abrió de golpe y Amanda entró con sus dos amigas porristas, cerrando con llave detrás de ella.
El baño se volvió re chico de golpe.
—Miren quién salió de su cueva —soltó Amanda, cruzándose de brazos y mirándome de arriba abajo con cara de asco—. La mesera jugando a ser la reina de la noche.
Me di la vuelta despacio, apoyando las manos en el borde del lavamanos. En vez de achicarme, sostuve la mirada. Trabajar atendiendo mesas me había dado una paciencia de titanio, pero también me había enseñado a no dejar que nadie me pasara por encima.
—¿Te da el presupuesto para comprar un guion nuevo, Amanda? —le respondi, mirándola con total tranquilidad—. Porque el insulto de la mesera ya aburre. Si no vas a usar el baño, muévete, que tengo mejores cosas que hacer afuera.
Intenté caminar hacia la salida, pero las otras dos porristas se le pararon al lado, tapándome el paso. Amanda dio un paso hacia mí, apretando los dientes, furiosa porque no me había quebrado.
—Solo tengo una duda, Martínez —siseó Amanda—. ¿Cuánto crees que te va a durar el jueguito con Aiden? ¿O es que ya consiguió lo único que busca de ti? Sé perfectamente cómo es Aiden Callahan en la cama. Es un fuego y te aseguro que no se conforma con besitos en el pasillo. Una chica como tú, que todavía tiene cara de virgen y que seguro no sabe ni qué hacer, le va a aburrir en dos días. En cuanto se meta en tus pantalones y vea lo aburrida que eres, va a volver conmigo.
Sentí una patada directa en el estómago. El tema de mi virginidad era algo que me sensibilizaba un montón, y pensar en ellos dos juntos me dio una rabia que me encendió la sangre. Pero me tragué el nudo en la garganta y di un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que quedamos cara a cara.
—A diferencia de ti, Amanda, Aiden pasa tiempo conmigo porque le gusta hablar conmigo, escucharme y estar en mi casa —le solté, con la voz firme, clavándole los ojos—. Si para retenerlo tú tenías que meterte en su cama, ese es tu problema, no el mío. A mí no me mide el valor lo que tengo o no entre las piernas, y a él tampoco. Así que bájale a tus celos, porque das bastante pena.
Amanda se quedó muda, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y la boca abierta, sin poder reaccionar. Sus amigas se miraron entre sí, incómodas, sin saber dónde meterse. Le había dado justo donde le dolía.
Sin darles tiempo a recuperarse, empujé a la porrista que me tapaba el paso con el hombro, saqué el pestillo de la puerta y salí al pasillo antes de que pudieran decir una sola palabra.
Caminé rápido de vuelta al living, todavía con el pulso a mil por hora por la adrenalina y la rabia. Intenté respirar hondo para que no se me notara en la cara, pero en cuanto llegué a la pista improvisada, unos ojos grises me encontraron de inmediato.
Aiden me estaba esperando exactamente en el mismo lugar. Al ver que me acercaba un poco agitada, su sonrisa desapareció y dio dos pasos largos hacia mí.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —me preguntó, agarrándome de los hombros y mirándome fijo, preocupado.
Editado: 07.07.2026