Odiaba verla callada. Durante el viaje de vuelta, después de dejar primero a Hanna y después a Nina en sus casas, el Jeep se quedó en un silencio que me ponía de los nervios. Val miraba por la ventana, apoyando la cabeza en el vidrio, y aunque me tenía la mano agarrada sobre la consola, la sentía lejísimos. Rara. Distante.
—¿Segura que estás bien, Martínez? —le pregunté por tercera vez, dándole un apretón suave en los dedos.
—Sí, Callahan, en serio. Solo estoy cansada —me dijo, regalándome una sonrisa de compromiso que no me convenció para nada.
No quise ponerme pesado ni insistir, porque sé que cuando se le mete algo en la cabeza se cierra como una persiana, pero no me quedé tranquilo. El comentario de Amanda en el baño le había pegado en algún lado y me carcomía la culpa por no haber estado ahí para pararle el carro a mi ex antes.
Cuando estacioné frente a su casa, apagué el motor y me giré en el asiento para mirarla. Lo único que iluminaba el auto era la luz de la calle de fondo y se veía hermosa, con el pelo un poco desordenado por el viento de la noche.
—Bueno, entregada en su casa, Martínez —le dije en voz baja, intentando romper el hielo.
—Gracias por traerme, Callahan —sonrió ella, esta vez un poco más real.
Se inclinó para darme un beso de despedida, pero en cuanto sus labios tocaron los míos, se me olvidó todo el misterio de los últimos veinte minutos. Le agarré la nuca con una mano, profundizando el beso, y ella me correspondió con una fuerza que me tomó por sorpresa. Nos empezamos a besar en serio ahí mismo, en la oscuridad del Jeep. El aire se puso caliente enseguida. Val se subió un poco en mi falda, rodeándome el cuello con las manos, y yo le bajé las mías a la cintura, apretándola contra mí mientras le mordía suavemente el labio inferior. La adrenalina de la fiesta seguía ahí y la temperatura estaba subiendo demasiado rápido.
Pero de golpe, Val paró. Apoyó las manos en mis hombros y se alejó un poco, respirando de forma entrecortada. Tenía los ojos fijos en los míos, brillantes, pero con una timidez que me congeló las manos en su cintura.
—Aiden... —murmuró, llamándome por mi nombre de pila, algo que solo hacía cuando la cosa iba en serio—. ¿Tú necesitas... pasar de fase con esto? ¿O algo así?
Me quedé helado en el asiento. No entendía nada.
—¿De qué hablas, Val?
—Es que... yo no estoy lista todavía para eso —soltó de corrido, bajando la mirada hacia mis manos en su cadera—. Y no quiero que te aburras o te canses de esperar.
La sorpresa me dio una patada en el pecho. Me separé un poco para poder mirarle bien la cara, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora. Pensé en los últimos meses, en cómo la había tocado o besado, buscando en mi cabeza si en algún momento me había pasado de la raya o la había presionado sin darme cuenta. Me asusté de verdad de haberla hecho sentir incómoda.
—Para un poco, Val —le dije, agarrándole la cara despacio con las dos manos para que me mirara de frente—. ¿De dónde sacaste eso? Juro que nunca quise apurarte con nada, ni siento que me haya desubicado contigo. Me encanta estar así, besarte y tocarte, pero jamás te pediría algo para lo que no estés lista. ¿Por qué me dices esto ahora?
Val tragó saliva, con las mejillas coloradas de la vergüenza, y se acomodó el pelo detrás de la oreja. Se nota que el tema la ponía súper sensible y me dolió verla así.
—Amanda me dijo en el baño que tú en la cama eras un fuego y que no te conformabas con besitos en el pasillo —confesó con un hilo de voz, sin mirarme a los ojos—. Dijo que una chica como yo, que todavía es virgen y no tiene idea de nada, te iba a aburrir en dos días y que ibas a volver con ella.
Escuchar las idioteces de mi ex mezcladas con la intimidad de Val me revolvió el estómago de la rabia. Quise volver a la fiesta a romper algo, pero ver a Val tan chiquita y vulnerable en mi asiento me hizo bajar un cambio. Ella me importaba mil veces más que cualquier estupidez que dijera la gente.
—Escúchame bien, Valentina —le dije, y la voz me tembló un poco por los nervios de que no me creyera—. Lo que haya pasado con Amanda quedó atrás hace siglos y no tiene nada que ver con lo que me pasa contigo. No te voy a mentir, me gustas un montón. Te deseo, Val. Me encantas, eres hermosa y me vuelvo loco cada vez que te tengo cerca o te beso.
Le acaricié la mejilla con el pulgar, intentando encontrar las palabras para explicarle lo que sentía, aunque me costara un poco soltarme.
—Pero esto es muy diferente, va por otro lado. Me gusta cómo piensas, me gusta reírme contigo, me gusta la paz que me das cuando todo en mi casa es un infierno. Me importas tú completa, no solo lo que podamos hacer adentro de una habitación. Así que sácate esa idea de la cabeza. No me vas a aburrir nunca, Val. Me gustas tú, en serio. Confía en mí, ¿quieres? Vamos a ir al ritmo que tú quieras, siempre. No tengo ningún apuro.
Val me miró un rato largo en silencio, analizándome los ojos como para estar segura de que no le estaba mintiendo. Poco a poco, vi cómo se le aflojaba la tensión de la espalda y soltaba un suspiro largo, aliviada. Una sonrisa chiquita y hermosa, de las de verdad, le asomó en los labios.
—Está bien, Callahan. Te creo —murmuró.
—Más te vale, Martínez —sonreí de lado, sintiendo que me volvía el alma al cuerpo, y le di un beso corto en la frente—. Ahora dale, vamos adentro antes de que me arrepienta y te deje a dormir acá conmigo en el auto.
Editado: 07.07.2026