Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 31: El viaje a la costa

Ocho horas metida en un autobús lleno de adolescentes gritando y con olor a papas fritas baratas era mi definición exacta de un infierno. El viaje escolar de fin de año al torneo de la costa era obligatorio, así que no me había quedado otra opción que armar un bolso chico y subirme con Hanna y Nina a las cinco de la mañana.

Por suerte, Hanna se había adueñado de los dos asientos de adelante junto a Nina para ir hablando con los chicos del equipo, lo que me dejó libre la fila del fondo para poder apoyar la cabeza contra la ventanilla e intentar dormir. El motor del autobús vibraba flojo, el ambiente estaba en penumbra y afuera todavía estaba completamente oscuro.

Estaba por cerrar los ojos cuando sentí que el asiento de al lado se hundía. Olía a limpio, a jabón y a menta.

—¿Te vas a pasar todo el viaje escondida acá atrás, Martínez? —la voz ronca y baja de Aiden me hizo sonreír antes de abrir los ojos.

Se estaba sentando a mi lado, estirando sus piernas larguísimas como podía en el espacio reducido del autobús. Llevaba puesto el buzo gris del equipo y una gorra negra con la visera hacia atrás.

—Estaba intentando dormir, Callahan —le responí en voz baja, mirándolo de reojo—. ¿Qué haces acá? Tus amigos te están buscando adelante para jugar a las cartas. Vi a Miller con el mazo en la mano hace diez minutos.

—Ya jugué tres partidos y les gané a todos. Me aburrí —sonrió de lado, sacando un cable enredado de su bolsillo—. Además, adelante hace un frío tremendo. Y aquí atrás la vista es mucho mejor.

No me dio tiempo a responder a su coquetería. Me pasó uno de los audífonos y conectó el cable a su teléfono. Empieza a sonar una canción lenta, de esas bandas indie que a él le gustaban y que yo ya estaba empezando a amar de tanto escucharlas juntos. Nos acomodamos en el asiento y, sin decir nada, Aiden estiró el brazo por detrás de mis hombros, pegándome despacio a su costado. Apoyé la cabeza en su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela.

A los pocos minutos, su mano bajó por mi brazo hasta encontrar la mía. Deslizó sus dedos entre los míos, entrelazándolos con una firmeza oculta bajo la sudadera que nos tapaba a los dos. Estar tomados de la mano en el fondo de ese autobús, mientras el resto del instituto cantaba tonterías adelante, se sentía como nuestro pequeño secreto a salvo.

El trayecto avanzó y el cansancio de madrugar nos pasó factura. Sentí que el peso de Aiden cambiaba y, para mi sorpresa, fue él quien dejó caer su cabeza pesada sobre mi hombro. Su pelo rozó mi cuello y su respiración se volvió lenta y acompasada. El gran mariscal de campo de Hamilton High estaba completamente dormido sobre mí. Me quedé inmóvil, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar, mirando cómo las primeras luces del amanecer empezaban a teñir la ruta de naranja a través del cristal. Se veía tan pacífico que me dolió el pecho de pura ternura.

—Vaya, vaya. Pero qué tierno es el sector VIP del autobús.

La voz burlona de Mason nos sobresaltó. Aiden abrió los ojos de golpe, incorporándose a medias con el cabello un poco revuelto, mientras Mason nos miraba desde el pasillo con una bolsa de panecillos en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

—Callahan, te estamos esperando para la revancha. Pero veo que encontraste una almohada de primera categoría —bromeó Mason, guiñándome un ojo—. No se acostumbren demasiado al romance, chicos, el entrenador está controlando las filas. Martínez, te la devuelveme a nuestro amigo.

Aiden le arrojó un paquete de pañuelos vacío que encontró en el asiento, haciéndolo reír mientras regresaba al frente. Nos reímos bajito, pero la burbuja se rompió por completo cuando el autobús paró en una estación de servicio a mitad de camino para estirar las piernas.

En cuanto nos bajamos a comprar algo de tomar, la realidad nos dio un golpe. Amanda y su séquito de porristas estaban cerca de las góndolas y no tardaron ni dos segundos en cruzarse en mi camino cuando fui hacia las heladeras.

—Vaya, miren a la invisible —soltó Amanda en voz alta, cruzándose de brazos para taparme el paso—. Parece que viajar en el fondo del autobús te sienta bien, Martínez. Total, ya estás acostumbrada a los lugares de segunda categoría, ¿no?

Las chicas que iban con ella se rieron bajito. Sentí que se me revolvía el estómago por la rabia, pero respiré hondo para no darle el gusto de verme afectada.

—Muévete, Amanda. Solo quiero agarrar un agua —le dije, manteniendo la voz tranquila y firme.

—¿Y si no quiero qué? ¿Vas a ir a llorarle al director? —se burló, dando un paso hacia delante con cara de mala leche.

Antes de que pudiera responderle y cerrarle la boca como se lo merecía, una figura enorme se paró justo detrás de mí. Aiden apoyó una mano firme y protectora en mi cintura y miró a Amanda desde arriba, con los ojos grises completamente serios y la mandíbula apretada.

—¿Tienen algún problema acá? —preguntó Aiden. Su voz no era alta, pero tenía un tono tan seco y gélido que congeló la risa de las porristas en un segundo.

Amanda cambió la cara enseguida, borrando su mueca de superioridad e intentando sonreír con una inocencia ensayada.

—Ay, Aiden, no pasa nada. Solo estábamos hablando con mi querida Valentina. No te pongas así, es una broma entre chicas.




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