Hamilton High había ganado el maldito partido en el último segundo gracias a un pase imposible de Aiden, y el complejo deportivo entero se había vuelto loco. Para la noche, la euforia seguía por las nubes. Los profesores habían dado permiso para armar una fogata gigante en la playa, y ahí estábamos todos, rodeados de música que salía de unos parlantes portátiles, gritos de festejo y el olor a humo mezclándose con el aire del mar.
Hanna y Nina no paraban de bailar y saltar alrededor del fuego con la mitad del instituto. Yo estaba sentada sobre un tronco caído, con un vaso de plástico en la mano, intentando sonreír y disimular las ganas tremendas que tenía de irme. Ya lo había felicitado a solas después de la adrenalina del último segundo, así que ahora Aiden disfrutaba de la celebración del otro lado de la fogata con los chicos del equipo. Mason cargaba a uno de los defensas en hombros y Aiden se reía, pero sabía que no estaba prestando atención de verdad.
Nuestras miradas se buscaban todo el tiempo entre las llamas. Cada vez que el fuego bajaba un poco, me encontraba con esos ojos grises fijos en mí, intensos, mandándome señales silenciosas que me hacían cosquillas en la panza.
O al menos así fue hasta que apareció el comité de bienvenida no solicitado.
Amanda llegó luciendo su perfecta cabellera rubia y se instaló justo enfrente de Aiden. Vi perfectamente en la penumbra cómo se inclinaba para hablarle al oído por el ruido de la música, y luego, con una naturalidad que me dio alergia, estiró la mano para acomodarle el cuello de su sudadera. Aiden dio medio paso hacia atrás, incómodo, pero Amanda se rió de algo y volvió a tocarle el brazo.
Apreté mi vaso de plástico, sintiendo un calorcito extraño en el pecho. No quería ser la típica novia de película que hace un drama, así que respiré hondo, miré al cielo y decidí que el aire marino ya me estaba dando dolor de cabeza. A eso de las doce, aproveché que Hanna se fue a buscar más de tomar para ponerme de pie. Le hice una seña rápida a Nina de que subía al cuarto y me alejé de la luz del fuego, hundiéndome en la oscuridad de la arena con pasos dignos y tranquilos.
No tuve que esperar ni dos minutos. A mitad del caminito de piedras que llevaba a la entrada trasera del hotel, una mano grande me agarró del brazo con suavidad y me arrastró hacia la sombra de una de las palmeras.
—Te tardaste, Martínez —murmuró Aiden contra mi oído, respirando un poco agitado, como si hubiera salido corriendo en cuanto me vio caminar.
Me giré despacio, mirándolo con mi mejor cara de inocencia y una sonrisa impecable.
—¿De qué hablas, Callahan? Yo solo venía disfrutando de la naturaleza nocturna. Aunque veo que tú también lograste escapar de tu club de fans. Pensé que te quedarías allá abajo recibiendo asesoría de vestuario.
Aiden parpadeó, mirándome fijamente en la oscuridad, y una sonrisa de lado, pícara y divertida, empezó a dibujarse en sus labios.
—¿Estás diciendo que la porrista me estaba acomodando mal la ropa? —provocó, dando un paso al frente para acortar la distancia.
—Para nada, soy una fiel defensora del servicio social —respondí, cruzándome de brazos con aire pensativo y divertido—. De hecho, me pareció un gesto muy solidario de su parte. El viento de la playa es traicionero, Aiden. Qué bueno que Amanda estuvo ahí para asegurarse de que tu cuello no sufriera una hipotermia. Casi le doy una medalla.
Aiden soltó una risa baja, ronca, que me retumbó en el pecho. Dio otro paso, atrapándome por completo contra el tronco de la palmera, y me tomó de la cintura con ambas manos.
—No tienes que darle ninguna medalla —susurró, inclinando la cabeza hasta que su aliento rozó mi mejilla—. Le dije que se quitara en cuanto se acercó. Estaba desesperado por salir corriendo detrás de ti, Martínez. ¿Te preocupó mucho el cuello de mi sudadera?
—Me preocupaba tu salud, solo eso —le sostuve la mirada, intentando mantener mi tono divertido, aunque el corazón ya me iba a mil por hora por tenerlo tan cerca.
—Tus amigas se van a quedar ahí abajo hasta que salga el sol, ¿no? —preguntó él, y su mirada se volvió un poco más oscura, perdiendo la burla en un segundo.
—Sí —le respondí, sosteniéndole la mirada con una sonrisa pequeña—. Nina me dijo que planeaban ver el amanecer en la playa. Tenemos el cuarto para nosotros solos.
Subimos por las escaleras de servicio para que ningún profesor nos viera en el ascensor. En cuanto metí la tarjeta en la cerradura del cuarto triple, entramos y la puerta se cerró a nuestras espaldas, dejándonos en una penumbra absoluta y en un silencio sepulcral.
Y ahí, de golpe, la frescura se me fue al diablo y me entraron todos los nervios del mundo. Una cosa era besarse en el auto con el tiempo en contra, y otra muy diferente era estar solos en una habitación de hotel, con las camas vacías y la noche entera por delante. Me quedé parada cerca de la entrada, frotándome los brazos por el frío del aire acondicionado.
Aiden no tardó en notar el cambio. Soltó su gorra en el piso, se sacó las zapatillas dejándolas a un costado y se acercó despacio, con pasos suaves. No me acorraló; simplemente se colocó detrás de mí, me rodeó la cintura con los brazos por la espalda y apoyó la barbilla en mi hombro.
—¿Estás bien, Val? Estás temblando —susurró, y su voz profunda me dio un vuelco en el estómago.
Editado: 07.07.2026