Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 33: El amanecer en la costa POV AIDEN

Abrí los ojos de golpe en la penumbra, desorientado. Lo primero que registré fue el peso cálido en mi pecho y un aroma dulce a vainilla que no tenía nada que ver con el olor a encierro y humedad del cuarto que compartía con los chicos del equipo.

Miré hacia abajo y el corazón me dio un vuelco violento. Valentina dormía profundamente abrazada a mí, con la cara escondida en el hueco de mi cuello y una mano firmemente prendida de la tela de mi camiseta, como si temiera que me escapara en mitad de la noche. Tenía el cabello completamente alborotado sobre la almohada y respiraba bajito, con una paz que nunca antes le había visto en el instituto.

Giré la cabeza con un cuidado milimétrico hacia la mesa de noche para no moverla. El maldito reloj digital parpadeaba en verde: 5:20 a.m.

Se me cortó el aliento. Me quedaban exactamente cuarenta minutos antes de que el entrenador Vance pasara por las habitaciones de los varones a hacer el estricto control de las seis de la mañana. Si no estaba metido en mi cama para esa hora, me sacaba del torneo y me dejaba en el banco el resto del año. Pero lo peor no era mi castigo; si algún profesor o, peor aún, Amanda me veía salir de la habitación triple de las chicas a esta hora, se armaría un escándalo que le destrozaría la vida a Val y pondría en riesgo su beca con el director Harris.

Tuve que deshacer el abrazo centímetro a centímetro. Dejar ese colchón caliente y la sensación de tenerla pegada a mí para sentarme en el borde de la cama, donde el aire acondicionado del hotel pegaba frío en mi piel, fue una verdadera tortura. Me quedé un segundo agachado, pasándome las manos por la cara para despabilarme, y me puse las zapatillas a contrarreloj, atándome los cordones de memoria en la oscuridad. Me acomodé la sudadera gris como pude y traté de aplacar mi cabello revuelto con los dedos.

—¿Ya te vas? —su voz llegó desde las sábanas, sumamente baja y pastosa por el sueño.

Me giré despacio sobre el colchón. Valentina se estaba refregando los ojos con los puños, mirándome con una carita de dormida que me dio unas ganas tremendas de mandarlo todo al diablo, meterme abajo de las cobijas otra vez y que se fuera el instituto entero a la mierda.

Me incliné hacia ella, apoyando una mano cerca de su almohada para quedar a milímetros de su rostro.

—Tengo que moverme, Val —le susurré, pasándole la yema de los dedos por la mejilla, disfrutando de lo suave que tenía la piel—. Si el entrenador hace la ronda y no me encuentra con los varones, estoy muerto. Y Hanna y Nina no deben tardar en subir de la playa.

Ella se sentó en la cama, abrazándose las rodillas. Se quedó mirándome en silencio, y en sus ojos oscuros pude notar una mezcla de miedo y nostalgia que me partió al medio. Sabía perfectamente lo que estaba pensando. Sabía que le daban vueltas las malditas advertencias que le había hecho Harris sobre mantener los pies en la tierra y lo difícil que sería sostener lo nuestro cuando el año escolar terminara y el futuro real se nos viniera encima.

Caminé hacia la puerta con pasos sigilosos, cuidando de no hacer el menor ruido sobre la alfombra. Apoyé la mano en el picaporte de metal, que estaba helado, y pegué el ojo a la mirilla de la puerta. Estuve un minuto entero analizando el pasillo gris del hotel. Estaba completamente desierto, envuelto en una luz mortecina. Solo se escuchaba el zumbido lejano de la máquina de hielo del fondo.

—Está limpio —le dije, girándome.

Val se bajó de la cama descalza y caminó hacia mí para despedirse. Tenía los hombros un poco encogidos por el frío de la madrugada y mi sudadera le quedaba gigante, cubriéndole los muslos. Iba a decirme algo, seguro un consejo de los suyos para que tuviera cuidado al bajar, pero verla ahí parada, tan pequeña, tan frágil y tan jodidamente mía en mitad de la madrugada, hizo que se me soltara un tornillo en la cabeza.

Me acerqué de golpe, le agarré la cintura con las dos manos y la arrastré hacia mi pecho con una fuerza contenida.

Escuché el sutil ruidito del aire saliendo de sus pulmones cuando chocó contra mí. No me importó nada. Le tomé la nuca, hundiéndole los dedos en el cabello con una desesperación que me venía quemando el pecho desde que abrí los ojos, y la besé.

Fue un beso completamente diferente al de la noche anterior. No había jueguitos, ni ironías, ni la calentura apurada de hace unas horas; fue un beso lento, profundo, de esos que se sienten pesados porque marcan el final de una tregua perfecta. Le devoré la boca queriendo asegurarle, sin necesidad de palabras, que lo que había pasado en esa cama no era una aventura temporal ni parte de ningún maldito trato. La apreté contra la madera de la puerta, sintiendo cómo sus manos se aferraban con urgencia a mis hombros y cómo se subía en puntas de pie para fundirse más conmigo, negándose a dejarme ir.

Me separé despacio, rozando mi frente con la suya, los dos respirando de forma agitada como si hubiéramos estado corriendo una maratón. La miré fijo a los ojos, aprovechando los últimos destellos de la luz de la luna que entraban por el ventanal.

—Escúchame, Martínez —le dije, y la voz me salió más ronca y temblorosa de lo que hubiera querido por los puros nervios de la idea de perderla—. Se termina el viaje, volvemos al pueblo y sé que se viene una etapa difícil.

Ella parpadeó, un poco asustada, y sentí cómo se le tensaba el cuerpo entre mis manos.




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