Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 36:El peso de la realidad

El fin de semana se había esfumado demasiado rápido, dejándome de golpe en la monotonía de un lunes cualquiera. El turno de la tarde en el Sunset Diner estaba extrañamente tranquilo; el sol del oeste entraba de refilón por los vidrios grandes y el olor a café recalentado y grasa limpia me envolvía mientras pasaba un trapo rejilla por la barra de fórmica. Tenía la cabeza en cualquier lado, repitiendo en mi mente los detalles de la noche del viernes en mi sala: la calidez de la manta, nuestras risas compartidas viendo televisión en el sillón viejo y la mirada limpia con la que Aiden me había asegurado que estar conmigo era su único refugio real.

El sonido de la campanilla sobre la puerta principal interrumpió mis pensamientos.

No levanté la vista enseguida. Terminé de limpiar una mancha de kétchup seca cerca de los servilleteros y busqué la libreta de pedidos en el bolsillo del delantal.

—Buenas tardes, bienvenido a... —las palabras se me atoraron en la garganta y el trapo húmedo se me resbaló de los dedos, cayendo sobre la madera.

El hombre que acababa de sentarse en una de las banquetas altas del centro de la barra no era un cliente común. Llevaba un traje gris oscuro hecho a medida que gritaba dinero, un reloj de oro impecable en la muñeca izquierda y el pelo perfectamente peinado hacia atrás, con algunas canas en las sienes. Pero lo que me congeló la sangre fueron sus ojos. Eran del mismo color gris claro que los de Aiden, pero completamente desprovistos de esa vulnerabilidad y calidez dulce que él me había entregado en mi casa. Eran dos pedazos de hielo mirándome fijo.

Thomas Callahan estaba sentado en mi sección.

Se acomodó los puños de la camisa blanca, apoyó los antebrazos sobre la barra limpia y me dedicó una sonrisa pequeña, rígida, puramente de compromiso. No parecía enojado; parecía un ejecutivo a punto de cerrar una negociación aburrida.

—Valentina Martínez —dijo. Su voz era profunda, modulada, con una calma corporativa que me resultó mil veces más aterradora que si hubiera entrado a los gritos.

—Sí, señor —atiné a responder, tragando saliva y obligándome a sostenerle la mirada. Las manos me empezaron a temblar abajo de la barra, así que las escondí detrás de mi espalda—. ¿Le sirvo un café?

—Un café negro, sin azúcar. Gracias.

Me di la vuelta para agarrar la jarra de vidrio. El ruido del café cayendo en la taza de cerámica me pareció ensordecedor en mitad del silencio del diner. Le dejé la taza enfrente, junto a una cucharita. Thomas ni la tocó. Siguió mirándome, analizándome el delantal gastado, las zapatillas viejas y las ojeras del viaje.

—Es un lugar pintoresco —comentó, mirando el techo bajo de reojo—. Entiendo por qué a Aiden le gusta venir. A su edad, los chicos se vuelven un poco... románticos. Buscan experiencias auténticas fuera de su círculo. Es una etapa.

El tono condescendiente me dio una patada de rabia en el estómago, pero me mantuve firme.

—Aiden no viene por el lugar, señor Callahan.

—Lo sé —Thomas se inclinó apenas un centنيmetro hacia delante, apoyando los dedos entrelazados sobre la mesa—. Vine por ti. Específicamente de eso quería hablarte, Valentina. De la realidad.

Hizo una pausa, dejándome espacio para hablar, pero no le di el gusto. Me quedé callada, apretando los dientes.

—Eres una chica inteligente, tus profesores hablan maravillas de tus notas y sé perfectamente que estás en la lista para esa beca universitaria del comité —continuó él, con esa maldita tranquilidad destructiva—. Por eso creo que vas a entender perfectamente lo que te voy a decir. Ahora mismo, esto te debe parecer una película maravillosa. El mariscal de campo estrella, la rebeldía adolescente, los besos en los pasillos... Pero el mundo real no funciona con guiones de cine, Valentina. Tú eres una piedra en el zapato para el futuro de mi hijo.

Sentí que la respiración se me cortaba, pero no aparté los ojos de los suyos.

—Aiden tiene una admisión asegurada en Harvard y una herencia familiar que manejar. Tiene un destino trazado —su voz bajó un tono, volviéndose más filosa—. Si se distrae ahora, si sus notas bajan por perder el tiempo en romances de instituto o si comete la estupidez de renunciar a su futuro por quedarse en este pueblo contigo... lo va a perder todo. Y déjame decirte algo sobre los hombres de nuestra familia: ahora te quiere, sí, pero con el tiempo, cuando se dé cuenta de que cambió Harvard, su dinero y su posición por terminar atendiendo un negocio o viviendo con lo justo al lado de la mesera del pueblo... te va a terminar odiando. El resentimiento destruye cualquier amor de secundaria, Valentina. No le hagas eso. No te hagas eso a ti misma.

Cada palabra me entró como una aguja al rojo vivo en el pecho, directo a mi peor pesadilla. No era solo el miedo a que Thomas tuviera razón; era que me estaba escupiendo en la cara la historia de mi propia madre. Ella también había creído en un amor de instituto. Se había quedado embarazada de su novio de toda la vida y él, con diecisiete años y mil promesas en la boca, había intentado hacerse cargo de las dos. Había dejado sus planes de lado, había buscado un trabajo de mierda y lo había intentado, de verdad lo había intentado. Hasta que el peso de la realidad y el resentimiento de una vida frustrada lo aplastaron, y terminó metiendo su ropa en una bolsa de basura y abandonándonos cuando yo apenas caminaba.




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