No pegué un ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía las canas en las sienes de Thomas Callahan, el billete de cien dólares sobre la barra y, justo después, la imagen borrosa de la bolsa de basura donde mi padre se había llevado su ropa. La amenaza contra mi beca no era un juego; mi mamá se estaba matando en el hospital con turnos dobles para que yo pudiera salir de este pueblo, y yo no podía arruinarlo todo. Pero lo que me asfixiaba de verdad era el miedo a destruir a Aiden. El miedo a que, por mi culpa, terminara odiando su vida. Tenía que protegerlo. Tenía que salvarlo de mí, aunque eso significara romperle el corazón en mil pedazos.
Pasé toda la mañana en el instituto arrastrando los pies, moviéndome como un fantasma por los pasillos. Evité la cafetería y me escondí en la biblioteca para no cruzármelo. Tenía el celular en el bolsillo del delantal y me quemaba cada vez que vibraba. Aiden me había enviado una hilera de mensajes desde temprano. ¿Estás bien?, ¿Te busco por tu casillero?, Val, respóndeme por favor. Mirar la pantalla iluminada con su nombre y obligarme a bloquear el teléfono sin contestarle me desgarraba las entrañas, pero sabía que si le respondía un solo emoticón, no iba a tener las fuerzas para hacer lo que venía. Cuando sonó el timbre de la última hora, el estómago se me hizo un nudo insoportable. Ya no podía estirar más el tiempo.
Al salir a la playa de estacionamiento, lo vi enseguida. Aiden estaba apoyado contra la puerta del Jeep, con el buzo del equipo puesto y los brazos cruzados. En cuanto me vio aparecer entre la multitud de estudiantes, se le iluminó la cara. Sonrió de lado, esa sonrisa limpia y brillante que me daba vueltas el mundo, y caminó hacia mí a zancadas rápidas.
—Hola, Martínez —dijo, estirando la mano para agarrar mi mochila y colgársela al hombro, como hacía siempre—. Te busqué en el almuerzo y desapareciste. Te mandé mil mensajes, pensé que te había pasado algo.
Intenté hablar, pero la garganta se me había cerrado por completo. Solo atiné a encogerme de hombros y seguir caminando hacia el auto. Cuando él intentó entrelazar sus dedos con los míos, aparté la mano disimuladamente para acomodarme el pelo.
Aiden se quedó un segundo congelado, mirando su mano vacía en el aire, pero no dijo nada. Abrió la puerta del acompañante para mí y subió del lado del conductor.
El espacio cerrado del Jeep se sintió de golpe como una jaula. El motor arrancó y Aiden puso una canción suave en la radio, el tipo de música que solíamos escuchar en la costa.
—Estaba pensando que este fin de semana podríamos ir al lago —comentó, manejando con una mano mientras me miraba de reojo con entusiasmo—. Mi papá va a estar de viaje de negocios en la ciudad, así que no tenemos que preocuparnos por nada. Podemos llevar algo para comer y quedarnos hasta tarde. ¿Qué dices?
Me pegué contra la ventanilla, mirando fijamente los árboles de la ruta que pasaban a toda velocidad para no tener que ver sus ojos grises.
—No puedo, Aiden. Tengo que estudiar —respondí. Mi voz sonó tan fría, tan seca y robótica que ni yo misma me reconocí.
Él guardó silencio unos instantes. El Jeep frenó en un semáforo en rojo y sentí su mirada pesada sobre mi perfil.
—Val, ¿qué te pasa? —preguntó, y esta vez la voz le salió con un tono de preocupación real—. Estás rarísima desde la mañana. No me respondiste nada de lo que te escribí y ni me miraste en el pasillo. ¿Hice algo malo?
—No hiciste nada. Solo estoy cansada —mentí, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi campera para que no viera cómo me temblaban los dedos. El aire adentro del auto se estaba volviendo inflamable.
Aiden soltó un suspiro largo, estiró el brazo y apoyó su mano enorme y tibia sobre mi rodilla, dándome un apretón suave.
—Oye... si es por lo que te dije en el hotel, lo del futuro y mi viejo... hablo en serio. No tienes que tener miedo. Yo me voy a encargar de...
—¡Que no me pasa nada, Aiden! —lo corté, quitando su mano de mi pierna de un manotazo.
El Jeep se quedó en un silencio sepulcral. Aiden apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, y aceleró en cuanto el semáforo cambió a verde. No volvió a abrir la boca en todo el trayecto. Yo me tragué las lágrimas que me quemaban detrás de los ojos, repitiéndome mentalmente que esto era lo correcto, que lo estaba haciendo por él, por su futuro, por su herencia. Por su bien.
Cuando el auto frenó frente a mi casa, el motor quedó encendido, vibrando fuerte.
Giré el picaporte de la puerta para bajarme lo más rápido posible, pero antes de poner un pie en la vereda, me obligué a soltar el golpe. Sabía que si lo miraba a los ojos me iba a quebrar, así que clavé la vista en el tablero del auto, con el pecho apretado y hablando carrerilla para no arrepentirme.
—Necesito tiempo, Aiden. Necesito que nos alejemos —solté de golpe, sin anestesia—. Esto está yendo demasiado rápido, me está asfixiando y ya no puedo más con la presión. Déjame en paz.
Me bajé del Jeep de un salto y cerré la puerta de un golpe seco, antes de que pudiera responder.
Caminé hacia el porche de mi casa sin mirar atrás, sintiendo cómo el mundo se me derrumbaba encima a cada paso. Justo antes de meter la llave en la cerradura, escuché el ruido de los neumáticos del Jeep chirriar contra el asfalto cuando Aiden aceleró a fondo, dejándome sola en la entrada. Entré a la casa, me apoyé contra la puerta cerrada y me deslicé hasta el suelo, tapándome la boca con las manos para romper a llorar en el silencio de la sala. El refugio se había terminado; la tormenta ya estaba acá.
Editado: 07.07.2026