Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 38: El invierno del Sunset Diner

Entonces empezó la temporada del silencio absoluto. Lo primero que hice al encerrarme en mi cuarto esa tarde fue agarrar el celular con las manos temblando y bloquear el número de Aiden. Bloqueé sus llamadas, sus mensajes, sus redes; todo. Sabía que si dejaba una sola rendija abierta, si escuchaba su voz ronca pidiéndome una explicación, iba a mandar a la mierda el sacrificio de mi mamá, mi beca y mis propios miedos, y correría a sus brazos. Y no podía permitírmelo. Para no pensar, le pedí a la encargada del Sunset Diner que me diera todos los turnos dobles que estuvieran vacíos. Necesitaba terminar el día tan jodidamente agotada que el cerebro no me diera más que para llegar a la cama y colapsar.

Pero el verdadero infierno no era el trabajo; era el instituto.

Hamilton High se volvió un campo de minas. Cruzarse en los pasillos de camino a las clases de Literatura se transformó en una tortura psicológica. Yo caminaba pegada a los casilleros, con la vista clavada en mis zapatillas y los libros apretados contra el pecho como si fueran un escudo. Pero sentía su mirada. Dios, la sentía como si me quemara la piel. Aiden se paraba a mitad del pasillo, ignorando a Mason o a los entrenadores que le hablaban, buscando mis ojos de forma desesperada. Podía ver de reojo cómo intentaba dar un paso hacia mí, buscando una respuesta, una señal, cualquier cosa que le explicara qué demonios había hecho mal para que yo lo borrara de mi vida de la noche a la mañana. Y yo me obligaba a pasar de largo, rígida, fría, tragándome el nudo de lágrimas que me asfixiante la garganta. Cada paso que daba alejándome de él se sentía como caminar sobre vidrios rotos.

La distancia nos estaba destruyendo a los dos, pero la estocada final llegó una noche de tormenta, un par de semanas después.

Afuera soplaba un viento helado que hacía crujir los vidrios del diner y la lluvia golpeaba con furia contra el cartel de neón de la entrada. El local estaba completamente vacío a esa hora; solo se escuchaba el zumbido de la heladera de los postres. Yo estaba detrás de la barra, acomodando los saleros mecánicamente para mantener las manos ocupadas, cuando el sonido de la campanilla de la puerta me hizo levantar la vista.

Se me dio vuelta el estómago y se me cortó el aire de golpe.

Aiden entró despacio. No traía la campera de jean ni el buzo gris del equipo; solo una remera oscura empapada por el agua que se le pegaba al pecho. Estaba completamente desarmado. El pelo chorreando le caía sobre la cara, pero lo que me partió el alma en dos fue ver sus ojos. Esos ojos grises que siempre brillaban cuando me miraban estaban apagados, inyectados en sangre y con unas ojeras tan oscuras que delataban que llevaba días sin dormir una sola hora. El chico seguro de sí mismo, el mariscal de campo que caminaba como si fuera el dueño del mundo, arrastraba los pies con una pesadez que me dio ganas de llorar ahí mismo. Estaba flaco, demacrado, destruído.

Caminó por el pasillo vacío del diner. Rezé con todas mis fuerzas para que me hablara, para que me gritara o me insultara por haberlo bloqueado, pero fue mil veces peor. Pasó por delante de la barra sin mirarme, como si yo fuera un fantasma, pero se sentó en la última mesa del fondo. En nuestra mesa de siempre.

Verlo sentarse ahí solo, cruzando los brazos sobre la fórmica húmeda y bajando la cabeza, me destrozó. El aire del diner de golpe se llenó de su olor: a lluvia, a asfalto mojado y a esa menta suave que me había desvelado tantas noches en el hotel de la costa. Miré sus manos. Esas manos grandes que me habían acariciado las costillas con tanta delicadeza debajo del buzo, ahora estaban apretadas en puños, temblando levemente sobre la mesa mientras él clavaba la vista en el vacío, completamente humillado por estar rogando atención en el lugar donde yo trabajaba.

El dolor me dio un golpe físico tan fuerte en el pecho que tuve que sostenerme de la cafetera para no trastabillar. Me dieron ganas de tirar la libreta de pedidos, cruzar el pasillo corriendo, rodearle el cuello con los brazos y pedirle perdón de rodillas. Quería curarle la cara de cansancio, decirle que lo amaba tanto que me estaba muriendo. Pero la imagen de su padre hablándome con calma corporativa y la sombra de la bolsa de basura de mi propio pasado aparecieron en mi mente como un balde de agua helada. Si cedía ahora por egoísmo, le arruinaba la vida. Lo iba a hacer infeliz. Tenía que ser el monstruo de la película para salvarlo.

—Chloe... —llamé a la otra mesera con un hilo de voz, sin poder quitar los ojos de la silueta empapada de Aiden—. Por favor... ¿podés atender la mesa del fondo? Yo... me siento mal. Necesito ir al baño.

Chloe me miró extrañada, pero al ver que estaba pálida como un papel y que me temblaban los labios, asintió en silencio agarrando la jarra de café.

En cuanto ella dio el primer paso hacia el fondo, yo di media vuelta y corrí hacia la cocina. Empujé las puertas vaivén con desesperación, me metí en el pasillo oscuro que daba a los depósitos y me dejé caer de rodillas contra la pared de azulejos fríos. Me tapé la boca con las dos manos, apretando fuerte para que mis sollozos no se escucharan del otro lado, mientras las lágrimas calientes me empapaban la cara.

Estaba ahí, a unos metros de él, escondida como una cobarde en la oscuridad, sabiendo que el chico perfecto se estaba desarmando en una mesa vacía por mi culpa, buscando un milímetro de cercanía aunque yo lo tratara como a un desconocido. Devastación pura.




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