Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 39: El rumor de la envidia

Los rumores en Hamilton High corren más rápido que el agua, pero cuando Amanda está detrás, se vuelven un río de ácido. Ella había estado esperando nuestro primer tropiezo desde el día de la fiesta, y vernos separados le dio la oportunidad perfecta para clavar el cuchillo. Para el viernes por la mañana, el instituto entero repetía la misma mentira asquerosa: que yo había usado a Aiden Callahan. Decían que me le había acercado para ganar estatus, limpiar mi nombre de "chica invisible" y, sobre todo, para asegurar la bendita beca universitaria usando la influencia de su apellido con el director Harris. Decían que, ahora que la lista de recomendados estaba casi cerrada y yo ya tenía lo que quería, lo había dejado tirado de la noche a la mañana.

La tensión explotó a la hora del almuerzo.

En cuanto puse un pie en la cafetería con mi bandeja, el zumbido habitual de las charlas se apagó de golpe. Sentí las miradas pesadas de las porristas en la mesa del rincón y los murmullos de los chicos del equipo de fútbol. La gente me miraba con desprecio, señalándome de reojo como si fuera una trepadora calculadora. Se me revolvió el estómago.

—Ni se te ocurra mirar a esas estúpidas, Val —me susurró Hanna, agarrándome del brazo con fuerza y obligándome a sentarme en nuestra mesa de siempre.

—Es mentira, todo el mundo sabe que es mentira —saltó Nina, golpeando su vaso de plástico contra la mesa, con la cara encendida de la rabia—. Amanda se está inventando esto porque no soporta que Aiden te haya elegido a ti. Voy a ir ahora mismo a cerrarle la boca a esa infeliz.

—No, Nina, déjenlo así —les pedí con un hilo de voz, clavando la vista en mi almuerzo intacto—. Que digan lo que quieran. No me importa.

Mentira. Me importaba tanto que sentía que me faltaba el aire. La presión social en la cafetería era tan densa que me costaba respirar, pero me obligué a tragarme el orgullo. Tenía que dejar que pensaran lo peor de mí. Si yo era la mala de la historia, su padre se quedaría tranquilo, no me tocarían la beca y el futuro de Aiden estaría a salvo de mí. Pero ver a Hanna ahí al lado mío, apretándome el brazo con impotencia, me hacía sentir como una basura.

Estaba por levantarme para tirar la bandeja e irme a llorar al baño cuando Nina, que se había levantado hacía dos minutos a buscar una botella de agua al fondo del comedor, volvió corriendo a la mesa. Se sentó en el asiento de enfrente, respirando agitada y con los ojos abiertos de par en par, dejando la botella de plástico sin abrir sobre la madera.

—Val... no sabes el problema que se acaba de armar en los vestuarios de los chicos —soltó en un susurro apurado, mirándonos a Hanna y a mí mientras se inclinaba sobre la mesa.

El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas.

—¿Qué pasó? —preguntó Hanna por mí, ya que a mí la voz se me había quedado atorada.

—Mason fue a confrontar a Aiden con el rumor de Amanda —explicó Nina, todavía sin aire—. Le dijo en la cara lo que andan diciendo todos, que lo habías usado por la beca y que le viste la cara de tonto. ¡Aiden se volvió loco! Unos chicos de tercer año que venían saliendo de ahí me contaron que se le fue encima, lo empujó contra los casilleros de metal y casi muele a golpes a su propio mejor amigo.

Me quedé helada, con las manos pegadas a la mesa. El aire de la cafetería de golpe se volvió helado.

—¿Se pelearon? —atinó a decir Hanna, con la boca abierta.

—Aiden lo agarró de la ropa y le gritó en la cara que cerrara la boca, que tú jamás lo usarías para nada —continuó Nina, mirándome fijo, con una mezcla de pena y asombro—. Admitió delante de todo el vestuario que el trato original de fingir había sido idea de él, que él te buscó a ti y que tú no querías saber nada de su mundo. Dijo que el próximo que hablara mierda de Valentina se las iba a ver con él, agarró su bolso y dio un portazo que casi tira la pared abajo.

Escuchar eso me partió en mil pedazos. Una lágrima rebelde se me escapó por la mejilla y me la limpié rápido con la manga de mi sudadera. Me dolía el pecho de una forma insoportable. Aiden estaba destruido, le había roto el corazón en el Jeep, lo había ignorado y tratado como a un extraño en el diner la otra noche... y ese maldito idiota seguía saltando a defenderme con los puños, rompiendo su amistad con Mason y hundiéndose conmigo solo para cuidar mi nombre.

—Val... —Nina me tocó la mano con suavidad por encima de la mesa—. Él te ama de verdad. No tiene la menor idea de por qué lo dejaste, pero pone las manos en el fuego por ti contra todo el mundo. Tienes que hablar con él. Esto los está matando a los dos.

Miré hacia la entrada de la cafetería, rezando por no verlo aparecer, porque sabía que si lo tenía enfrente y veía esos ojos grises inyectados en sangre, me iba a quebrar por completo. Me puse de pie de golpe, agarrando mi mochila del piso con las manos temblando.

—Tengo que irme a clase —dije con la voz rota, sin mirar a mis amigas.

Caminé a tropezones hacia la salida, sintiendo los murmullos de la cafetería rebotándome en la cabeza, pero ahora ya no me importaba Amanda, ni las porristas, ni las miradas de desprecio. Lo único que me taladraba el cerebro era la culpa. Aiden sabía que había gato encerrado; sabía que detrás de mi muro de hielo había un secreto pesado que no le estaba contando, y conociéndolo como lo conocía, me dio un pánico tremendo. Él no se iba a quedar de brazos cruzados. La tormenta estaba creciendo y el choque de verdades se nos venía encima.




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