Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 40: El chico perfecto desapareció POV AIDEN

El silbato del árbitro me taladraba el cerebro, pero el ruido en las gradas era todavía peor. Todo el instituto estaba ahí. Los cazatalentos de las universidades se amontonaban en la primera fila con sus libretas, evaluando cada uno de mis movimientos en este maldito partido crucial. Se suponía que tenía que ser el mariscal de campo perfecto, el líder frío y estratega que mi padre presumía ante sus socios.

Pero ese tipo había desaparecido. Estaba muerto.

Desde que Valentina me había echado de su vida, me sentía como un animal rabioso enjaulado. Tenía el cuerpo molido por las noches sin dormir, la garganta seca y una furia constante quemándome el pecho. En la cancha, en lugar de armar las jugadas con la cabeza, estaba jugando de forma errática, violenta, buscando el choque físico solo para sentir algo que borrara el vacío que me dejaba su silencio.

—¡Callahan, concéntrate! —me gritó Mason a la pasada, acomodándose el casco—. ¡Estás regalando el balón!

No le respondí. Me coloqué en la posición, sintiendo el sudor frío bajándome por el cuello. Vi la línea defensiva del equipo contrario frente a mí. Mi mente no estaba en el tablero de anotación; estaba en el pasillo del instituto, viendo a Val pasar de largo con la mirada baja. Estaba en la barra del Sunset Diner, recordándola llorar a escondidas mientras me ignoraba. La frustración me estaba asfixiando.

Hicimos la jugada. Agarré el balón, pero tardé un segundo de más en soltarlo. Dos defensas rivales se me fueron encima, tacleándome con fuerza contra el césped. El impacto me sacó el aire de los pulmones, pero lo que me hizo perder los estribos por completo no fue el golpe.

Mientras estábamos en el suelo, amontonados, uno de los esquineros del otro equipo se me acercó al casco, jadeando, y soltó una risita burlona.

—Vaya, Callahan, parece que perdiste el toque —susurró con malicia—. Aunque con la clase de novia que tienes, es normal. Todo el mundo en el pueblo dice que la mesera te usó para asegurar su beca y te dejó tirado por tonto. Debe ser una buena...

No lo dejé terminar la frase.

El mundo se tiñó de rojo. La poca cordura que me quedaba se evaporó en un segundo. Me incorporé de golpe, lo agarré de las barras del casco y, antes de que pudiera reaccionar, le encajé un puño cerrado directo en la cara. El sonido del impacto resonó en mis propios nudillos. El chico cayó hacia atrás y yo me le fui encima, ciego de rabia, golpeándolo una y otra vez en el césped.

—¡Vuelve a hablar de ella y te juro que te mato! —le rugí, fuera de mí, mientras varios de mis propios compañeros y los árbitros me sujetaban de los hombros para arrastrarme hacia atrás.

La cancha se volvió un caos de gritos y empujones. El silbato del árbitro principal sonó de forma estridente repetidas veces. Sacó la tarjeta roja y me señaló el camino a los vestuarios sin dudarlo. Expulsado.

Caminé hacia la salida arrastrando los pies, quitándome el casco de un tirón y tirándolo contra el suelo. Pude sentir los murmullos horrorizados de todo el instituto en las gradas. El capitán estrella, el chico de oro de Hamilton High, acababa de arruinar el partido más importante de la temporada frente a los reclutadores universitarios por una pelea callejera. Nadie entendía nada, pero todos sabían que me estaba desmoronando sin la chica invisible.

El silencio del vestuario me cayó encima como una losa. Me metí a las duchas con la ropa puesta, dejando que el agua fría me limpiara el sudor, el lodo y la sangre que me goteaba de los nudillos partidos. Me cambié despacio, poniéndome unos pantalones deportivos y una camiseta oscura. Me dolía todo el cuerpo, pero el dolor del pecho seguía intacto.

Cuando empujé la puerta trasera de los vestuarios para salir hacia el estacionamiento, me encontré con la peor de mis pesadillas.

Thomas Callahan me estaba esperando en la penumbra del pasillo exterior. Tenía los brazos cruzados y una expresión de furia fría que me congeló la sangre. Sus ojos grises, idénticos a los míos, brillaban con un desprecio absoluto.

—Arruinaste tu partido frente a los scouts por esa muerta de hambre —soltó, y su voz, aunque baja, sonó como un látigo—. Te vio la cara de tonto, te usó para sus beneficios y tú te comportas como un animal salvaje defendiendo su nombre. Das vergüenza, Aiden.

Me detuve a dos pasos de él. Estaba bañado en sudor, con el pelo húmedo y los nudillos hinchados y ensangrentados, pero lo miré fijo, sosteniéndole la mirada con todo el odio que le venía guardando.

—No hables de Valentina —le advertí, con la voz ronca, amenazante.

Thomas soltó una risa seca, despectiva, y dio un paso hacia mí, acortando la distancia.

—Se acabó el juego, muchacho. Ya destruiste tu futuro en el fútbol por hoy. Mañana a primera hora firmas la admisión a Harvard en la facultad de Derecho o te quedas en la calle. Te quito el auto, las tarjetas y te olvidas de mi apellido. Tú decides.

El chantaje que le había hecho a Val ahora me lo estaba haciendo a mí, pero mi padre no me conocía. No sabía que yo ya no tenía nada que perder porque lo único que me importaba ya me lo habían quitado.

Lo miré de arriba abajo, sonriendo de lado con pura amargura y desprecio.

—Haz lo que quieras —le solté, directo, sin que me temblara la voz—. No voy a ir a Harvard. No voy a ser como tú. Quédate con tu maldito dinero.




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