Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 39: El precio del silencio

Pasé todo el partido con el corazón en la garganta, oculta en la parte más alta de las gradas para que nadie notara mi presencia. Había ido con la tonta idea de asegurarme de que Aiden estuviera bien, pero lo que vi me destrozó el alma. El chico seguro de sí mismo, el líder estratega que manejaba el campo con la mente fría, no estaba por ningún lado. Aiden jugó con una violencia desesperada, como un animal herido que buscaba recibir golpes solo para anestesiar el dolor de su cabeza.

Cuando le encajó ese puño al jugador rival y se le fue encima en el césped, ciego de rabia, todo el estadio contuvo el aliento. Escuchar los murmullos horrorizados de la gente a mi alrededor, diciendo que el capitán se había vuelto loco, me hizo sentir la peor basura del mundo. Yo lo había llevado a ese límite. Mi silencio lo había roto.

En cuanto el árbitro le sacó la tarjeta roja y lo expulsó de la cancha, no lo dudé. Bajé las gradas a tropezones, esquivando a los estudiantes y a los profesores que miraban el campo conmocionados. Corrí hacia la zona trasera de los vestuarios, con el estómago hecho un nudo y las manos temblando de pura preocupación. Necesitaba verlo. Necesitaba saber que estaba bien, aunque él no quisiera ni mirarme a la cara.

Llegué al pasillo exterior que conectaba los vestuarios con el estacionamiento y me detuve en seco al escuchar unas voces firmes que resonaban contra las paredes de concreto. Me pegué a la esquina de la pared, conteniendo la respiración.

Llegué justo en el peor momento.

—Arruinaste tu partido frente a los scouts por esa muerta de hambre —la voz de Thomas Callahan me heló la sangre. Era la misma calma destructiva que había usado conmigo en la barra del diner—. Te vio la cara de tonto, te usó para sus beneficios y tú te comportas como un animal salvaje defendiendo su nombre. Das vergüenza, Aiden.

Me tapé la boca con una mano para no soltar un sollozo. A unos metros de mí, Aiden estaba parado frente a su padre, bañado en sudor y con los nudillos ensangrentados.

—No hables de Valentina —le advirtió Aiden, con una voz tan ronca y cargada de odio que me dio escalofríos.

—Se acabó el juego, muchacho —sentenció su padre, dando un paso intimidante hacia él—. Ya destruiste tu futuro en el fútbol por hoy. Mañana a primera hora firmas la admisión a Harvard en la facultad de Derecho o te quedas en la calle. Te quito el auto, las tarjetas y te olvidas de mi apellido. Tú decides.

Se me cayó el mundo encima. El chantaje de Thomas era total. Estaba usando todo su poder para aplastar a su propio hijo, y lo peor de todo es que yo había causado esa tormenta. Me preparé para escuchar a Aiden ceder, para que aceptara Harvard y se salvara de la ruina, pero su respuesta me partió el pecho en dos.

—Haz lo que quieras —le soltó Aiden, mirándolo con un desprecio absoluto—. No voy a ir a Harvard. No voy a ser como tú. Quédate con tu maldito dinero.

Aiden lo empujó por el hombro al pasar y caminó a zancadas rápidas hacia la salida. Thomas se quedó ahí solo, rígido de la furia, pero yo no me quedé a mirarlo. Di media vuelta y corrí hacia el estacionamiento, siguiendo los pasos apresurados de Aiden bajo la luz parpadeante de los postes de luz.

Afuera había empezado a lloviznar. Lo vi llegar a su Jeep, tirar el bolso de deporte contra el suelo y apoyar las dos manos sobre el capó del auto, con la cabeza baja y los hombros sacudiéndose por la respiración agitada. Estaba al límite de sus fuerzas.

—¡Aiden! —grité, rompiendo la distancia entre los dos.

Él se tensó por completo al escuchar mi voz. Tardó unos segundos eternos en girarse, y cuando lo hizo, la luz de la luna me permitió ver su rostro. Tenía los ojos inyectados en sangre, el pelo pegado a la frente por el sudor y el agua, y un corte en el labio que goteaba un hilo rojo. Se veía destruido.

—Aiden... ¿cómo estás? —atiné a preguntar, dando un paso temeroso hacia él, estirando una mano con la intención de tocar sus nudillos heridos—. Tu labio... estás sangrando...

—No me toques —me cortó. Su voz no fue un susurro dulce; fue un latigazo de pura furia que me hizo dar un paso atrás.

Aiden dio un paso al frente, acorralándome con su estatura, y en sus ojos grises estalló todo el dolor y la frustración que venía guardando durante semanas.

—¿Ahora sí te importo, Valentina? —soltó con una risa amarga y cargada de veneno—. ¿Ahora sí me preguntas cómo estoy? Después de que me bloqueaste de todos lados, después de que me echaste de tu auto como si fuera una basura y de que me trataste como a un maldito extraño en el diner. ¿Ahora vienes a fingir que te preocupas por mí?

—Aiden, por favor, no es lo que piensas... —las lágrimas me nublaron la vista por completo.

—¡¿Entonces qué es?! —estalló, perdiendo los estribos por completo, dando un golpe seco contra el costado del Jeep que me hizo dar un respingo—. ¡Dímelo, Valentina! Porque me estoy volviendo loco. Perdí mi partido, acabo de mandar a la mierda a mi padre, mi futuro y mi herencia, ¡y todo lo hice por ti! ¡Porque no soporto que hablen mierda de ti en este instituto! Y tú... tú ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos en el pasillo. Me rompiste el corazón en mil pedazos y ni siquiera tuviste la decencia de decirme qué demonios hice mal. ¡¿Por qué me estás haciendo esto?!

Su grito desgarrador quedó flotando en el aire húmedo del estacionamiento, mezclándose con el sonido de la lluvia. Aiden estaba temblando de la rabia y del dolor, respirando con dificultad, esperando una maldita respuesta que justificara el infierno en el que se había convertido su vida. Y yo me quedé ahí parada, desarmada, con las lágrimas corriendo por mis mejillas, sabiendo que el secreto ya no podía sostenerse más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.