Aiden no se movió. Se quedó congelado en su asiento, con las manos aún sosteniendo las mías por encima de mis rodillas, mientras sus ojos grises se abrían con una mezcla de horror y un dolor tan profundo que me partió el alma. Pude sentir cómo sus dedos temblaban y cómo la mandíbula se le ponía tan rígida que el corte de su labio volvió a sangrar un poco, tiñéndose con el agua de la lluvia.
El silencio dentro del Jeep se volvió tan espeso que el ruido del diluvio afuera pareció desaparecer. Esperaba que me gritara, que se enojara por haberle ocultado algo tan grave, pero lo que vi en su rostro fue una devastación absoluta.
—Fue él... —murmuró Aiden, y la voz le salió tan rota, tan rasposa, que apenas pareció un susurro—. Mi padre fue a buscarte. Te amenazó con la beca... te hizo creer que me arruinarías la vida.
—Tenía pánico, Aiden —admití, y el llanto me bloqueó la garganta, haciéndome perder el control por completo—. Vi a mi madre romperse la espalda en el hospital cada día con turnos dobles solo para que yo tenga una oportunidad de salir de aquí. Y cuando tu padre me dijo que terminarías odiándome... recordé a mi papá. Recordé cómo dejó a mi mamá en una bolsa de basura cuando la realidad lo asfixió. Tuve tanto miedo de que me miraras con ese mismo desprecio, Aiden. No podía permitir que perdieras tu futuro por mi culpa. No me lo hubiera perdonado jamás.
De golpe, como si las fuerzas se le hubieran esfumado, Aiden soltó mis manos, estiró los brazos y me rodeó la espalda, tirando de mí con una desesperación salvaje hacia su cuerpo.
Me quedé sin aire cuando mi pecho chocó contra el suyo. Me escondió la cara en el cuello, abrazándome con tanta fuerza que dolió, pero era un dolor hermoso. Sus hombros empezaron a sacudirse violentamente. Aiden, el chico perfecto, el mariscal de campo inquebrantable que nunca lloraba ante nadie, se estaba desarmando a llanto abierto sobre mi hombro.
—Lo siento tanto, Val... Dios, lo siento tanto —sollozó contra mi piel, aferrándose a mi sudadera como si se estuviera ahogando en medio del mar—. Debí darme cuenta. Debí imaginar que ese monstruo haría algo así. Pasaste por todo este infierno sola por intentar protegerme... mientras yo me la pasé odiándote, portándome como un idiota, pensando que no te importaba nada de lo nuestro.
—Me importaba demasiado —le respondí, llorando con él, pegando mis manos a su espalda húmeda para sentir los latidos desbocados de su corazón—. Me estaba muriendo, Aiden. Cada vez que me buscabas en el pasillo y yo tenía que pasar de largo... sentía que me arrancaban un pedazo del pecho. El celular me quemaba en el bolsillo con tus mensajes y yo tenía que bloquear la pantalla. No sabes lo que fue verte entrar al diner esa noche de lluvia... flaco, sin dormir, destruido por mi culpa, y tener que esconderme en la cocina a llorar para no salir a abrazarte. Deseaba morirme antes de seguir haciéndote daño.
Aiden se separó apenas unos centímetros, lo justo para tomarme de las mejillas con sus dos manos grandes. Sus nudillos partidos y ensangrentados por la pelea de la cancha rozaron mi piel con una delicadeza extrema, limpiando mis lágrimas mientras las suyas se mezclaban con el sudor de su rostro. Me miró fijo, con los ojos grises empañados, brillando con una intensidad que me devolvió la vida.
—Fui un estúpido, Val. Pensar que podías ser una trepadora... pensar que me habías usado después de todo lo que vivimos en la costa —dijo, con la voz entrecortada, pegando su frente a la mía—. Esas semanas sin ti fueron el peor invierno de mi vida. No me importaba el fútbol, no me importaba Harvard, no me importaba nada. Si no te tenía a mi lado, sentía que no tenía sentido ponerme de pie por las mañanas. No vuelvas a hacer esto, te lo ruego. No te guardes nada. Prefiero que nos quedemos en la calle, prefiero que mi padre me quite hasta el apellido, pero no me pidas que viva en un mundo donde tú me tratas como a un extraño.
—Aiden... tu futuro...
—Mi futuro eres tú, Valentina —me cortó, con una firmeza madura que me estremeció el cuerpo—. No me importa su dinero. No necesito su herencia si el precio es dejar que te pisotee. Nunca más vas a estar sola en esto. Nunca más.
El llanto se fue apagando lentamente, dejando espacio a una respiración compartida que llenó de vaho los vidrios del auto. Aiden me miró los labios, con los ojos llenos de una necesidad acumulada durante semanas de silencio y distancia, y se inclinó para besarme.
Fue un beso que nos curó el alma. No tuvo la furia del estacionamiento ni los jueguitos de la costa; fue un beso lento, profundo, cargado de todo el dolor que habíamos aguantado en silencio y de todo el amor que nos había quemado por dentro. Le devolví el beso con la misma desesperación, enredando mis dedos en su pelo húmedo, sintiendo el sabor salado de nuestras lágrimas y la calidez de su boca que tanto había extrañado. Nos besamos como si el mundo afuera del Jeep se estuviera cayendo a pedazos, aferrándonos el uno al otro en mitad de la oscuridad, sabiendo que el invierno por fin había terminado y que, pasara lo que pasara con su padre, ya no estábamos solos
Editado: 07.07.2026