Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 35: Chocolate amargo y Alerta Aeropuerto

El turno de un viernes por la noche en el Sunset Diner solía ser una tortura de café recalentado, camioneros cansados y el viento helado colándose cada vez que alguien abría la puerta. A las diez y media de la noche, el lugar ya estaba completamente desierto. Estaba terminando de limpiar la cafetera industrial, con la espalda adolorida y contando los minutos exactos para cerrar, cuando la campanilla de la entrada sonó con su tintineo habitual.

No levanté la vista de inmediato, lista para soltar mi discurso ensayado de que la cocina ya estaba cerrada y que no quedaba comida, pero el aroma a menta y jabón limpio se adelantó a mis palabras.

—¿Todavía se aceptan clientes rezagados, Martínez? —la voz ronca de Aiden me hizo sonreír al instante.

Me giré y lo vi apoyado en el marco de la puerta de entrada, con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera gris y el cabello castaño un poco despeinado por el viento de la noche.

—La cocina cerró hace quince minutos, Callahan —le respondí, cruzándome de brazos con una sonrisa fingida de jefa estricta—. Pero supongo que puedo hacer una excepción con el mariscal de campo. ¿Qué haces aquí tan tarde?

—Me aburría en mi casa. Y te extrañaba —soltó con total naturalidad, caminando hacia mí para rodear la barra de fórmica. Se inclinó y me dio un beso corto en los labios que me quitó todo el cansancio del día de un solo golpe—. Te ayudo a cerrar y te llevo a casa. Hace demasiado frío afuera para que camines sola a esta hora.

Veinte minutos después, su auto se estacionaba frente a mi pequeña casa. Las luces estaban completamente apagadas; mi mamá tenía el turno de noche en el hospital, así que el lugar nos recibió sumido en un vacío absoluto y silencioso. Cuando abrí la puerta principal, el aire helado del interior nos golpeó las caras.

—Pasa, está congelado —le dije, frotándome los brazos por encima de la ropa mientras dejaba las llaves en la mesa del recibidor—. Voy a encender la calefacción.

—Quédate quieta —pidió Aiden, atrapándome por la cintura desde atrás. Me pegó a su pecho, envolviéndome con sus brazos cálidos y grandes—. Yo me encargo de la calefacción. Tú ve a ponerte algo cómodo.

Hacerle caso fue la mejor decisión de la noche. Cinco minutos más tarde, regresé a la cocina vistiendo unos pantalones de pijama holgados y una sudadera vieja que me quedaba gigante. Aiden ya había logrado que el ambiente se templara y estaba parado frente a la estufa, mirando las hornallas con una concentración exagerada.

—¿Qué intentas hacer, Callahan? —me burlé, apoyándome en el marco de la puerta de madera.

—Intento ser un novio servicial, Martínez. Estoy preparando chocolate caliente, pero no encuentro el azúcar por ninguna parte —admitió, rascándose la nuca con esa timidez adorable que solo me mostraba a mí cuando estábamos a solas.

Me acercé riendo, saqué el frasco de la alacena y me encargué de terminar la preparación mientras él se ponía cómodo en una de las banquetas de la cocina, mirándome con una fijeza que me ponía las mejillas coloradas en un segundo. Serví el chocolate en dos tazas de cerámica gastadas y fuimos directo a la sala, hundiéndonos en el viejo sillón con una manta pesada cubriéndonos las piernas a los dos.

—Bien, es viernes por la noche, tenemos chocolate caliente y el control remoto es mío —anuncié, encendiendo el televisor—. Te advierto que vas a tener que soportar mi mayor placer culposo. No se aceptan quejas.

Aiden tomó un sorbo de su taza, mirándome de reojo con una ceja sutilmente levantada.

—Sorpréndeme, Martínez. Pensé que tu noche ideal incluía documentales históricos sobre la guerra o leer novelas clásicas de quinientas páginas.

—Para nada. Hoy toca Alerta Aeropuerto —declaré con orgullo, sintonizando el canal de televisión.

Aiden soltó una carcajada limpia y ruidosa que inundó la sala vacía, haciendo que sus hombros se sacudieran.

—¿Estás hablando en serio? ¿La chica más inteligente de Hamilton High se desvela viendo cómo atrapan personas con equipaje sospechoso en la aduana? —se burló, pasándome un brazo por los hombros para pegarme por completo a su costado.

—No te burles, es adictivo. Mira, ese tipo del suéter verde está re de los nervios, seguro lleva algo ilegal en el doble fondo —le respondí, apuntando a la pantalla con el dedo, completamente metida en la trama del programa.

Nos pasamos las siguientes dos horas de esa manera. Fue una sucesión de risas flojas, discusiones absurdas sobre si los sospechosos decían la verdad o mentían, y Aiden robándome besos con sabor a chocolate cada vez que los comerciales interrumpían la pantalla. Ver al chico inalcanzable del instituto, al que todos veían arriba de un pedestal inalcanzable, metido en mi sillón viejo, burlándose de un programa de televisión y acariciándome el brazo por debajo de la manta, se sentía irreal. Pero era una irrealidad hermosa.

A eso de la una de la mañana, la televisión quedó de fondo con el volumen sumamente bajo. La sala se quedó en penumbra, solo iluminada por el parpadeo azulado de la pantalla. Me acomodé mejor contra el pecho de Aiden, escuchando el viento de la madrugada golpear contra la ventana.

—¿Tu mamá siempre trabaja hasta tan tarde? —preguntó él en voz baja, rompiendo el silencio de forma suave, mientras sus dedos jugaban distraídos con el borde de mi sudadera.




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