La casa de Leo era silenciosa de esa forma elegante que solo tienen las casas demasiado grandes para una sola persona. O tal vez para dos personas si se incluía a la mamá de Leo, puesto que eran los dos únicos miembros de dicha familia.
Las luces cálidas estaban encendidas en su habitación, iluminando muebles impecables, paredes claras y una cama perfectamente hecha que ahora estaba parcialmente invadida por una caja abierta de pizza familiar. El aire olía a pepperoni, queso derretido y a algo ligeramente dulce proveniente del perfume caro que Leo usaba sin darse cuenta.
Max estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el costado de la cama, devorando su tercera porción como si llevara días sin comer. Tenía las manos llenas de grasa y ni siquiera parecía notar las manchas en la alfombra.
Y sin embargo, todo ese desorden que generaba su amigo no parecía molestar ni en lo más mínimo a Leo, puesto que confiaba plenamente en luego enviar un mensaje a su progenitora para que pagara los servicios de limpieza de alguien y se encargue de todo eso.
Leo estaba más relajado, apoyado contra el respaldar, una rodilla levantada, la pizza en la mano como si fuera una extensión natural de él. Comía sin apuro, con esa seguridad de quien siempre ha tenido más de lo que necesita.
Gabriel era el contraste absoluto, en definitiva.
Había tomado un bowl blanco de la cocina y preparado él mismo una ensalada César con lo que encontró en la refrigeradora; lechuga fresca, pollo a la plancha que Leo ni sabía que tenía, queso rallado y un poco de aderezo que midió con una pequeña cuchara. Ahora estaba sentado en la silla del escritorio, con la postura recta, comiendo con calma, como si estuviera en una comida familiar formal y no en la habitación de su mejor amigo rodeado de cajas de pizza.
Porque era obvio que no era solo una caja, el alto habían comprado más de tres cajas.
Max lo miró y negó con la cabeza, fingiendo indignación al ver a Gabriel comiendo algo que no era grasa.
"Eres un enfermo" articuló, masticando "Estamos comiendo pizza y tú pasto".
Gabriel no levantó la vista, ya estaba acostumbrado a recibir ese tipo de comentarios solo por seguir la dieta estricta que le daba su padre.
"Es una ensalada César, tiene proteína" explicó lentamente.
"Tiene hojas" habló Max, con un dejo de burla.
Leo soltó una risa leve, no podía negar que disfrutaba de escuchar todos los intentos de Max para sacar de sus casillas a Gabriel; era algo imposible pero divertido.
"Déjalo, Max. Después es el único que no se queda sin aire subiendo las escaleras" comentó casualmente.
"Eso es porque no corro detrás de idiotas en educación física" respondió Gabriel con absoluta serenidad.
Ahí iba su palabra estrella, y tal vez su mejor insulto. El llamar a alguien "idiota" era el máximo límite que Gabriel podía alcanzar, puesto que en su vocabulario no estaban groserías o jergas.
Max lo señaló con la pizza, aún intentando masticar todo de una vez.
"Viste, Leo, por eso nadie lo soporta en clase" afirmó, recordando todas las miradas largas que le dirigían la mayoría de estudiantes masculinos a su amigo.
"Los profesores sí" murmuró Leo.
Y eso era cierto, Gabriel era el alumno modelo. Buen promedio, buena conducta, buena reputación. Si alguna vez había un problema, su palabra pesaba más que la de cualquiera. Eso no lo hacía popular, pero sí respetado. Y eso, en el fondo, era un tipo distinto de poder.
Es más, era el preferido de muchos docentes solo por su gran habilidad con los números.
Hubo un momento de silencio cómodo. Solo el sonido del cartón crujiente y los cubiertos chocando suavemente contra el bowl.
Hasta que Gabriel dejó el tenedor dentro de la ensalada y habló, sin rodeos.
"¿Qué vas a hacer con Valentina?" cuestionó directamente.
No hubo advertencia, no hubo transición; todo fue repentinamente.
Leo levantó apenas la mirada, quedándose confundido.
"¿Con respecto a qué?" respondió con otra pregunta.
Max dejó de masticar, bajó la pizza lentamente, como si de repente el tema tuviera peso. Ya se esperaba que aquella interrogante tuviera un lugar en su conversación, de hecho, él también quería compartir su punto de vista.
Gabriel sostuvo la mirada de Leo sin parpadear.
"No eres tan ingenuo como para no saberlo" contestó secamente.
Leo apoyó la espalda mejor contra el respaldar, cruzándose de brazos con la porción todavía en la mano.
"Estamos saliendo, nada más" dijo con toda la tranquilidad del mundo.
Max frunció el ceño, había llegado el momento de decir algo.
"Nunca te hemos visto tanto tiempo con una chica, siempre las mandabas a volar en la primera cita y eso que era dentro del colegio".
"Exageras" bufó Leo, sin disimular su mirada de desdén.
"No" insistió Max "Y menos con alguien como ella" siguió diciendo, esperando el respaldo del robot de ojos azules.
Leo lo miró con desafío, no le gustaba cuando las personas empezaban a cuestionarlo, era como si indirectamente le dijeran que no era capaz de accionar de forma consciente.
"¿Y cómo es “alguien como ella”?" formuló con una curiosidad cínica.
Max dudó un segundo, buscando palabras que no sonaran tan crudas como pensaba.
"Es de las que viven de la popularidad. De lo que dicen, de lo que aparentan. No sale con alguien porque le guste, sale con alguien porque le conviene" soltó finalmente, queriendo llegar a su amigo.
Gabriel retomó con voz calmada, ya era hora de que Leo abriera los ojos y tomara una decisión.
"Y si sigues pasando tanto tiempo con ella en el colegio, los rumores van a empezar a tomar otra dirección" agregó con un brillo suspicaz en sus ojos.
Leo entrecerró los ojos, la atenta mirada dd Gabriel a veces lo sacaba de quicio; porque sabía que él no estaba bajo su control.
"¿Qué rumores?" quiso indagar, ahora con voz trémula.