—Amahia, tenemos que hablar —la voz de Paulo no era la del guerrero que conocía; era un eco fúnebre que cortaba el aire pesado de la habitación.
Me miró con una mezcla de lástima y algo que me hizo retroceder: miedo. No miedo a mí, sino miedo a lo que estaba a punto de romper dentro de mi alma.
—Sobre cómo llegaste, y el porqué estás aquí... Layla me pidió que te lo contara. Es algo que, incluso después de tanto tiempo, le afecta de una forma que no puede expresar.
Caminamos hacia nuestro rincón habitual, el lugar donde las risas solían ser nuestra única preocupación. Pero Béquer ya no era el refugio de paz que mi mente recordaba. El ambiente se sentía denso, como si las paredes de piedra estuvieran sudando el dolor de siglos. El silencio era una soga que se apretaba alrededor de mi cuello.
—Hubo un día, hace exactamente un año... el día en que perdiste a tu familia —comenzó Paulo, bajando la vista a sus manos curtidas—. Estábamos Layla, Agatha y yo haciendo carreras, probando quién llegaba más rápido desde Arash hasta las fronteras de Béquer...
De repente, la voz de Paulo se convirtió en un zumbido inaudible. El mundo se desdibujó, las paredes del castillo se derritieron en una neblina negra y viscosa que me succionó de nuevo hacia ese abismo mental. Y allí, entre la oscuridad, surgió él.
—Mi querida Amahia…
—¿Luca? —el nombre salió de mis labios como una súplica sangrienta. Mi corazón se aceleró con una violencia tal que sentí que mis costillas se quebrarían. Una nostalgia sofocante, agria y pesada me estrujó el pecho, robándome el oxígeno—. Sí, soy yo... tu Amahia. Perdóname por alejarme, yo no quería...
—Te reconocería a toda costa —su voz, una caricia de terciopelo y veneno, resonó en mi cráneo mientras mostraba esa sonrisa cálida que una vez fue mi hogar—. Fuimos lo mejor que el mundo pudo tener, y quizás por eso el destino nos separó de forma tan ruin.
Sentí punzadas eléctricas en el pecho, un dolor físico que me obligó a doblarme. Él se acercó, su presencia gélida quemando mi piel.
—¿Estás bien? No quería incomodarte... solo quería que recordaras. Que recordaras quiénes éramos antes del desastre. —Su tono cambió, volviéndose afilado, cruel—. Lo que te cuenta Paulo... tus padres... lo siento tanto. Tu hermanita... era tan pequeña, tan inocente. Qué lástima que esa tonta te haya manipulado para que olvidaras la vida perfecta que tenías.
Mi cabeza comenzó a dar vueltas. Imágenes borrosas de una niña riendo, del olor a cuero del coche de mi padre, de un impacto brutal que nunca terminaba de suceder. Las lágrimas empezaron a correr, calientes y amargas, surcando mis mejillas como cicatrices abiertas. Mi cuerpo se sentía vacío, como si mis venas hubieran sido drenadas de cada gota de fuerza.
—Nunca pudo tener la familia que quería e intentó arruinarlo todo, como siempre —continuó Luca, sus ojos fijos en los míos, disfrutando de mi derrumbe—. Esa patética e incompetente criatura... Todo por su egoísmo de ser la princesa que todos querían, mientras su gemela sufría en una celda desolada. Tu "amiguita" resultó ser la causante del accidente donde murió tu padre.
Soltó una risa despiadada que me heló la médula.
—No fue un búfalo lo que se cruzó en la carretera, Amahia. Fue tu amiga, Layla, sedienta de sangre, perdida en su propio frenesí. Estaba tan ida que no vio el auto. Te convirtió por pura conveniencia, para jugar a ser la heroína que "rescató" a la pobre huérfana. Te bebió, Amahia. Bebió la sangre de tu padre mientras él agonizaba y luego bebió la tuya para sellar tu olvido. ¿O de verdad crees que es normal ser la única convertida que no recuerda su pasado? No fue el trauma lo que te borró la memoria... fue su colmillo.
El dolor en mi pecho estalló. No era un sueño. Aquella pesadilla recurrente de manos ensangrentadas y ojos verdes brillando en la oscuridad de la carretera era la realidad. La persona en la que había depositado mi vida, la que me había consolado en mis noches de terror, era la misma que había causado mi infierno.
Me sentí devastada, una cáscara vacía de una chica que ya no sabía quién era. Las lágrimas no paraban de brotar mientras la imagen de Layla, mi supuesta salvadora, se transformaba ante mis ojos en la imagen de mi mayor verdugo. Cada abrazo que me dio, cada palabra de aliento, ahora se sentía como el rastro viscoso de una serpiente que me había envuelto para devorarme mejor.
Estaba sola. Completamente sola en las manos de mis asesinos.
El suelo bajo mis pies se desvaneció, arrastrándome a un abismo donde la luz de Béquer no era más que un recuerdo lejano. Caí de rodillas sobre una tierra fría, húmeda y negra, un lugar que olía a encierro y a sangre vieja. El dolor en mi corazón ya no era una punzada; era una hemorragia interna que me dejaba sin aire.
Frente a mí, la silueta de Luca se solidificó, pero no estaba solo. A través de unos barrotes oxidados, en la penumbra de una celda que parecía devorar la vida, vi una figura que me destrozó el alma. Era una chica, o lo que quedaba de una. Estaba tan delgada que sus huesos amenazaban con rasgar su piel pálida, y su aura, aunque proyectaba un sufrimiento insoportable, me resultó dolorosamente familiar.
—Layla… —el nombre escapó de mis labios como un lamento.
Ella no me vio al principio. Sollozaba con la frente apoyada en la piedra fría, el cuerpo sacudido por temblores rítmicos. Luca, sentado al otro lado de la reja con una elegancia cruel, señaló hacia ella con un dedo largo y pálido.
—Mírala, Amahia. Contempla a tu gran salvadora recibiendo el castigo de sus propias mentiras —su voz destilaba un veneno satisfactorio—. Se ve tan pequeña ahora que la verdad ha salido a la luz, ¿no crees? Sola, marchita, acongojada por el peso de sus pecados.
Layla levantó la cabeza. Sus ojos, una vez vibrantes, eran ahora dos cuencas de tristeza absoluta que me partieron en mil pedazos. Me miró, y en ese contacto visual sentí cómo mi mundo se terminaba de derrumbar.