El aire en el gran salón se volvió irrespirable, saturado por un aura de maldad ancestral que hacía que los pulmones ardieran. La figura que emergió de las sombras superiores no era un hombre; era un monumento a la crueldad. Su cabello blanco brillaba como hilos de plata bajo la luz de las antorchas, y cada uno de sus pasos resonaba con el peso de siglos de tiranía.
—Qué lindos... todos reunidos para el acto final —la voz de aquel hombre, el falso padre, el arquitecto de sus desgracias, goteaba un sarcasmo letal.
Detrás de él, dos guardias arrastraban a Layla. Verla fue recibir una daga en el centro del alma. Estaba rota. Sus cadenas chocaban contra el suelo con un sonido metálico que recordaba a una marcha fúnebre. Su piel, antes vibrante, estaba cubierta de hematomas que parecían flores marchitas sobre mármol, y sus ojos verdes, nublados por el dolor, se fijaron en Agatha y Paulo con una mezcla de amor y un terror paralizante.
—¡Papá, detente! —el grito de Agatha desgarró el ambiente. Se plantó frente a él, protegiendo a Paulo con su propio cuerpo, en un acto de rebeldía que olía a desesperación.
El hombre soltó una carcajada seca, un sonido vacío que heló la sangre de todos los presentes.
—¿Papá? —repitió con desprecio—. Qué palabra tan pequeña y humana. Yo no engendré hijas, Agatha; yo cultivé armas. Una para el frente, la otra para la sombra. Una para Béquer, la otra para Arash. ¿Y ahora pretenden arruinar mi obra maestra con... sentimientos?
Dio un paso al frente y la presión atmosférica aumentó, obligándonos a todos a agachar la cabeza. Miró a Layla con una repugnancia inhumana.
—Layla fue débil. Se dejó llevar por la sed en aquella carretera, sí. Pero fue mi idea convertir ese descuido en una estrategia magistral. El accidente fue el regalo perfecto para moldearla, para crear una "princesa mártir" que nos diera el control absoluto. Y tú, Agatha... fuiste el tributo necesario. Qué suerte que el viejo Arash muriera; ahora ambos tronos me pertenecen.
Su mirada se desvió hacia Luca, quien estaba a mi lado intentando recuperar el aliento.
—Y tú, Luca... fuiste el anzuelo perfecto. Aquella noche, bajo otra máscara, te ofrecí la eternidad solo para sembrar el caos en el corazón de Amahia. Qué lástima que ahora te creas un héroe.
De repente, el hombre levantó su mano derecha. Un poder invisible y asfixiante envolvió a Luca, elevándolo varios metros del suelo. Luca se retorcía, sus manos buscaban desesperadamente su garganta mientras un crujido sordo salía de su pecho. El aire se escapaba de sus pulmones y su rostro se tornaba purpúreo.
—¡NO! —Agatha, en un arranque de furia y amor redescubierto, se abalanzó contra el hombre con una velocidad sobrenatural.
Al impactar contra él, sus dedos se hundieron en el pecho del tirano, provocando un grito de agonía que sacudió los cimientos del castillo. El hombre soltó a Luca, quien cayó al suelo jadeando, pero el villano no se dejó amedrentar. Con un movimiento brusco, lanzó a Agatha contra una de las columnas de piedra, donde ella quedó clavada por una fuerza invisible, escupiendo sangre oscura.
Mientras tanto, Paulo intentaba llegar a Layla, quien seguía rodeada por una falange de soldados, sumida en un trance de sollozos incontrolables. El caos era absoluto: gritos, el olor a ozono y sangre, y la sensación de que el fin del mundo había comenzado.
Agatha, recuperando la consciencia entre espasmos, miró a Paulo y luego fijó sus ojos en su gemela. Una sonrisa triste y salvaje apareció en su rostro ensangrentado.
—Layla... —susurró Agatha, su voz cargada de una nostalgia devastadora—. Juguemos como la última vez.
Layla se encogió, negando con la cabeza mientras las lágrimas empapaban sus jirones de ropa. —No puedo, Agatha... no puedo volver a ser ese monstruo... —sollozaba, mirando mis ojos y luego los de Paulo.
Paulo, con el rostro bañado en lágrimas pero con una sonrisa de apoyo que buscaba darle fuerzas, le gritó: —¡Como la última vez, Layla! ¡Hazlo por nosotros!
Entendí entonces la magnitud del horror. Layla temía su propio poder, temía la oscuridad que la llevó a matar a mis padres, pero esa misma oscuridad era ahora nuestra única esperanza. Me acerqué un paso, ignorando el dolor de mi propio cuerpo, y le hablé con el alma en la mano:
—Layla, tienes que hacerlo. Te perdono. No fue tu culpa lo que me sucedió... fue la culpa de ese hombre que nos usa como juguetes. ¡Enséñame a jugar, Layla!
Agatha, en un movimiento rápido, sacó una bolsa de sangre de entre sus ropajes y la arrojó a los pies de su hermana, sonriendo con colmillos afilados y una mirada que decía "es hora de arder".
El hombre de cabello blanco, clavado contra la pared por la energía residual de Agatha, los miró con una furia impotente mientras sus soldados comenzaban a retroceder ante la presión del aura que las gemelas empezaban a emitir juntas.
—No saben lo que han hecho... —gruñó él, su voz como un trueno lejano—. Han desatado el hambre que consumirá este mundo.