El aire en el salón no solo era pesado, era irrespirable; una mezcla de ozono, pólvora y el olor dulce de la sangre real. Las gemelas, unidas por fin, ya no eran las niñas asustadas que el Rey había moldeado. Agatha y Layla se alzaban como dos torres de destrucción, sus auras fundiéndose en una tormenta de energía esmeralda y carmesí que agrietaba el suelo de mármol a cada segundo. Se movían con una sincronía letal, un baile de muerte donde cada golpe de una era reforzado por la sombra de la otra. Sus colmillos relucían bajo la luz de los candelabros caídos, y su mirada, fija en el hombre que las había traicionado, era la promesa de un infierno eterno.
El Rey, acorralado por el poder combinado de sus hijas y la furia de Paulo y Luca, retrocedía, pero su sonrisa seguía siendo una herida de orgullo.
—¡Son mi sangre! ¡Soy yo quien les dio la eternidad! —bramaba, conjurando ráfagas de viento negro.
Fue entonces cuando el castillo mismo pareció gemir. La explosión de la pared lateral no fue solo piedra rompiéndose; fue el estallido de un secreto guardado con sangre durante siglos. De entre la nube de polvo y escombros, surgió la figura que detuvo el tiempo.
La Reina.
No era la visión de perfección que los cuadros de Béquer recordaban. Su cuerpo era un testamento de agonía: runas mágicas, marcadas a fuego por el Rey, brillaban con un azul enfermizo sobre su piel pálida, cicatriz tras cicatriz cubriendo cada centímetro de su ser. Sus vestidos de seda blanca, desgarrados, se empapaban rápidamente de un rojo denso, el color de la vida que le había sido drenada cíclicamente para alimentar la inmortalidad de su esposo.
—Madre... —el susurro escapó de los labios de Layla, cargado de una tristeza infinita.
La Reina no miró a nadie más que al Rey. Su presencia era abrumadora, una fuerza de la naturaleza desatada tras eones de cautiverio.
—Ya no más —sentenció ella, y su voz no fue un grito, sino un decreto absoluto que hizo que las sombras del Rey se disolvieran en la nada.
Se lanzó hacia él. El Rey, aterrorizado por primera vez en milenios, conjuró una barrera de dagas negras, un muro de acero sombrío diseñado para despedazar cualquier carne. Pero la Reina no se detuvo. Atravesó la barrera con una indiferencia divina, dejando que las cuchillas desgarraran su pecho y sus brazos. Caminó hacia él bañándose en su propia sangre carmesí, usándola como un conducto para su magia final.
Al alcanzarlo, lo rodeó con sus brazos. Fue un abrazo devastador, una imagen de amor que se había podrido hasta convertirse en justicia pura. Ella le sonrió con un orgullo feroz, con los dientes teñidos de rojo.
—Pasé todos estos años sufriendo bajo una máscara de felicidad —susurró ella al oído del hombre que la había torturado—. A partir de hoy, estas rosas no solo serán blancas, esposo mío. Ahora serán color carmesí... para siempre.
En un último intento desesperado de defensa, el Rey clavó una estaca de madera negra en el corazón de la Reina. El impacto nos hizo gritar a todos. Ella colapsó, cayendo de rodillas frente a sus hijas, pero sus manos no soltaron el cuello de su verdugo.
Con el último suspiro de su existencia, la Reina liberó una explosión de energía pura. La sangre que la cubría se convirtió en hilos de fuego líquido que se hundieron en los ojos y los poros del Rey. Él gritó, un sonido que no era humano, mientras su cuerpo empezaba a convertirse en cenizas desde adentro hacia afuera, consumido por la vida que le había robado a su esposa.
El Rey se deshizo en el aire, una sombra patética que desapareció antes de tocar el suelo.
La Reina, con la estaca aún clavada en su pecho, miró a Agatha y a Layla. El dolor en su rostro desapareció, reemplazado por una paz que solo llega con el sacrificio final. Extendió sus manos ensangrentadas hacia ellas, una caricia que no pudo terminar.
—Sean libres —fue su último aliento.
El salón quedó en un silencio sepulcral, solo roto por el llanto de las gemelas. La Reina se había ido, llevándose consigo al monstruo que nos creó. Béquer estaba en ruinas, las rosas blancas del jardín empezaban a teñirse de rojo bajo la lluvia, y nosotros nos quedamos allí, envueltos en el caos, libres por fin, pero con el corazón eternamente marcado por el precio de esa libertad.