Un ruido se escuchó tras el vidrio. La fuerza del golpe hizo crujir la ventana como si en cualquier momento esta se fuera a romper. La noche ya había llegado con la luna colgando en lo alto del cielo.
La persona bajo la manta seguía temblando mientras intentaba pasar desapercibido para lo que estaba afuera.
Ya había pensado muchas veces en su encuentro con el condenado, aun podía recordar con claridad sus ojos fríos y feroces observandolo como algo que puede ser destruido en cualquier momento. No quería ir a encontrar su muerte en Damnatus ni sufrir junto a aquel ser. Pensó ingenuamente que si ignoraba todo lo que estuviera afuera no conseguirían sacarlo de su casa de nuevo, pero se equivocó, estaba tan malditamente equivocado. Apenas cayó la noche algo comenzó a golpear la ventana buscando entrar.
Un sutil pensamiento le hizo sentir que aquel ser no lo dejaría en paz y que siempre estaría buscándolo, acechándolo. Recordándole la deuda que le dejó el pedir ayuda para salvar su vida.
Pero, ¿qué podía hacer?, desde aquella noche se lamentaba por haber recurrido a la leyenda, pero también sabía que si no fuera así no seguiría vivo. Su cuerpo seguía temblando mientras intentaba reprimir los sollozos. Un hilo de sangre corría por la comisura de su labio debido a la fuerza con la que mordía y sus manos estaban juntas mientras en su mente decía mil plegarias para que lo ayudaran. Se negaba rotundamente a volver, no quería volver.
Los golpes se fueron haciendo mucho más fuertes.
— No, vete por favor— sollozo tapando sus oídos con sus manos
El vidrio se rompió. Devon gritó asustado al pensar que él había venido a llevárselo. Sus dedos se apretaron en el final de la manta afianzandola a su cuerpo para que nada se la pudiera quitar, como si esta fuera una barrera protectora.
Su corazón latía salvajemente y el miedo había entumecido su cuerpo, dándole la sensación de que si se estiraba se rompería. Aguantó la respiración y agudizó su oído tratando de escuchar lo que ocurría afuera, pero no se oía nada más que su agitada respiración. De pronto la manta fue retirada abruptamente tumbandolo al suelo, frente a él apareció la bolita blanca, su lindo rostro tenía una expresión enojada.
— ¡Cómo te atreves a desobedecer al señor!— su vocecita era de enfado — si no fuera por mí en este momento estarías muerto.
Devon se estremeció, pero aún así se negó a mirar a la bolita. Todo su cuerpo temblaba sin poder contener el llanto. Su rostro ya estaba pálido y sus labios agrietados dejaron escapar más hilos de sangre al morder con tanta fuerza.
— Vete— murmuró entre sollozos— fue un error el haber hecho el pacto, yo no quería.
— Pero lo hiciste, el señor te salvó así que ahora debes hacer lo que diga.
Las mismas palabras que había escuchado tantas veces se repetía en su cabeza “debes hacer lo que él diga”, como un círculo vicioso, como un recordatorio de lo que en este caso sus actos habían desencadenado, porque aunque había logrado sobrevivir gracias a él, ¿quién le garantiza que su vida no será más que un juguete en las manos del condenado?
Sus dedos se curvaron en el suelo haciendo que sus uñas se levantarán dejando ver una pequeña franja de carne viva. Ya había visto la muerte una vez y no la vería dos veces. Tenía algo por lo que vivir.
Su mirada se fijó en la pequeña bolita que aun seguía con expresión enojada. Obligó a su cuerpo entumecido a moverse hasta quedar de rodillas y pegar su frente al suelo.
— Te lo ruego, por favor no me lleves con él— su voz se quebró, su llanto parecido al de un animal herido cargado del dolor que solo el salvajismo de la madre naturaleza podría dar; para él era el dolor que solo una vida de sufrimiento y desgracias podía dar— si voy con él me matara, y no puedo morir, yo…
— Algun dia moriras- interrumpió la bolita, su voz era suave y clara como una pequeña campana— tal vez a manos del señor, tal vez por un accidente o tal vez gracias a la vejez— voló hasta Devon quien levantó el rostro del suelo— desde el dia que naciste ya estabas condenado a morir.
El pelinegro sollozo más fuerte. Aquellas palabras no lo hacían volver a la realidad que él siempre tuvo presente ni mucho menos eran reconfortantes, su único pensamiento era:
No es que no quiera morir, es que no puedo…
Ahí, en solo una palabra es en donde radica una enorme diferencia
La bolita lo miró fijamente, tal vez curioso por la personalidad de este humano tan cobarde como un ratón o furioso por el retraso que su cobardía ocasionó, pero aun así guardó silencio y sopló en su dirección. Devon sintió un mareo repentino, cerró los ojos y cuando los abrió vio el bosque recibiéndolo con los grandes árboles sumidos en la oscuridad. El pelinegro ahogó un grito de terror. Jamás pensó que sería tan fácil sacarlo de su casa, de su cuarto directo al bosque Damnatus.
— ¿Cómo…— balbuceo en shock ahogándose con su propia saliva— cómo hiciste eso?
Devon tembló, la bolita apareció frente a él, volando en círculos de forma relajada, siempre con sus pequeños ojos de aceituna negros fijos en él.
— Los humanos son fáciles de impresionar— infló su pecho con orgullo— aunque claro que jamás habrás visto un ser tan asombroso y poderoso como yo.
Devon lo miró de reojo, su mente aún en caos, pero no pudo evitar pensar en cómo una cosita tan pequeña podía ser tan egocéntrica, pero claro que no externó sus pensamientos.
— Vamos, el señor nos espera.
Sus palabras lo trajeron a la realidad. El bosque oscuro lo aterraba, junto al silbido del viento que rozaba entre los árboles y llegaba a sus oídos de forma directa. Devon se afianzó al lugar donde se encontraba sentado sin intención alguna de moverse, ya había pensado la situación, y no tenía nada para darle a un ser mágico, ¿qué podía hacer un humano débil como él para satisfacer o ayudar a alguien tan poderoso?, la única respuesta que le venía en mente es que el condenado lo usaría peor que un juguete, tal vez torturandolo o ahogandolo, porque por mas que lo pensara, en su cabeza no paraban de llegar escenarios peores a los de las películas de terror. De pronto se escucharon disparos que resonaron en todo el bosque espantando a las pequeñas aves de sus nidos.