Bajaron juntos en el elevador, se sentía bastante tensión en el aire, él tenía las manos sudando dentro de sus bolsillos, ella estaba serena como la luna mientras se movía en la mente del chico hurgando en su cerebro cualquier cosa que le pareciera interesante.
—Este niño es una bestia —pensó mordiéndose el labio inferior discretamente— ¿Quién diría que un chico tan serio resultaría tan travieso a la hora de jugar? —sonrió levemente mientras bajaba el rostro para que él no lo notara.
—¿Tienes alguna medicina? —preguntó cuando las puertas del elevador finalmente se abrieron en el estacionamiento— siento algo extraño en mi cabeza.
—Si, debo tener en algún sitio —dijo hurgando en su bolso en busca de alguno de sus caramelos, Ivanna notó que quizás él había estado sintiendo aquello desde que ella ingresó a explorar su mente— aquí tienes, son dulces ponlas debajo de tu lengua, así el efecto es más rápido.
—¿Cómo lo sabes? —se las metió a la boca y obedientemente las puso bajo su lengua.
—Porque eran las que yo tomaba —la mentira parecía creíble hasta aquel punto, ahora sólo debía coordinar el momento en el cual saldría de la cabeza de él, ya que podría notarlo y descubrirla— cuando estaba en rehabilitación de las intervenciones.
—¿Y cómo es que las tienes? —parecía no estar completamente convencido— Esas drogas son muy fuertes como para que te dejen sacarlas de la base.
—Las robé —comenzó a buscar su auto dándole al botón de alarma una y otra vez.
—Creo que lo escuché por aquí —dijo él señalando con su mano la dirección en la que venía el sonido.
—Aquí está —dijo ella comparando la matrícula del auto el número que le habían enviado a su celular— le dije a ese imbécil que el auto de hoy lo quería en negro, no en azul.
—Yo lo veo negro —dijo mirando el auto con gesto pensativo—, no debería haber problema.
—O es que estas igual de ciego que el imbécil de Shaw o eres igual de imbécil que aquel imbécil —Ivanna estaba muy enfadada, como los niños ricos que hacen berrinches cuando están en una situación así.
—¿Cómo haces para crear insultos así, a diestra y siniestra? —trató de cambiar de tema para distraer su atención.
—Es un don —dijo con una sonrisa y achinando los ojos—, no todos pueden hacerlo.
—Ya veo... bien, yo conduzco —Pilot caminó hacia el auto, pero ella lo detuvo.
—Te duele la cabeza, no puedes conducir —expuso elocuentemente Ivanna, era obvio que nadie manejaría ese auto antes que ella.
—Está bien, pero de regreso conduzco yo —trató de negociar con ella y cruzó los dedos detrás de su espalda.
—¿Y quién te invitó a ti? —preguntó al caer en cuenta de lo que estaba pasando y de lo atrevido que era aquel chico casi desconocido.
—Tampoco dijiste que no podía ir contigo —su voz estaba cargada de obviedad ante la pregunta.
—Buen punto —dijo ella metiéndose al auto luego de ponerse sus lentes de sol.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó sintiéndose totalmente victorioso.
—No estoy muy segura, supongo que seguiré el camino de siempre—dijo ella acelerando una vez que salieron del estacionamiento.
—¿Pero siquiera recuerdas el camino? —Pilot estaba reconsiderando si había sido buena idea acompañarla en aquella aventura.
—No —Pilot ahogó una risotada bajo una sonrisa—, ni un poco, yo sólo llegaba de algún modo.
—¿Entonces de verdad no sabes a dónde vas? —parecía creer que se trataba de broma por parte de ella.
—No, pero tengo algunos puntos registrados en el sistema, así que sólo me dejaré llevar—Ivanna detuvo el auto a un lado de la carretera y puso la dirección en el buscador.
—Que práctico —dijo con una media sonrisa en su lindo rostro— oye, Big Boss —dijo cuando el auto reanudó su marcha.
—¿Qué quieres? —dijo tranquilamente mientras conducía por las calles como si las conociera de toda la vida.
—¿Por qué si nosotros tenemos prohibido usar teléfonos, tu tienes uno? —trató de que la pregunta no sonara tan estúpida como en realidad era.
—Porque yo hago mis propias reglas —a pesar de su fama de chica demente, Ivanna conducía con mucha prudencia—, desde que ingresé a Tártaro.
—No consigo entender cómo te juegas la vida de esa manera sólo por ser rebelde —una de las reglas era estar completamente aislados del mundo, por lo que estaba calificado como un delito grave tener un teléfono celular con ellos en la base, esto podría significar la muerte del elemento.
—Soy rebelde, primero porque puedo y segundo porque quiero darme el lujo de serlo —la explicación era simple, pero Pilot parecía no entender, él por su parte cumplía todo al pie de la letra.
—Es básicamente lo mismo, pero aún así no es una razón —dijo mirando el camino con aire relajado.
—Tártaro no puede permitirse perder a una agente como yo, soy su arma y ellos son mis títeres, ellos hacen lo que sea para que yo esté contenta, desde pastillas de sabores, hasta una séptima intervención o una evacuación total. Soy la mejor, mi índice de fallas es nulo, nunca he fallado una misión, ni en el FBI ni en Tártaro, por eso puedo hacer lo que quiera, ellos lo saben y yo me aprovecho de eso, además de que no creo que puedan encontrar a alguien que se atreva a intentar ejecutarme.
—Es bastante inteligente. ¿Pero y si te piden que hagas equipo con alguien más? —preguntó porque a él le habían hecho esa petición, pero él la rechazó porque iba a internarse para su segunda intervención.
—Es obvio que tomaría a los mejores, no tolero a los inútiles —respondió ella con obviedad y era de esperarse que hiciera eso.
—¿Con los mejores, te refieres a los otros seis de Tártaro? —a juzgar por la descripción dada por ella, parecían ser bastante buenos, dado que estaban más desarrollados que los elemento promedio.
—¿Ellos? ¿los mejores? ¡Bah! —soltó una carcajada cargada de sarcasmo, lo cual hizo dudar a Pilot sobre sus propias palabras— Esos imbéciles no durarían más de siete segundos frente a mi blanco de mañana, sólo son niños consentidos, no poseen resistencia, ni son astutos, no son nada.