Besos de Sangre

Capítulo 7: Bajo los Escombros

El día transcurría con la calma engañosa de lo cotidiano.
Las clínicas funcionaban, los informes fluían, y los donativos seguían su curso. Yo estaba a punto de cerrar mi laptop cuando el temblor comenzó.

Al principio fue un leve estremecimiento, casi imperceptible. Luego, como si la tierra hubiera contenido la respiración durante siglos, vino el estallido: un rugido profundo, violento, que sacudió los cimientos del edificio.

La lámpara del despacho osciló. Cuadros cayeron al suelo. Las alarmas comenzaron a sonar.

Un sismo. Y no uno menor.

La magnitud se confirmó minutos después: 7.8. El epicentro, cercano. Las consecuencias, catastróficas.

Uno de mis hospitales principales estaba en la zona más afectada. No lo dudé. Cancelé todo. Me dirigí allá en helicóptero.

El caos me recibió desde el cielo.
Calles partidas. Gente corriendo. Sirenas aullando.
Y el hospital… de pie, pero desbordado.

Apenas descendí, los medios ya estaban apostados afuera. Cámaras, micrófonos, rostros angustiados.

—¡Dra. Méndez! —gritaban—. ¿Cuál es la situación? ¿Están preparados?

No respondí de inmediato. Ingresé al hospital. El olor a sangre, sudor y polvo era espeso.
Los pasillos hervían de movimiento. Médicos, enfermeros, voluntarios.
Pánico contenido. Dolor flotante. Esperanza también.

Me puse una bata, atajé a un médico que corría con gasas manchadas de rojo.

—¿Dónde necesitan más manos? —pregunté.

Él me miró como si dudara de lo que oía, luego señaló la sala de trauma.

Allí me uní al equipo. Saturábamos heridas, entablillábamos huesos, sosteníamos manos temblorosas. Operamos con rapidez. El quirófano improvisado vibraba con adrenalina. Durante horas, olvidé lo que era el tiempo.

Fue ahí donde lo vi.
Mathis.

Cubierto de sangre —no suya—, con las mangas arremangadas y las cejas fruncidas de concentración. Se movía como si el mundo dependiera de sus manos. Y, en ese momento, tal vez lo hacía.

- Que haces aquí?- le pregunté de inmediato, tal vez con más preocupación de la que debía.

- Me trasladaron esta mañana. - Fue toda su respuesta, pero bastó

Trabajamos juntos durante horas. Casi sin hablar. Coordinados, sincronizados. Como si hubiéramos hecho esto muchas veces antes.

—¿Cómo va la paciente dos? —pregunté, sin mirarlo.

—Estable, gracias a usted —respondió. Tenía voz ronca, pero firme—. ¿Hace cuánto no opera directamente?

—Lo suficiente como para extrañar esta locura —respondí.

Él sonrió cansado.
Y en ese instante, algo se rompió dentro de mí.

Porque durante ese caos, por primera vez en siglos… me sentí viva.



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En el texto hay: vampiros, , romance

Editado: 12.05.2025

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