Besos de Sangre

Capítulo 28: Mamá no te vayas

Los primeros días despues de mi transformación fueron una mezcla de vértigo y asombro.

Dormía de día, oculta en la gruta del volcán como un murciélago sagrado, envuelta en la oscuridad. Él —mi creador, mi sombra, mi maestro— me hablaba mientras las piedras respiraban silencio.

Me contaba historias del viejo mundo.

De castillos cubiertos de niebla, de calles adoquinadas donde los vampiros se movían entre nobles y mendigos. De París antes de la Revolución, de Venecia bajo el agua y de Praga, donde las criaturas de la noche bebían ópera y sangre a partes iguales. Me hablaba de pactos antiguos, de reglas no escritas, de guerras entre clanes.

—Puedes beber de animales —me decía—, y vivir tranquila por siglos. Pero no te confundas: el hambre por los tuyos… nunca desaparece.

Cada noche, salíamos a cazar. Yo corría como una sombra por los árboles, el cabello al viento, los sentidos vivos. Los animales no eran rivales para mi velocidad. Pero aún me costaba controlar el deseo. Las primeras veces lloré después de beber. Él no. Él observaba.

Nunca me llevó de vuelta a la tribu. Y yo tampoco lo pedí… hasta que lo necesité.

Después de casi tres lunas llenas, una noche me planté frente a él con la voz firme:

—Quiero ver a mi madre.

Él me miró largo rato.

—No deberías —dijo.

—Pero quiero.

Fue suficiente.

Caminé sola entre los árboles. Cada paso me dolía, cada recuerdo me quemaba.

La encontré en el borde del río, recogiendo agua con un balde. Me acerqué sin hacer ruido. Ella fue la primera en verme. Sus ojos se clavaron en los míos.

Se levantó de golpe.

—Mamá —dije, con un nudo en la garganta—. Soy yo.

Ella no habló.

—Mamá… soy tu hija. Solo… solo un poco cambiada.

—No… —susurró—. Tú no eres mi hija. Mi hija ha muerto. Mi hija tenía luz en los ojos. Tú… tú eres otra cosa.

—No… no me mires así —lloré—. Por favor. No me dejes.

—¡Monstruo! —gritó, con la voz rota por el espanto—. ¡Aléjate!

Quise correr hacia ella, abrazarla, decirle que todo estaba bien. Pero cuando di un paso, retrocedió como si mi sombra quemara.

—¡Mamá! ¡No te vayas!

Ella corrió. Se fue. Y el río siguió fluyendo como si nada hubiese pasado.

Me arrodillé. Y lloré como nunca antes.

—¡Mamá… soy la misma! —grité al cielo—. ¡Solo un poco cambiada…!

Y entonces...

---

Alguien me sacudió con suavidad.

—Nara… Nara, despierta… estás llorando.

Abrí los ojos. Mathis estaba frente a mí, arrodillado al lado de la cama. Su rostro lleno de preocupación, la habitación aún oscura, solo iluminada por los primeros trazos tenues del alba.

Tenía las mejillas mojadas. Aún sollozaba.

—Tuve… un sueño —dije con voz quebrada.

Él se sentó a mi lado, sin soltarme la mano.

—¿Qué soñaste?

—Mi madre —susurré—. La última vez que la vi… no me reconoció. Me llamó monstruo.

Mathis no dijo nada. Solo me atrajo hacia su pecho, con cuidado, y me abrazó fuerte, como si pudiera mantenerme unida.

—Yo no sé qué eres, Nara —susurró junto a mi oído—. Pero sé que no eres un monstruo.

Me apreté contra él. Y por primera vez desde ese día en el río, alguien me abrazó sin miedo.

Permanecimos así, sin palabras, sin tiempo.

Hasta que el sol comenzó a colarse entre las cortinas.

Y aún así… yo no sentí calor.

Solo el leve alivio de no estar sola.



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En el texto hay: vampiros, , romance

Editado: 12.05.2025

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