La casa estaba como la dejé.
Silenciosa, luminosa, con la brisa del mar entrando por las ventanas abiertas. Eli había dejado todo impecable, incluso una tetera recién preparada en la cocina. Yo no tenía hambre. Solo el pecho lleno de algo que no podía nombrar.
Me quité los zapatos. Caminé descalza por el pasillo.
Esperarlo no era algo nuevo. Lo había hecho toda mi vida inmortal. Pero esta vez… era distinto.
El timbre sonó.
No dudé. No miré por la cámara. Solo abrí.
Y ahí estaba él.
Mathis, con una camisa blanca arrugada por el viaje, el cabello algo revuelto, y los ojos brillando como si me hubiera estado buscando en sueños. No dijo nada al principio. Solo me miró.
Yo tampoco hablé.
Solo abrí un poco más la puerta.
Él entró.
Cerré.
Nos quedamos frente a frente en la sala, respirando el mismo aire, separados apenas por medio paso.
—Estás aquí —dijo al fin, como quien confirma un milagro.
—Te lo prometí —respondí.
—No sabía si creerlo.
—Yo tampoco sabía si volvería.
Y entonces me abrazó.
No con ansiedad. No con desesperación.
Con ternura. Con calor. Con fuerza suficiente para que mis siglos se tambalearan.
Apoyé la cabeza en su pecho. Escuché su corazón. Ese sonido que yo ya no tenía, pero que me anclaba como ninguna otra cosa en este mundo.
—Te extrañé —dijo, con la voz quebrada contra mi cabello.
—Yo también —susurré.
Nos separamos apenas para mirarnos.
Y luego, nos besamos.
Lento. Profundo. Sincero.
Un beso que no buscaba esconder secretos. Solo pedir tiempo.
Mathis acarició mi rostro. Yo cerré los ojos.
—¿Puedo quedarme esta noche? —preguntó.
—Puedes quedarte… el tiempo que quieras.
Lo guié hasta el sofá. Nos sentamos juntos, entrelazados.
Hablamos poco. Él me contó que Tayka estaba estable, que la madre se había adaptado bien, que los días sin mí habían sido extraños.
Yo no le conté nada de Lucía.
No aún.
En algún momento de la noche, él se quedó dormido sobre mi pecho.
Y yo lo sostuve… como si pudiera protegerlo del mundo. Como si, por un instante, mi eternidad tuviera un propósito.
Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a pintar el horizonte, aún no me había movido.
Solo lo miraba dormir.
Y, en silencio, me repetía:
Gracias por volver… aunque no sepas quién soy por completo.